El acoso laboral no siempre se presenta como un episodio único y evidente. Con frecuencia se construye a través de pequeñas acciones que, al repetirse, generan un ambiente de tensión constante. Comentarios humillantes, burlas, descalificaciones, amenazas, exclusión deliberada, rumores o la asignación injustificada de tareas forman parte de un conjunto de conductas que buscan intimidar, humillar, desacreditar, aislar o perjudicar a una persona en su entorno de trabajo.

Precisamente por esa acumulación de situaciones, no siempre resulta fácil identificarlo. La Psicoterapeuta Massiel Martel de PSIEL Centro Psicológico explica cómo reconocerlo, de qué manera afecta la salud mental y cómo prevenirlo. Una de las primeras señales que conviene observar es el patrón de comportamiento: ¿ocurre de manera aislada o se repite?, ¿sucede solamente conmigo?, ¿me siento constantemente intimidado, descalificado o excluido?, ¿esta situación está afectando mi bienestar?

Ir al trabajo no debería convertirse en una fuente permanente de miedo, angustia o inseguridad, pero quienes viven esta situación pueden experimentar ansiedad antes de acudir, sensación permanente de alerta, dificultad para concentrarse, agotamiento o temor constante a cometer un error por miedo a recibir una reacción negativa. Estas señales, sumadas a la hostilidad sostenida, comienzan a afectar poco a poco a quien las vive, dañando su bienestar con el tiempo.

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El acoso laboral rara vez llega de forma evidente: puede comenzar con una broma incómoda, seguir con una descalificación y terminar en exclusiones, críticas constantes o comentarios que generan inseguridad. Frente a ello, es habitual justificar lo ocurrido con frases como “quizás estoy exagerando”, “seguro tuvo un mal día” o “así es su personalidad”, explicaciones que normalizan conductas inadecuadas y retrasan la búsqueda de ayuda.

Cuando alguien se siente expuesto de manera constante a una situación amenazante y sin control sobre ella, puede permanecer en un estado prolongado de alerta. Ese estado suele expresarse como estrés, ansiedad, irritabilidad, agotamiento, problemas para dormir, dificultades de concentración o pérdida de motivación. Pero el impacto no se limita a lo físico o emocional: también alcanza la percepción que la persona tiene de sí misma. Tras recibir críticas, humillaciones o descalificaciones reiteradas, es posible que empiece a pensar “quizás no soy suficientemente bueno”, “todo lo hago mal” o “tal vez el problema soy yo”. Así, una situación externa termina influyendo en la valoración personal.

La autoestima es uno de los aspectos más vulnerables. Cuando los cuestionamientos se vuelven frecuentes, la persona puede interiorizar esos mensajes, aunque no sean ciertos. Escuchar de forma repetida que uno es incompetente, problemático o incapaz modifica la manera en que empieza a percibirse.

Estas señales, por sí solas, no bastan para confirmar que existe acoso laboral, pero sí advierten que algo está afectando el bienestar y merece atención.

Cuando una situación de hostigamiento se prolonga en el tiempo, es frecuente que aparezcan pensamientos como “quizás si trabajara mejor no me tratarían así”, “debería haberme defendido” o “tal vez soy demasiado sensible”. Sin embargo, asumir toda la responsabilidad por una dinámica de maltrato puede aumentar el sufrimiento. Por eso, es clave diferenciar aquello que está bajo nuestro control de aquello que corresponde a las decisiones y conductas de otras personas: podemos revisar nuestras propias acciones sin convertirnos en responsables del comportamiento inapropiado de los demás.

El acoso laboral no afecta únicamente a quien recibe directamente las conductas de hostigamiento. Los compañeros que presencian humillaciones o maltrato también pueden experimentar miedo, incomodidad o preocupación ante la posibilidad de convertirse en el siguiente objetivo.

Ante la sospecha de estar siendo víctima, el primer paso es reconocer lo que está ocurriendo y evitar minimizarlo. Una herramienta útil puede ser registrar las situaciones: anotar qué sucedió, cuándo ocurrió, quiénes estuvieron presentes y qué evidencias existen. Esto permite ordenar los hechos y tener una visión más clara de lo ocurrido.

También es importante buscar apoyo, ya sea en una persona de confianza, en los responsables correspondientes dentro de la organización o en un profesional especializado si la situación está afectando significativamente nuestro bienestar. No es necesario esperar a sentirse completamente desbordado para pedir ayuda.

Finalmente, es esencial recordar que tener dificultades en un determinado ambiente laboral no significa ser una persona incapaz. Del mismo modo, recibir un trato inadecuado no determina nuestro valor personal.

El respeto en el trabajo no es un privilegio: es parte de construir un ambiente saludable para todos. Por eso, prevenir el acoso laboral también implica generar espacios donde los trabajadores puedan expresar una preocupación sin temor a ser ridiculizados, castigados o excluidos. Cuando en un equipo se normalizan frases como “así es el jefe” o “mejor no te metas”, puede instalarse una cultura de silencio.

La prevención comienza por reconocer y poner límites a las conductas que dañan a otras personas. Las organizaciones necesitan contar con normas claras, canales de atención y mecanismos adecuados para abordar posibles situaciones de hostigamiento, aunque el respeto también debe formar parte de las relaciones cotidianas y no depender del cargo que ocupe una persona.

Como trabajadores, podemos contribuir evitando participar en burlas, rumores o humillaciones, apoyando a quienes atraviesan una situación difícil y buscando orientación cuando observamos que una dinámica comienza a volverse dañina.

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