Con apenas 26 años, Tamara Silva Bernaschina se ha convertido en una de las voces más potentes, audaces y prometedoras de la narrativa latinoamericana contemporánea. La escritora uruguaya llegó a la FIl Lima 2026 para presentar “Larvas”, su segundo libro de cuentos, y conversó con Correo sobre su proceso creativo y el carácter híbrido de su obra, que transita entre el horror biológico y lo fantástico. Para la autora, el cuerpo es el espacio donde se manifiestan el deseo y el miedo, dos de los ejes centrales de su trabajo.
¿Te gustan las etiquetas? ¿Dónde ubicas a tus cuentos?
“Por lo general, no me gustan las etiquetas; me interesa que los textos puedan escapar de ellas, aunque dentro del género, creo que mis cuentos hay un poco de todo: terror, fantástico y weird. Me parece interesante pensarlos precisamente en ese cruce”, sostiene.
Mencionase que tu imagen mental de los cuentos era una larva moviéndose y saliendo de un cuerpo. En tu libro Larvas, ¿qué importancia tiene el cuerpo?
La autora explica que los cuerpos de los personajes —tanto humanos como no humanos— y su relación con el territorio funcionan como un sistema. “El cuerpo es fundamental porque es donde se manifiesta el deseo, el miedo y el asco, que son los temas centrales del libro”, afirma Silva Bernaschina, quien construye en cada relato un cruce de géneros donde lo biológico y lo fantástico se entrelazan.
La escritora explica que la recurrencia de niños y narradores infantiles en sus cuentos responde a que la infancia es “un momento de mucho descubrimiento donde el misterio tiene su mayor potencia”. Además, señala que esa mirada particular y hermosa sobre el mundo es la que le interesa explorar y, a la vez, “es el tipo de narrador que me sale de forma más natural”. Según Silva, esa perspectiva infantil permite una “deformación” del mundo, para mirar de cerca ciertas cosas y entender otras mejor que nadie.
Sobre su “paisaje afectivo”, la autora cuenta que se mudó al campo y tuvo durante muchos años un contacto muy cercano con el monte, el cerro y la sierra, un paisaje que considera de los más lindos de Uruguay y que se transformó en su paisaje afectivo. Por eso, cuando ubica un texto en el campo, aunque no sea esa sierra específicamente, siempre será la que aparece en su mente.
En cuanto a La gallinita ciega, Silva sostiene que el juego es fundamental en ese cuento: es ese momento lúdico infantil que se transforma en otra cosa muy rápido a raíz de un accidente. Le interesaba explorar cómo se maneja la culpa en la infancia o preadolescencia y cómo una dinámica comunitaria de barrio puede quebrarse ante un hecho traumático.
La escritura apareció en su vida como un juego: de niña siempre tuvo libros a la mano y armaba cuentos que luego engrampaba, movida por el deseo de hacer lo mismo que leía. Esa afición, sin embargo, no se convirtió en decisión formal sino mucho después. Ni siquiera al publicar su primer libro estaba del todo segura; recién lo entendió cuando lo tuvo en las manos. Publicar con esa incertidumbre, sin saber exactamente qué estaba haciendo, fue un movimiento lindo que todavía recuerda con cariño.
Sobre su proceso creativo, admite que es distinto cada vez y que lo ha entendido recientemente. Para este libro no tuvo la premura de una fecha de entrega, lo que le permitió trabajar con calma y ganar seguridad y confianza en los textos. La escritura en sí tomó unos cuatro o cinco meses de trabajo intenso, aunque la planificación venía de mucho antes.
Con tres libros publicados, aún se sigue sorprendiendo de todo lo que está viviendo como escritora.
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