Con 21 años, Carlos Bañuelos llegó a Carmín y se convirtió, junto al resto del elenco, en un ídolo juvenil. El actor, recordado por su personaje del ‘gato’, asegura que la producción fue “un fenómeno popular” y una de las telenovelas más vistas en el Perú. “Tenía un ingrediente juvenil que no tenían las clásicas y, además, de comedia”, explica.
Bañuelos compartió escena con Silvia Pinal y Verónica Castro, pero también recuerda la apuesta del productor Lucho Llosa. “Me contó que lo había hecho con la condición de que se vieran exteriores, que no se hacía en las novelas de esa época porque todo se hacía en estudio y que el melodrama pasara a segundo plano”, relata. “Creo que funcionó muy bien”, añade.
Sobre la fama, el actor asegura que la vivió “desde afuera” y con cierto humor. “Me parecía muy chistoso, pero tampoco era que me afectara”, dice. Sin embargo, reconoce que la popularidad juvenil tiene algo muy particular: “Ser joven famoso no es igual que ser una persona ya madura, conocida. Ser ídolo juvenil es muy particular”.
La intensidad de las fans llegó a tal punto que, durante un viaje al Cusco, el elenco no podía salir libremente. “Solo lo hacíamos en la noche y con policías”, recuerda. Y añade: “Ya no te cuento del matrimonio de Rodrigo (Jorge García Bustamante) y Mónica (Claudia Noriega)”. Aunque tuvo amigos que trabajaban en telenovelas, Bañuelos marca una diferencia: “Una cosa es trabajar en telenovelas, ser actor y otra es ser como un ídolo juvenil”.
La primera persona que le tendió la mano en México fue Silvia Pinal, con quien llegó a grabar un capítulo de ‘Mujer, casos de la vida real’. El acceso a la diva del cine mexicano se lo facilitó Ricardo Blume: “gato usa mi nombre, cualquier persona mayor que te encuentres dile que eres mi alumno”, le dijo, y Bañuelos siguió el consejo al pie de la letra. Fue a México a estudiar dirección de cine y permaneció allí cuatro años.
Su carrera en tierras aztecas incluyó capítulos de ‘Cándido Pérez’ y unos 40 capítulos de ‘Mi pequeña soledad’, telenovela protagonizada por Verónica Castro. En ese tiempo también se reencontró con Patricia Pereira, su compañera en Carmín: “la verdad que la vi un par de veces. En Lima casi no tuve ningún contacto, pero la visité alguna vez en el foro de Televisa, creo que almorzamos alguna vez juntos en la cafetería de Televisa”.
Sobre la locura que desató la novela, el actor recuerda que el matrimonio de Rodrigo y Mónica se grabó en una plaza porque ninguna iglesia les prestaba sus instalaciones. “Demoramos tres días en entrar a la plaza por la cantidad de gente que había, incluso había paquetes turísticos que incluían el matrimonio de Carmín. Si ven las imágenes parece la procesión del Señor de los Milagros”, compara.
Ser ídolo juvenil sin redes sociales implicaba no poder quedarse mucho tiempo en ningún sitio. “Por ejemplo te parabas en un grifo a echar gasolina ya era una problema”, cuenta. Sus amigos sacaban provecho: “sacaban mi cabeza por la ventana y gritaban ‘el gato, el gato’, y así ligaban chicas, entraban las discotecas gratis”. Él lo tomaba con humor: “Sí, era muy simpático, yo me reía mucho”.
Respecto a Johanna San Miguel, tu pareja en la novela, ¿mantienen contacto?
Desde que terminó la novela no he vuelto a ver a Johanna. En cambio, hace poco me crucé con Susel Paredes en una premiación a la que me invitó Hugo Salazar; ella estaba ahí y me saludó de manera muy cariñosa.
Ahora te vemos en el teatro con ‘Noche de enredos’.
La obra, que se presenta del 7 al 31 de agosto en el Centro Cultural Ricardo Palma, mezcla la comedia pura y de absurdos con el género de detectives y policías. Cada cinco minutos hay un giro de tuerca, con situaciones inesperadas que mantienen al espectador intentando resolver el caso, pues se trata del robo de un famoso cuadro. Esa combinación de ingredientes, casi de suspenso, es lo que la vuelve más interesante.
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