En el marco del Día del Niño, que en Perú se celebra el tercer domingo de agosto, el coordinador de Bienestar del Colegio de la Inmaculada Jesuitas, Javier Rojas, pone el foco en un aspecto que suele quedar en segundo plano frente a las calificaciones: el bienestar emocional de los estudiantes. Según el especialista, la comunicación frecuente entre familia y escuela es clave para acompañar a los menores en su desarrollo.

“Cuando padres y docentes comparten información sobre cómo se siente el estudiante, cómo se relaciona con sus compañeros o si ha presentado cambios en su comportamiento o rutinas, es más fácil detectar a tiempo situaciones que requieren acompañamiento”, señala Rojas.

Los niños y adolescentes no se comportan igual en todos los ámbitos. Mientras las familias observan rutinas y conductas en casa, los profesores pueden notar cómo interactúan con sus pares, participan en clase o reaccionan ante las exigencias escolares. Cruzar esas miradas permite tener una visión más completa del menor y detectar alteraciones que, vistas desde un solo espacio, podrían pasar desapercibidas.

Rojas agrega que una comunicación abierta y coherente entre adultos también transmite a los estudiantes la percepción de que quienes los cuidan actúan de forma coordinada y que existen canales para expresar lo que sienten.

¿Por qué padres y docentes deben mantener una comunicación frecuente?

Compartir observaciones sobre cambios en el comportamiento, las relaciones sociales y las rutinas de niños y adolescentes ayuda a identificar situaciones que requieren mayor atención, más allá de las notas académicas.

Cuatro cambios en el comportamiento que conviene observar

El especialista enumera algunas conductas que pueden indicar que un menor necesita más acompañamiento. Su sola presencia no implica necesariamente un problema de salud mental, pero si persisten o aparecen de forma repentina, merecen ser observadas con atención.

La comunicación entre el hogar y la escuela resulta clave para determinar si una conducta se presenta solo en un entorno o si también ha sido detectada por otras personas que están en contacto frecuente con el estudiante. Cuando los cambios persisten, afectan de manera significativa las actividades cotidianas o generan preocupación, lo adecuado es buscar orientación profesional.

En esa línea, la comunicación no debería darse únicamente cuando el colegio identifica una dificultad. Rojas recomienda que las familias informen a los docentes sobre acontecimientos importantes que puedan influir en el comportamiento de los niños. Una mudanza, la llegada de un hermano o la pérdida de un ser querido, por ejemplo, pueden generar cambios emocionales o de comportamiento que también se manifiesten durante la jornada escolar.

Entre las señales que pueden alertar sobre el bienestar emocional escolar, una de las más evidentes es que el estudiante esté más callado o irritable de lo habitual. Un cambio en el estado de ánimo que se mantiene durante varios días puede indicar que atraviesa una situación que le genera estrés, preocupación o malestar. Otra es que pierda interés en actividades que antes disfrutaba: dejar de jugar, participar en clase, practicar actividades habituales o compartir con amigos puede ser un cambio relevante que debería observarse tanto en casa como en la escuela.

También puede ocurrir que evite hablar sobre lo que ocurre en el colegio. Respuestas constantemente breves, cambios de tema o rechazo a conversar sobre las clases pueden indicar que el niño necesita un espacio de confianza para expresar lo que está viviendo. Asimismo, presenta cambios repentinos en su rendimiento: una disminución inesperada de las calificaciones, dificultades para concentrarse o pérdida de motivación pueden estar relacionadas con diferentes factores, incluidos aspectos emocionales.

Estos cambios mencionados pueden tener distintas explicaciones y no constituyen por sí mismos un diagnóstico. Por ello, es importante observar su duración, intensidad y relación con otros comportamientos.

El acompañamiento del bienestar infantil no se limita a revisar las calificaciones: también implica observar cómo se siente, se relaciona y se comporta el estudiante en los distintos espacios de su vida cotidiana. Por ello, el especialista recomienda que la comunicación entre padres y docentes sea permanente y no quede reservada únicamente para reuniones sobre notas o problemas disciplinarios.

Compartir esta información permite que los profesores comprendan mejor el contexto del alumno y puedan informar a las familias sobre cualquier variación que noten en el aula o en la interacción con sus compañeros. Asimismo, sugiere escuchar con apertura las observaciones de los maestros y evitar desautorizarlos frente a los hijos, ya que los mensajes contradictorios pueden generar confusión. Mantener criterios coherentes sobre normas, hábitos y valores entre el hogar y el colegio contribuye a ofrecer un entorno más predecible para el estudiante.

Respecto a cuándo buscar ayuda profesional, los cambios de comportamiento en niños y adolescentes pueden responder a diversas situaciones y deben evaluarse considerando su contexto. Si la tristeza, la irritabilidad, el aislamiento, la pérdida de interés u otras alteraciones resultan intensas, persisten en el tiempo o interfieren de manera significativa con la vida diaria, lo recomendable es consultar con un profesional de la salud capacitado para realizar una evaluación individual. La coordinación entre padres y docentes puede aportar información valiosa para ese proceso, pero no reemplaza la evaluación profesional cuando esta resulta necesaria.

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