En el Perú no estamos acostumbrados a examinar la realidad, y por eso resulta fundamental tocarla, más aún en el oficio de la política, donde el gobierno se ejerce sobre un entorno concreto, con actores reales, en circunstancias particulares y en un tiempo preciso. La realidad condiciona todos los actos políticos, y las ideologías que pretenden moldearla desde el mundo supuestamente perfecto de las teorías fracasan. Imponer utopías ideológicas pseudo-científicas nos ha costado millones de vidas, y los cantos de sirena de los profetas fundadores de esas ideologías brotaron siempre de exabruptos etéreos, de siniestras y peligrosas ensoñaciones que encendieron el mundo hasta consumirlo en orgías de sangre, fuego y división.

La presidenta y el gobierno hacen bien al señalar lo que sucede en la administración pública. ¿Qué esperamos? ¿Un remedio sin el diagnóstico? ¿Un paliativo, un placebo que no sirva para nada? Acostumbrados como estamos a la consultoría eterna, reos de los opinólogos expertos en todo y en nada, algunos pueden sentirse incómodos ante la triste verdad de nuestra realidad estatal. Años de abandono y expolio han petrificado al Estado peruano, un Estado que ha tenido que soportar la politización de la justicia, la persecución de la oposición, la violación sistemática del Derecho y la pérdida selectiva de cuadros y recursos. Contemplar de qué está hecho el Estado es el primer paso para su reforma.

El diagnóstico es irrelevante y estéril si luego no emprendemos una reforma posibilista. Los grandes cambios no se hacen en cinco años, pero sí es posible, en un lustro reformista, en un quinquenio realista, sentar las bases de un Perú para todos. De eso se trata: tocar la realidad para transformarla.

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