La realpolitik evidencia una transformación profunda en la conformación de los gabinetes: la falta de políticos de carrera ha terminado por imponer equipos tecnocráticos, cuyos miembros se ven forzados a desarrollar resistencia, resiliencia y a aprender negociación política a marcha forzada. Este escenario contrasta con lo ocurrido a finales del siglo XX, cuando la titularidad de los ministerios correspondía a figuras políticas que contaban con la confianza del jefe de Estado para conducir la línea de cada sector, e incluso no era raro que alguien pasara de una cartera a otra según las necesidades del Ejecutivo.
Hoy, en cambio, se busca que cada sector esté a cargo de un especialista, de preferencia el mejor profesional con autoridad probada en su gremio. Ese perfil, antes reservado al viceministro, ahora ocupa el despacho ministerial, mientras que el titular solía ser quien velaba por el direccionamiento acorde con el ideario partidario y el programa de gobierno. No obstante, debe tenerse presente que los ministros actuales no solo atienden su sector: también deben defender la política general del Ejecutivo ante un Congreso fragmentado y sin mayoría parlamentaria, acudir a las interpelaciones y sobrevivir a mociones de censura.
En ese sentido, toda alta dirección requiere de una dupla: el ministro aporta la visión estratégica y la articulación política, tanto con el Parlamento como con la opinión pública, mientras que la gestión operativa y técnica recae en el viceministerio y la secretaría general. Para un ministerio con serios problemas de gestión en el tiempo, resulta adecuado exigir un ministro gestor que optimice los procesos internos, brinde un mejor servicio público y cuente con el firme respaldo presidencial.
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