Este lunes 10 de agosto se cumplen cien años del natalicio de la inmensa poeta Blanca Varela (1926-2009), y este Búho abre sus ojazos para conmemorar una fecha que se perfila como uno de los acontecimientos culturales del año. La buena noticia es que muchos jóvenes de hoy la leen, y ese es quizá el mejor homenaje posible.
La obra de Varela, que solo abría su corazón a los extraños a través de su poesía, incluye títulos ya clásicos como su opera prima ‘Ese puerto existe’, ‘Canto villano’ o ‘El libro de barro’. Para conocerla más profundamente, este columnista recurre al trabajo de Rosina Valcárcel (poeta), una entrevistadora que quedó marcada por la experiencia. Valcárcel recuerda: “Había leído un poco la poesía de Blanca Varela, pero tenía yo mis prejuicios ‘políticos’. Me parecía muy conservadora y algo ‘derechista’”.
Fue el poeta joven Sandro Chiri, director de la revista ‘La Casa de Cartón’, quien la convocó para entrevistar a Varela en dicho medio. “Para mí fue un reto, un desafío que acepté asumir con gran interés”, cuenta Valcárcel, quien se puso manos a la obra y se dedicó a leer los libros que tenía en casa y otros que fue adquiriendo.
Hace un tiempo, al darme una vuelta por el otrora mítico jirón Quilca, me topé en una de esas laberínticas galerías editoriales con un libro que en ese momento me pareció fruto no del azar, sino de designios divinos: ‘Entrevistas a Blanca Varela’, el texto que editara Jorge Valverde Oliveros, una selección imprescindible para quien conoce o no la obra de esta poeta.
La cita fue en el local del Fondo de Cultura Económica de la calle Berlín, un mes después de que le propusiera el diálogo por teléfono y ella aceptara sin dudar. En esa época las grabadoras eran grandes. Al ingresar a su espacio de trabajo, Blanca me ofreció: ‘¿Un café, una copita de licor, un cigarrillo?’. Elegí la copa de licor para entonarme. La conversación resultó extensa, compleja, controversial y humana a la vez.
Yo estaba medio nerviosa, consciente de que el gran reto estaba delante de mí: ¡La gran poeta! Antes de empezar le pedí: ‘Si meto la pata me avisas para corregirme veloz’. Ella sonrió. De a pocos fui ‘haciendo un calentamiento’, preguntando lugares más o menos comunes, hasta que un ataque de audacia me llevó a lanzarle un comentario frío: ‘Blanca, antes de que perdieras a uno de tus hijos se te sentía indiferente, lejana, inaccesible al público y a tus lectores cercanos. ¿Me equivoco? Y después de la tragedia se te siente cálida, humanísima. Es la sensación que percibo’.
Sin titubear, la poeta respondió: ‘Es cierto. Sucede que yo tuve un sueño largo y gris, como una premonición que se cumpliría después como un garrote sobre mi cuello’. Respiré hondo, bebí la copa y me di valor. Sentí mucho haber tocado un tema tan íntimo de esa forma, pero el espíritu de periodista autodidacta y poeta me lanzó a la piscina sin agua.
Con el correr de la charla, la confianza creció. En otro momento le hablé del amor y de la relación con su exesposo, el pintor Fernando de Szyszlo. Ella no se entusiasmó. Comentó haberlo querido un tiempo largo, pero también que hubo desencuentros serios que influyeron en sus textos poéticos. Narró brevemente algún episodio poco grato, y cuando yo cité un poema que podría aludir a esa anécdota, prefirió abstenerse de responder.
Antes de apagar el televisor, la conversación con Blanca Valera dejó dos revelaciones. Cuando le pregunté si había sentido rubor por tener una madre que cantaba valses criollos, ella apenas esbozó una sonrisa a medias. Luego, al abordarla sobre qué le hubiera gustado ser si no fuera poeta, respondió sin titubeos: ‘Una mujer revolucionaria, admiro ese papel. Pero, por ahora, esta afirmación no la publiques’.
De su extraordinario poema ‘Puerto Supe’, me quedo con un fragmento que condensa su infancia y su vínculo con el mar: ‘¡Oh, mar de todos los días, mar montaña, boca lluviosa de la costa fría! Allí destruyo con brillantes piedras la casa de mis padres, allí destruyo la jaula de las aves pequeñas, destapo las botellas y un humo negro escapa y tiñe tiernamente el aire y sus jardines’. Antes, el poema evoca esa misma costa: ‘Está mi infancia en esta costa, bajo el cielo tan alto, cielo como ninguno, cielo, sombra veloz, nubes de espanto, oscuro torbellino de alas, azules casas en el horizonte. Junto a la gran morada sin ventanas, junto a las vacas ciegas, junto al turbio licor y al pájaro carnívoro’. Con esas imágenes en la memoria, apago el televisor.
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