A 336 metros de la entrada, en una cámara de la cueva de Bruniquel donde nunca llega la luz natural, los neandertales levantaron dos anillos bajos de estalagmitas rotas. Para llegar hasta allí tuvieron que internarse en las profundidades con alguna fuente de iluminación, un desplazamiento que hoy plantea nuevas preguntas sobre sus capacidades cognitivas, sociales y técnicas.
El sitio se ubica en las gargantas del Aveyron, en el suroeste de Francia. Su entrada quedó sellada de forma natural durante el Pleistoceno, lo que mantuvo la cueva aislada durante miles de años hasta que espeleólogos locales la reabrieron en 1990. En 2016, las estructuras fueron datadas en unos 176.500 años, con un margen de unos 2.100 años, lo que las convierte en unas de las construcciones humanas más antiguas conocidas y mejor datadas.
Lo hallado no parecía una formación geológica natural. Los investigadores comprobaron que las estalagmitas habían sido rotas y dispuestas deliberadamente en dos estructuras anulares, acompañadas por cuatro acumulaciones más pequeñas. El anillo mayor mide aproximadamente 6,7 por 4,5 metros, mientras que el menor tiene unos 2,2 por 2,1 metros.
Para entender mejor estas construcciones, los científicos realizaron una reconstrucción en 3D de las estructuras artificiales.
Foto: Xavier Muth
La prueba decisiva llegó cuando Jacques Jaubert y sus colegas regresaron al yacimiento y analizaron la calcita asociada a las estructuras. Su estudio de 2016, publicado en Nature, utilizó la datación mediante series de uranio en diferentes formaciones de calcita y en materiales relacionados con las estructuras, obteniendo una edad de 176.500 años, con un margen de 2.100 años.
Esa cifra sitúa las construcciones de Bruniquel más de 100.000 años antes de la expansión de Homo sapiens asociada al Paleolítico Superior europeo. Los fósiles de Bacho Kiro, en Bulgaria, por ejemplo, están datados directamente en torno a los 45.000 años y constituyen una de las evidencias de Homo sapiens más antiguas conocidas en Europa. Antes de esta datación, se creía que las estructuras de Bruniquel eran mucho más recientes: un hueso quemado solo había proporcionado una edad mínima mediante radiocarbono, una técnica que ya no permite obtener fechas fiables a esas edades, y los primeros trabajos arqueológicos se interrumpieron tras la muerte de François Rouzaud, el arqueólogo que había investigado la cueva durante la década de 1990.
En conjunto, las estructuras contienen alrededor de 400 fragmentos de estalagmitas, conocidos como espeleoartefactos, cuya longitud acumulada supera los 112 metros y cuya masa se estima en unas 2,2 toneladas. Algunos fragmentos fueron colocados formando capas bajas, mientras que otros se dispusieron verticalmente contra los anillos. La organización de estos elementos indica que no se trató simplemente de una acumulación natural: las estalagmitas fueron seleccionadas, desplazadas y colocadas siguiendo una disposición determinada.
Las estructuras arrojan nueva luz sobre los neandertales. Foto: Michel Soulier/SSAC
Que los autores de las estructuras de Bruniquel fueran neandertales queda confirmado por la antigüedad del hallazgo, que data de hace unos 176.500 años. Ese dato, por sí solo, revela que estos homininos ya poseían la capacidad de internarse cientos de metros bajo tierra, valerse de iluminación artificial y transformar deliberadamente un espacio alejado de la entrada de la cueva.
El punto más sorprendente es, quizás, la distancia: los anillos se ubican a 336 metros de la boca de la caverna, en un sector donde la luz natural no llega. Llegar hasta allí implicaba recorrer pasadizos y cámaras con alguna fuente de luz, y también orientarse por un complejo sistema de galerías subterráneas. A eso se suma el transporte de los fragmentos de estalagmita que luego emplearon para erigir las estructuras, lo que evidencia un notable grado de planificación.
En Bruniquel, además, se hallaron rastros de exposición al fuego: estalagmitas alteradas por el calor y huesos quemados asociados a las construcciones. Esas señales indican que el fuego formó parte de las actividades desarrolladas en las profundidades, aunque los restos arqueológicos no bastan para precisar qué tipo de iluminación usaban ni de qué manera llevaban el fuego durante sus desplazamientos.
La razón detrás de los anillos sigue siendo un misterio. Las evidencias no permiten sostener que se tratara de un templo, un santuario o un espacio ritual, pero tampoco cabe descartar que las estructuras tuvieran un significado que hoy resulta imposible de conocer. Nadie sabe con certeza por qué se rompieron cientos de estalagmitas para construirlas.
Hace unos 176.500 años, un grupo de neandertales se adentró cientos de metros en una cueva, utilizó fuego o alguna fuente de iluminación y construyó estructuras con fragmentos de estalagmitas. Esa es la conclusión más segura que deja el yacimiento, y también una de las más extraordinarias: el propósito de aquella obra quedó oculto en la oscuridad durante decenas de miles de generaciones.
Lo que el lugar sí demuestra es una actividad organizada. Los neandertales rompieron cientos de estalagmitas, las desplazaron y las dispusieron siguiendo formas geométricas, un proceso que habría requerido coordinación y planificación. Esa organización dificulta interpretar las estructuras como el resultado accidental de una única actividad, aunque no permite determinar con qué frecuencia fueron utilizadas ni si los neandertales regresaron varias veces a la cámara.
Entre las hipótesis planteadas por los investigadores figuran funciones prácticas, como refugio o cobijo, pero la gran distancia respecto a la entrada hace poco probable que se tratara de un espacio de habitación convencional. También se ha sugerido que las características de la cámara, incluida su acústica, pudieron influir en la elección del lugar.
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