El sistema climático global no responde a una sola variable, sino a la interacción entre océano, atmósfera, criósfera, litosfera y biosfera. Así lo demuestra la situación actual: mientras el Pacífico tropical mantiene una elevada reserva de energía térmica, el hemisferio sur atraviesa un invierno austral particularmente frío en la Antártida. La coexistencia de un continente antártico con fuerte enfriamiento y un océano tropical cálido refleja esa compleja dinámica.

En el Pacífico tropical se ha acumulado una cantidad importante de energía térmica, pero esa energía necesita que la atmósfera responda para que el fenómeno El Niño pueda fortalecerse. Mientras esa respuesta no ocurra, el sistema permanece parcialmente desacoplado y parte de la energía acumulada puede comenzar a disiparse. La intensidad final de El Niño no depende únicamente del aumento de la temperatura del mar: también depende del tiempo que permanezcan desacoplados el océano y la atmósfera.

Paradójicamente, este proceso coincide con un invierno austral extraordinario, entre los más persistentes de los últimos años. El fortalecimiento del Anticiclón del Pacífico Sur, distinto al El Niño 97-98, está favoreciendo vientos del sur y un afloramiento lento frente a la costa peruana, reforzando los mecanismos naturales que tienden a enfriar el océano. En consecuencia, hoy compiten dos procesos opuestos: la energía térmica acumulada en el Pacífico tropical y los mecanismos de enfriamiento propios de la estación.

Si el desacoplamiento entre océano y atmósfera se prolonga, el afloramiento y otros procesos oceánicos pueden disipar parte de la energía térmica antes de que se establezca la retroalimentación que intensifica el fenómeno. Solo cuando océano y atmósfera actúen como un sistema acoplado, podremos saber si el calentamiento evolucionará hacia un evento intenso o si parte de esa energía podría ir disipándose. Prevención permanente.

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