El eventual reemplazo del pago del Impuesto a la Renta sobre ventas por uno basado en rentas abre varias interrogantes para las pequeñas empresas que hoy tributan bajo el RER. ¿Pagarían más o menos? ¿Qué pasaría con los regímenes que coexisten? Especialistas consultados por Gestión advierten que la medida acercaría el tributo a la ganancia efectiva de cada negocio, aunque sumaría complejidad para los más pequeños.
Hoy el contraste entre regímenes es evidente. En el RER, orientado a pequeños negocios y con contabilidad simplificada, se paga cada mes una cuota equivalente al 1.5% de los ingresos netos. En el Régimen General, en cambio, el impuesto se calcula sobre la renta neta obtenida por la empresa. Para Cuba, “ese régimen nació hace décadas y ha demostrado que no sirve para nada más porque es un mal diseño”. El Gobierno ya prepara “nuevos números” para ordenar todo el sistema bajo un esquema de rentas y no de ventas.
La diferencia central está en qué se usa para calcular el tributo. Giorgio Balza, asociado senior de Cuatrecasas, explica que con el RER una empresa paga un porcentaje de sus ingresos netos mensuales sin importar los costos y gastos que haya tenido para operar. Pasar a un sistema de renta implicaría determinar cuánto ganó el negocio después de descontar esos costos y gastos.
Según Balza, los resultados podrían variar mucho según el tipo de empresa. Los negocios con márgenes reducidos frente a su volumen de ventas —como comercios minoristas, distribuidores o empresas de alta rotación— serían los más beneficiados, porque la tributación consideraría la utilidad real que obtienen.
Juan José Assereto, socio de Zuzunaga & Assereto Abogados, considera que determinar el impuesto sobre las utilidades sería más exacto desde el punto de vista de la renta efectivamente generada. Para el especialista, uno de los problemas de calcular el tributo sobre las ventas es que se trabaja sobre una estimación que no necesariamente refleja la situación económica de cada negocio.
Y es que dos empresas pueden registrar un nivel similar de ventas y, sin embargo, tener márgenes completamente diferentes dependiendo de su actividad, estructura de costos o momento de desarrollo. Incluso una compañía puede encontrarse realizando fuertes inversiones o atravesar una etapa en la que sus gastos superen sus ganancias, situaciones que un esquema basado únicamente en ventas no necesariamente captura.
En sentido contrario, negocios que registren márgenes elevados respecto de sus ventas podrían terminar soportando una mayor carga que bajo un esquema que simplemente aplica un porcentaje sobre los ingresos. Por ello, el especialista advierte que cambiar la base de cálculo no significa automáticamente que todas las pequeñas empresas vayan a pagar más o menos: el resultado dependerá de su rentabilidad y, especialmente, de las tasas y tramos que finalmente establezca la eventual reforma.
El costo de pasar a un sistema más exacto
Esa mayor precisión tendría una contraparte: la simplicidad que actualmente ofrece el RER podría reducirse. Hoy este régimen exige básicamente registros de compras y ventas, pero si el impuesto pasa a determinarse sobre la renta neta, las empresas necesitarán acreditar qué costos y gastos pueden descontar para establecer cuánto ganaron realmente.
“Es un régimen más exacto, pero en la complejidad que tiene viene con la complejidad de tener que manejar contabilidades más complejas, soportes documentarios más complejos”, explica Assereto. Esto implica sustentar costos y gastos y cumplir las condiciones tributarias para que estos puedan ser reconocidos al momento de determinar la renta.
El especialista sostiene que el RER sería el régimen que requeriría la modificación más profunda si el objetivo anunciado es migrar hacia una tributación basada en renta, precisamente porque hoy determina el impuesto mediante un porcentaje de los ingresos netos mensuales. En contraste, el Régimen Mype Tributario (RMT) ya calcula el impuesto anual sobre la renta neta, con una tasa de 10% para las primeras 15 UIT de renta neta anual y de 29.5% por el exceso, una lógica que Balza considera más cercana a lo que el Ejecutivo podría buscar para las empresas de menor tamaño, aunque aclara que ello no implica que necesariamente se convierta en el modelo elegido por el Gobierno.
El anuncio del ministro Cuba vuelve a poner sobre la mesa la discusión sobre la cantidad de regímenes empresariales vigentes. El sistema actual contempla el Nuevo Régimen Único Simplificado (NRUS), el Régimen Especial de Renta (RER), el Régimen Mype Tributario (RMT) y el Régimen General. Para Balza, es razonable interpretar que el objetivo de “ordenar” el sistema podría conducir a una consolidación de los regímenes, aunque advierte que todavía no existe una propuesta normativa que permita conocer hasta dónde llegará la reforma.
El impacto final de la reforma dependerá de qué tan simplificada sea la determinación de la renta para los contribuyentes más pequeños. Balza advierte que este punto será particularmente relevante para las micro y pequeñas empresas, pues muchas cuentan con una capacidad administrativa menor que una compañía de mayor tamaño. Una alternativa, sugiere, sería aprovechar la información que ya generan los comprobantes de pago electrónicos y establecer exigencias contables diferenciadas según el tamaño del negocio.
De esta manera, el desafío para el MEF no estaría únicamente en cambiar la base sobre la cual se calcula el impuesto, sino en evitar que una determinación más precisa de la renta termine acompañada de costos de cumplimiento desproporcionados.
El problema que el MEF buscaría corregir
Los especialistas coinciden en que el diseño de la reforma será determinante para atacar problemas como la “atomización” empresarial, una distorsión observada desde hace varios años, según Assereto. La coexistencia de regímenes con distintos límites y beneficios puede incentivar a que ciertos negocios dividan sus operaciones entre varias personas jurídicas para mantenerse en un régimen más favorable y evitar pasar al Régimen General.
Balza también identifica este arbitraje como una de las distorsiones del esquema actual, y añade que empresas con características y rentabilidades similares pueden terminar con cargas diferentes solo por estar en regímenes distintos. Una reducción o reorganización de los regímenes podría intentar corregir estos problemas, pero el diseño será clave.
La reforma tendría que resolver una disyuntiva: acercar la tributación de los pequeños negocios a las ganancias reales, sin perder la simplicidad que caracteriza a los regímenes para contribuyentes de menor tamaño. Por ahora, Cuba ha definido la dirección —renta en lugar de ventas—, pero falta conocer la letra chica: cuántos regímenes permanecerán, qué tasas se aplicarán y qué exigencias tendrán que cumplir las empresas que hoy tributan bajo esquemas simplificados.
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