Para los pueblos mesoamericanos, un eclipse solar no era un simple fenómeno astronómico. En su cosmovisión, el oscurecimiento del astro en pleno día representaba una alteración visible de un universo vivo, con capacidad de afectar a las personas, las ciudades y sus gobernantes. Hoy la ciencia explica que esto ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, pero para esas culturas el evento podía anunciar peligros, motivar acciones rituales y ser objeto de observación y cálculo. Las huellas de esa mirada quedaron conservadas en códices y crónicas, que permiten entender por qué la repentina oscuridad podía poner en suspenso el orden del mundo.
Entre los nahuas, el eclipse solar recibía el nombre de tonatiuh qualo, expresión que significa "el Sol es comido". La imagen evocaba un ataque contra el astro y la pérdida temporal de su fuerza. El Sol, llamado Tonatiuh, era considerado una potencia fundamental para la vida y la continuidad del tiempo. El lexicógrafo francés Rémi Siméon recogió en su diccionario de náhuatl la expresión Ipalnemohuani, "aquel por quien se vive", un título divino que se le atribuía por la fuerza que sostiene la existencia. También recibía el nombre metafórico Cuauhtlehuanitl, "el águila que se eleva", imagen de su ascenso cotidiano por el cielo.
En la cosmovisión nahua, según una de las versiones conservadas, las edades anteriores del mundo eran concebidas como distintos soles: Atonatiuh, Sol de Agua; Tlaltonatiuh, Sol de Tierra; Ehecatonatiuh, Sol de Viento, y Tletonatiuh, Sol de Fuego. Cada edad poseía su propio orden y concluía con una transformación que daba paso a un nuevo ciclo. Así, la desaparición momentánea del astro durante un eclipse se insertaba en una lógica donde la luz, la oscuridad y la renovación formaban parte de un mismo tejido cósmico.
Entre los mayas, el Códice de Dresde revela la dimensión calendárica de los eclipses: sus páginas contienen tablas organizadas a partir de intervalos que permitían reconocer los periodos en que podía producirse uno de estos fenómenos. Las imágenes del códice representan al Sol y a la Luna bajo figuras oscuras y serpentinas vinculadas con acontecimientos funestos. En esa civilización, la observación astronómica, el cómputo calendárico y la interpretación ritual formaban parte de un mismo sistema de conocimiento: prever un periodo de eclipses permitía identificar un momento delicado y preparar las respuestas ceremoniales correspondientes.
El misionero franciscano español fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas, por su parte, conservaron una de las descripciones más intensas del fenómeno. En el libro VII del Códice Florentino, el Sol enrojecía, se turbaba y adquiría un color amarillento. Con la oscuridad se desataban el llanto, los alaridos y el tumulto; se sacrificaba a cautivos y a personas descritas como “blancas” (de cabello y rostro claros), y algunas personas se extraían sangre mediante perforaciones en las orejas. En los templos se cantaba, se danzaba y se producía un gran estruendo. El mayor temor era que la luz no regresara: Sahagún menciona que, si el eclipse no terminaba, los tzitzimime, seres nocturnos asociados con el inframundo y la destrucción del mundo, descenderían para devorar a los seres humanos. El eclipse lunar también influía en la vida cotidiana, pues despertaba otros temores, especialmente entre las mujeres embarazadas, que colocaban una navaja de obsidiana sobre el vientre o en la boca para proteger a la criatura en gestación.
Las concepciones mesoamericanas del tiempo integraban ciclos de formación, deterioro y renovación. Una alteración extraordinaria del cielo podía adquirir el sentido de un presagio, sobre todo en contextos de guerra, enfermedad, muerte o crisis de gobierno. Los anales indígenas registraron eclipses, terremotos y otros prodigios como parte de una misma memoria mitohistórica, en la que el agotamiento de un ciclo mexica podía leerse como señal de un cambio inminente.
En los relatos sobre los últimos años de Moctezuma, el eclipse aparece como anuncio del debilitamiento del poder y del fin de un ciclo. Junto con otros acontecimientos extraordinarios, podía leerse como la manifestación visible de una transformación que envolvía en una crisis común al cielo, la ciudad y el gobernante, abriendo paso a una nueva configuración del mundo.
El cronista Chimalpahin, de origen chalca, presenció un eclipse total de Sol en la Ciudad de México el 10 de junio de 1611. Según escribió, los ancianos decían que “el Sol es comido”; la Luna se había colocado frente al astro y había cubierto su resplandor. De pronto pareció que fuesen las ocho de la noche y las estrellas se vieron en el cielo. Su testimonio entrelaza la memoria nahua, los conocimientos astronómicos europeos y la interpretación cristiana: indígenas y españoles se encerraron en sus casas, mientras muchas personas lloraron y acudieron a los templos. La expresión tonatiuh qualo siguió nombrando el fenómeno y conservó una antigua manera de comprender la relación entre el cielo y la historia humana.
Los testimonios sobre los eclipses revelan la profundidad del pensamiento mesoamericano: estos fenómenos se observaban, se calculaban y se interpretaban como presagios cuyos posibles efectos podían contrarrestarse mediante acciones rituales. Cuando el Sol era “comido”, la oscuridad señalaba un momento de fragilidad y transformación en la continuidad del mundo.
Francisco Javier Sánchez Tornero, Profesor de Arqueología, Universidad de Guadalajara
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
En el episodio cinco del podcast, los viajes espaciales y el futuro de la humanidad son el eje de la conversación con Víctor Román, divulgador científico en tecnología y espacio, además de directivo de la Asociación Peruana de Periodistas y Comunicadores de Ciencia (APCiencia). Se recuerda que hace más de 50 años el hombre llegó a la Luna y que desde entonces las misiones con sondas han explorado Marte y planetas tan distantes como Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Hoy, los viajes al espacio no solo persiguen fines científicos, tecnológicos, militares o turísticos, sino que también se proyectan hacia una posible colonización humana fuera de la Tierra. Como contenido relacionado, se enlazan notas sobre la polémica expedición del eclipse que puso a prueba a Einstein, cómo era el universo antes del universo, los horarios para ver el eclipse solar del 12 de agosto desde Perú y el poder de las matemáticas para describir el cosmos. También se incluye la portada sobre el cohete de SpaceX que impactó la Luna.
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