En 1995, el filósofo, poeta y agricultor limeño Alberto Benavides Ganoza dejó su residencia en Barranco para radicarse en Samaca, dentro del valle bajo iqueño. Lejos de continuar la tradición empresarial familiar, optó por edificar un fundo basado en la sostenibilidad ambiental. “Soy un fugitivo de la ciudad”, declaró al justificar su cambio de vida, y calificó su propuesta como “un botón de muestra de lo que se puede hacer en todos los valles del Perú”, según una entrevista difundida por Redagrícola.

Tres décadas después, el predio que alguna vez fue un eriazo árido en Ica resurgió como un sorprendente ecosistema productivo, según documentó la revista especializada Redagrícola. El cambio implicó reforestación, gestión hídrica eficiente y la crianza de llamas, estrategia que consolidó en Samaca un oasis agroecológico que integra conservación ambiental, cosecha sostenible y herencia cultural.

La iniciativa de Benavides, que emplea técnicas de agricultura orgánica y energías renovables sin pesticidas ni fertilizantes químicos, custodia actualmente un hábitat único en el litoral peruano, de acuerdo con el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor). Su trabajo resalta la conservación ambiental y la herencia cultural, y demuestra que es posible regenerar un suelo degradado en el desierto más árido del país.

Alberto Benavides Ganoza transforma un terreno árido en Ica en un oasis agroecológico, combinando agricultura orgánica, energías renovables y cultivos resistentes.

¿Cómo transformó Alberto Benavides el desierto de Ica en un oasis ecológico?

El pensador limeño se instaló en el árido eriazo con una meta casi imposible: regenerar un suelo degradado mediante agricultura orgánica, energías renovables y cultivos resistentes. Tras años de trabajo, su iniciativa se convirtió en un referente de cómo la sostenibilidad puede revertir la desertificación en el valle iqueño.

La iniciativa, que arrancó en 2010 con cuatro llamas traídas desde Lircay, Huancavelica, logró prosperar hasta superar el medio centenar de ejemplares. El estiércol de estos camélidos funciona como fertilizante natural y su fibra abastece la confección textil artesanal. Según un reportaje de Cosas, los animales recorren la zona y marcan el retorno de una práctica ancestral que había desaparecido del lugar desde la era colonial.

El camino hacia la recuperación comenzó con la apertura de pozos e infraestructura de riego por goteo, abastecida por energía solar y alternativas limpias. Luego se reforestó con especies autóctonas como huarangos, molles, taras, olivos y palmeras datileras. El primer árbol destacó por su resistencia a la aridez costera y su capacidad para restaurar suelos erosionados. En su sitio institucional se precisa que el predio es pionero en producción orgánica dentro de la región, con cerca de 500 hectáreas protegidas.

El fundo rescatado genera insumos agroecológicos como pallares, frejoles, maíz, aceitunas, aceite de oliva extra virgen y derivados del huarango, empleando exclusivamente compost, mulch y control biológico de plagas. Una indagación periodística de 2018 documentó 15.000 olivos y una producción de 130 toneladas respaldada por infraestructura de secado solar. Alberto Benavides, representante de la iniciativa, enfatizó para el portal Redagrícola: “Nuestra agricultura es orgánica”.

El Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) entregó a Alberto Benavides Ganoza la resolución que le otorga la titularidad de la concesión para conservación Lomas y Tillandsiales de Amara y Ullujalla, en Ica.

El Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR) le entregó a Alberto Benavides Ganoza la resolución que le otorga la titularidad de la concesión para conservación Lomas y Tillandsiales de Amara y Ullujalla, en Ica. Foto: Gobierno del Perú

La concesión para resguardar las Lomas y Tillandsiales de Amara y Ullujalla, un ecosistema de 6.349 hectáreas situado entre Ocucaje y Santiago, fue entregada por el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor) a la Sociedad Agrícola Samaca en abril de 2024. Ese territorio alberga fauna silvestre como el guanaco y vegetación neblinera que captura dióxido de carbono y previene la erosión.

El predio, que integra 80 colmenas sustentadas en la floración autóctona de chilcos, toñuces y espinos, cuenta además con 400 ejemplares de pecanos, paltos, naranjos y mangos destinados a la elaboración de harina, conservas y pastas puras. La plataforma oficial del espacio destaca que la propuesta enlaza apicultura, artesanía, educación ambiental y el llamatinkuy, un ritual tradicional de Huancavelica celebrado cada agosto mediante expresiones musicales y danzas típicas.

“El compromiso [...] es asegurar la protección de este espacio por los primeros 30 años que dura el contrato”, declaró el promotor respecto al acuerdo inicial, proyectando futuras renovaciones e investigaciones científicas.

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