Betssy Chávez ya respira libertad en Ciudad de México. La expremier, condenada en primera instancia por su complicidad en el intento de Pedro Castillo de imponer una dictadura, logró salir del Perú al amparo del gobierno de Claudia Sheinbaum, que con sus “distorsiones ideológicas” ha convertido a México en el escondite de una golpista. La mandataria norteamericana, dice Iván Slocovich Pardo, defiende y ama ese tipo de regímenes.
Pero la responsabilidad no es solo de Sheinbaum. El Ministerio Público del Perú, “esa institución tan venida a menos y muchas veces cómplice de delincuentes”, demoró en pedir al Poder Judicial la extensión de la prisión preventiva de Chávez. Esa dilación le permitió a la exfuncionaria salir del país, hacerse la moribunda y refugiarse en la Embajada de México en Lima. “La hizo linda”, ironiza el columnista.
El gobierno de Keiko Fujimori no tuvo más remedio que otorgar el salvoconducto: la Convención de Caracas de 1954 obligaba al Perú a hacerlo. Las gestiones para prolongar la negativa fueron inútiles; tanto el gobierno transitorio de José Jerí como el de José María Balcázar intentaron dilatar la decisión, pero en algún momento había que resolver el asunto. No había forma de seguir postergando la autorización de salida.
Lo lamentable, según Slocovich, es que la resolución se haya tomado “entre gallos y medianoche”, como si quisieran evitar incomodar a esta impresentable. Mientras tanto, Chávez se burla de todos los peruanos y de la justicia, protegida por un gobierno que el autor califica como “una gran enemiga de la democracia peruana”.
La señal que reciben los aspirantes a golpistas y tiranos de todo el continente es clara: si son de izquierda y levantan el puño en nombre “del pueblo”, pueden intentar quebrar la democracia con tanques y soldados, y si fallan o no les hacen caso, como sucedió con Castillo, Chávez y Aníbal Torres, pueden correr a esconderse en la Embajada de México. Ese país, bajo el mando de la señora Sheinbaum, da cobijo a los destructores de la democracia. Por eso, lo mínimo que debería hacer el Perú ahora es pedir la extradición de Chávez para que cumpla acá su condena. Está claro que Sheinbaum no la va a soltar, pero en algún momento esta señora tendrá que irse a su casa para dar paso a un gobierno que sí crea en la democracia y no le guste meterse en asuntos internos de otros países. Cuando eso por fin ocurra, la cómplice de Castillo tendrá que ser subida a un avión y enviada de vuelta al lugar de donde nunca debió salir.
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