A los 70 años, Rosa subió a un escenario por primera vez y lo hizo de manera magistral. Desde entonces no ha dejado de actuar. Pero llegar a ese momento no fue fácil: de niña le apasionaba la actuación, aunque el destino la llevó por otro camino, el de enfermera técnica. Se casó, tuvo hijos y nietos, y recién al jubilarse encontró la oportunidad que tanto esperaba.

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Todo ocurrió cuando se inscribió en el Club de la Tercera Edad de su barrio. Para su suerte, en ese momento estaban buscando voluntarios para una obra teatral, y Rosa no lo dudó: se matriculó de inmediato.

Su historia es un ejemplo de lo que la OMS define como envejecimiento activo: el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad para mejorar la calidad de vida de quienes envejecen. Envejecer activamente implica tener salud y participar en la sociedad donde uno vive, sin ser un ente pasivo.

El caso de Rosa demuestra que nunca es tarde para completar un anhelo de juventud, y que la actuación puede ser una vía para lograrlo.

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