Oculto en el interior de una montaña de granito, a unos 732 metros bajo la roca, se encuentra el Cheyenne Mountain Complex, una de las instalaciones subterráneas más protegidas del planeta. Este búnker, ubicado en las cercanías de Colorado Springs, Estados Unidos, fue levantado durante la Guerra Fría con el objetivo de mantener operativas las funciones estratégicas de defensa incluso ante un ataque nuclear.
La infraestructura está vinculada al NORAD, el organismo encargado de la vigilancia aeroespacial de Estados Unidos y Canadá. Su construcción demandó un complejo de 20.600 metros cuadrados que alberga 15 edificios independientes, diseñados para resistir ataques nucleares y desastres naturales. Estos edificios se asientan sobre aproximadamente 1.300 amortiguadores capaces de absorber movimientos provocados por explosiones o terremotos.
El acceso al búnker se realiza mediante túneles protegidos por puertas blindadas de aproximadamente 25 toneladas, diseñadas para cerrar herméticamente el complejo. En toda su historia, estas puertas solo fueron cerradas completamente en una ocasión: después de los atentados del 11 de septiembre de 2001.
El complejo, cuyo núcleo operativo fue el NORAD, comenzó a funcionar en 1966 tras iniciar su construcción en 1961, en plena Guerra Fría, cuando el temor a un ataque nuclear soviético llevó a levantar esta fortaleza. Las obras concluyeron a mediados de esa década con el objetivo de garantizar la continuidad del mando militar incluso si la superficie quedaba devastada. Aunque en 2008 parte de sus funciones fueron trasladadas a otras instalaciones, el búnker continúa activo como centro de respaldo estratégico y conserva capacidad de respuesta ante crisis.
En su interior, el denominado battle deck funciona como centro de mando y permite coordinar operaciones en tiempo real. Desde allí se supervisan diferentes tipos de amenazas y se canaliza información hacia las autoridades militares y civiles. La infraestructura incorpora protección frente a pulsos electromagnéticos y amenazas nucleares, biológicas y químicas, además de radares y sistemas de detección de misiles conectados con centros de mando estadounidenses para vigilar amenazas aéreas, espaciales y balísticas.
La instalación cuenta con sistemas propios de generación eléctrica, calefacción y refrigeración, depósitos de combustible y reservas de agua superiores a cinco millones de litros. También dispone de almacenes de alimentos y servicios básicos para mantener las operaciones durante largos periodos de aislamiento, lo que le permite sostenerse de manera autónoma ante cualquier escenario adverso.
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