Este Búho nunca olvidará el día que en el colegio lo mandaron a leer ‘La metamorfosis’ de Franz Kafka. Me quedé atónito cuando leí: ‘Una mañana Gregorio Samsa despertó transformado en un monstruoso insecto’. Hasta entonces, nunca había encontrado una historia fantástica ambientada en el mundo moderno.

La narración, publicada en 1915 en plena Primera Guerra Mundial, cuenta la transformación de un oscuro viajante de comercio en un insecto y la reacción de su familia: sentimientos que van de la solidaridad y la pena al asco y el odio, hasta un desenlace trágico. Ese impacto fue tal que lo ‘kafkiano’ se volvió un término universal para definir lo inverosímil y lo absurdo, marcando un antes y un después en la cultura de Occidente.

Pocos escritos han atrapado tanto a lectores de todas las latitudes durante tantas décadas, sobre todo por ser una narración corta pero demoledora. Kafka influenció a escritores de la talla de Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Thomas Mann. Jorge Luis Borges, quien tradujo el relato para una editorial argentina y escribió el prólogo, señaló: ‘La más indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables’.

El autor nació en Praga, hoy República Checa, en 1883, y murió en Kierling, Austria, en 1924. Su relato ha sido analizado de muchas maneras: como relato de terror, fábula sobre la incomunicación humana y el conflicto con la autoridad, espejo de la extrañeza frente a las arbitrarias leyes del mundo, parábola sobre la angustia y el desamparo del hombre moderno, metáfora de la trágica historia del pueblo judío u opresión de la sociedad aristocrática sobre el individuo de su época. Todas son formas de leer esta obra ‘más allá de lo evidente’.

La novela salió de la imprenta en 1915 y, más allá de las lecturas intelectuales, es de esas obras que emocionan y conmueven a cualquiera que la abra, como solo la gran literatura consigue. Kafka murió en 1924 dejando inéditos un cerro de cuentos, cartas personales —como las dirigidas a su enamorada Felice— y tres novelas: ‘El proceso’, ‘El castillo’ y ‘El desaparecido’. En su lecho de muerte, le hizo prometer a su gran amigo Max Brod que quemara toda esa obra inédita; gracias a la ‘traición’ de ese amigo y admirador, la posteridad pudo tener en sus manos títulos tan ‘kafkianos’ como ‘El proceso’, que Orson Welles llevó al cine.

Otro premio Nobel cautivado desde joven por ‘La metamorfosis’ fue el colombiano Gabriel García Márquez. Gabo inmortalizó estas palabras sobre el relato: “Sentía que yo conocía el argumento de los cuentos, pero no los sabía escribir. Siempre, todas las tentativas que hacía, notaba que eran fallidas, que faltaba algo, y ya cuando entré a la Facultad de Derecho en Bogotá, una noche entré a la casa del cuarto de la pensión donde tenía un amigo que leía mucho y me pasó un librito amarillo y me dijo: ‘Léete esto’. Como era lo único que quedaba disponible en ese momento, entonces yo me acosté.

Leía mucho, leía todo lo que me caía en las manos y abrí ese y decía: ‘Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto’. Lo recuerdo como si me hubiera caído de la cama en ese momento y fue una revelación, es decir, si esto se puede hacer, esto sí me interesa. Yo antes de eso, probablemente había pensado que eso no se podía hacer a pesar de que me había tragado completitas ‘Las mil y una noches’”.

Fue una verdadera resurrección: de ahí me levanté a escribir mi primer cuento, ‘La tercera resignación’, el primero que se publicó en El Espectador. Lo escribí a partir de esa lectura y desde entonces todas mis lecturas se orientaron hacia la novela contemporánea. “Ahí me quedé, todavía no he logrado salir: todas mis lecturas se orientaron en ese sentido”. Pero había una cosa importante que era de método, un método para contar una cosa que yo no tenía.

Kafka llegó incluso hasta la música popular. En el Perú, de 1979 en adelante, los ‘lagartazos’ salseros que escucharon por primera vez el tremendo tema ‘Pedro Navaja’ tuvieron que correr a buscar un diccionario para saber quién era ese escritor al que mencionaba Rubén Blades en la última estrofa: ‘Como en una novela de Kafka, el borracho corrió por el callejón’. Apago el televisor.

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