Con la polarización política y social como telón de fondo, especialistas y representantes de distintas tradiciones religiosas coincidieron en que recuperar el diálogo es una herramienta clave para enfrentar las divisiones y fortalecer la convivencia democrática. El mensaje central fue que aprender a escuchar y respetar a quienes piensan diferente resulta fundamental, y se expresó durante el cierre del Simposio Internacional de Libertad Religiosa, celebrado los días 4 y 5 de agosto en Lima.
El encuentro congregó a magistrados, legisladores, funcionarios, académicos y líderes religiosos de nueve países, quienes analizaron los retos que enfrenta la libertad de religión y de creencias en sociedades cada vez más fragmentadas. Una de las mayores inquietudes planteadas en el conversatorio final fue cómo sostener espacios de convivencia cuando las diferencias de pensamiento, creencias y posturas políticas se convierten en motivos de confrontación.
Gary B. Doxey, director asociado del International Center for Law and Religion Studies (ICLRS) de la Brigham Young University (BYU), cuestionó el deterioro del debate público y la tendencia creciente a tratar a quienes piensan distinto como adversarios. "Cada día más las personas parecen creer que es aceptable condenar y calumniar a los que no estén de acuerdo con ellas y categorizarlos de enemigos", sostuvo durante su intervención.
Para el especialista, las diferencias no constituyen por sí solas una amenaza para la democracia; al contrario, forman parte de una sociedad plural siempre que puedan expresarse dentro de un marco de respeto. En ese contexto, consideró que la libertad religiosa puede servir como una herramienta para acercar posiciones y superar las divisiones, en un escenario donde el diálogo público se ha deteriorado y la confrontación reemplaza a la deliberación.
La reflexión sobre la necesidad de tender puentes y no profundizar brechas marcó el tono del evento, en el que también se advirtió que la convivencia democrática depende de la capacidad de escuchar al otro, incluso cuando sus posiciones resultan incómodas o contrarias a las propias.
Durante el simposio se planteó que la libertad religiosa también funciona como una medida del nivel de pluralismo de una sociedad: no se trata únicamente de garantizar que una persona pueda practicar su propia fe, sino de asegurar que pueda convivir en igualdad de condiciones con quienes mantienen otras convicciones. Bajo esa perspectiva, el debate trasladó la discusión más allá de la protección de una determinada confesión, pues la convivencia democrática, se señaló durante el encuentro, también exige reconocer el derecho de quienes tienen otras creencias, quienes no profesan ninguna religión o quienes mantienen convicciones distintas.
Uno de los puntos abordados durante el cierre fue la necesidad de desarrollar una verdadera cultura de pluralidad. La capacidad de convivir con personas que tienen ideas o creencias diferentes no debería darse por sentada, sino que requiere formación y espacios que permitan comprender al otro. Desde la educación, los participantes plantearon la importancia de formar ciudadanos capaces de escuchar antes de juzgar, preguntar antes de condenar y comprender antes de excluir.
Asimismo, se sostuvo que una comunidad religiosa demuestra un compromiso real con la libertad cuando también es capaz de defender el derecho de quienes no comparten sus creencias. El desafío, por tanto, consiste en aceptar que el pluralismo implica necesariamente la presencia de distintas visiones dentro de un mismo espacio social.
En esa línea, Doxey afirmó: "La libertad religiosa es un camino para construir puentes que llevan hacia la paz. Nos puede ayudar a sanar divisiones".
Monseñor Javier del Río Alba, abogado y doctor en Teología, coincidió en que la fragmentación social hace todavía más urgente la búsqueda de espacios de encuentro. "En la sociedad postmoderna que nos ha tocado vivir, fragmentada y polarizada, es cuanto más necesario dialogar y construir puentes", afirmó durante su intervención.
El diálogo no implica abandonar las propias convicciones, subrayaron los participantes del simposio. Defender una postura también es posible respetando el derecho de los demás a pensar distinto, precisaron. La reflexión surgió ante una de las mayores dificultades de las sociedades polarizadas: la desaparición de los espacios de conversación entre quienes mantienen posiciones opuestas. Cuando la discrepancia deja de entenderse como parte natural de la convivencia y pasa a interpretarse como una amenaza, crece el riesgo de exclusión y confrontación.
El encuentro también planteó responsabilidades concretas para enfrentar este escenario. En el ámbito educativo, se remarcó la urgencia de formar ciudadanos capaces de reconocer la diversidad de ideas y creencias presentes en la sociedad. Frente al Estado, se indicó que la neutralidad ante las distintas confesiones debe operar como garantía de imparcialidad y justicia, sin favorecer ni excluir a grupos por sus creencias. Las comunidades religiosas, a su vez, tienen un rol en la construcción de una sociedad plural: la defensa de la libertad religiosa, se sostuvo, incluye la protección de quienes tienen convicciones diferentes e incluso de quienes no profesan religión alguna.
El respeto a la diversidad no debería quedar confinado al ámbito privado, sino reflejarse en la participación de las personas en la vida pública, sin que sus creencias —o la ausencia de ellas— se conviertan en motivo de discriminación. El simposio abordó además los retos que las nuevas tecnologías plantean para la convivencia y la libertad de conciencia. La expansión de las herramientas digitales y de la inteligencia artificial abre discusiones inéditas sobre su impacto en la vida pública y en el ejercicio de derechos fundamentales.
El Simposio Internacional de Libertad Religiosa, organizado por el International Center for Law and Religion Studies (ICLRS) de la Brigham Young University (BYU), reunió en Lima a representantes de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Estados Unidos. Durante las dos jornadas del encuentro regional se intercambiaron experiencias sobre la protección de la libertad de religión y de creencias, así como los desafíos que enfrentan los distintos países para garantizar este derecho.
En ese marco, los participantes plantearon la necesidad de mantener un debate amplio sobre los efectos de estas tecnologías y establecer criterios que permitan proteger derechos sin limitar innecesariamente la libertad de las personas. La discusión sobre inteligencia artificial se incorporó así a un debate más general sobre cómo garantizar sociedades democráticas capaces de adaptarse a nuevos escenarios tecnológicos sin dejar de proteger la dignidad, la libertad de conciencia y el pluralismo.
Más allá de las diferencias religiosas, jurídicas o políticas, el encuentro dejó una conclusión común: una democracia no requiere que sus ciudadanos compartan las mismas ideas o creencias, pero sí necesita que puedan reconocerse como parte de una misma sociedad. En un contexto de creciente polarización, recuperar esa capacidad de escuchar, discrepar y convivir aparece como uno de los principales desafíos para evitar que las diferencias terminen convirtiéndose en nuevas fracturas sociales.
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