La escritora chilena Carol Neumann, periodista de profesión, siempre tuvo claro su destino. Cuando era niña y le preguntaban qué quería ser de grande —mientras sus compañeros soñaban con ser astronautas, doctores o profesoras— ella respondía sin dudar: “Quiero escribir libros para niños”. Ese anhelo, que guardó en el corazón durante años, recién se materializó cuando se convirtió en madre de tres pequeños. Fue ahí, contando cuentos improvisados a sus hijos cada noche, que apareció su primera historia: Azulada, el relato de una niña con la piel de color azul.
Su hija Maite, que entonces tenía dos años, fue la gran impulsora. Cada noche le pedía más aventuras de Zuli, la protagonista de aquel cuento: “Más cuentos de Zuli, más cuentos de Zuli”, le decía. Hasta que un día Neumann se animó y pensó: “Ya, voy a escribirlo y se lo voy a enviar a una editorial”. Así partió todo. Lo que comenzó como una rutina familiar se transformó en una colección de 15 títulos publicados que combinan imaginación, humor y herramientas para el desarrollo socioemocional de los más pequeños.
Su formación académica también la empujó en esa dirección. Neumann cursó un máster en Educación en Columbia University y quería traducir ciertas estrategias de apoyo socioemocional e inclusión en recursos útiles que pudieran ser utilizados tanto por las familias como por los profesores en los colegios. Esa línea de trabajo la fue consolidando hasta llegar a los 15 libros que tiene hoy en el mercado, todos dirigidos a niños de 0 a 6 años. Pero se vienen novedades: la autora planea atreverse con novelas para niños que ya son lectores, historias pensadas para pequeños de 7, 8, 9 y hasta 10 años.
En entrevista con Correo, Neumann reflexiona sobre el valor de la lectura en los primeros años de vida, el papel de las ilustraciones, los desafíos de escribir para la infancia y la importancia de crear historias que, más que entregar respuestas, inviten a los niños a imaginar, emocionarse y construir sus propias interpretaciones del mundo.
—Cuando creas un cuento infantil, ¿piensas primero en una enseñanza que quieres transmitir o en una historia que despierte la imaginación?
La autora confiesa que le pasan las dos cosas. Por un lado, tiene libros más literarios, que invitan a entretenerse, a reírse y a disfrutar de la historia: cuentos con humor que hacen partícipes a los niños y los convierten en protagonistas de la experiencia de lectura. Por otro, hay cuentos basados en evidencia científica sobre apoyo socioemocional para niños, que sí buscan dejar un mensaje, aunque no como una enseñanza explícita, sino invitándolos a reflexionar y a empatizar con los personajes.
Para lograrlo, Neumann plantea preguntas que abren el diálogo con los pequeños lectores. Por ejemplo: “¿Cómo crees que te habrías sentido tú si fueras Lilo?”, uno de los personajes de sus historias. O, en La Sonrisa Fugitiva: “¿Has sentido alguna vez que tu sonrisa se ha marchado? ¿Por qué pasó eso? ¿Qué sentiste en ese momento?”.
“¿Qué pasa con las pantallas? Muchas veces son muy atractivas para los niños porque tienen sonidos, luces y generan una interacción que, de alguna manera, los hipnotiza”. Frente a ese magnetismo, la autora contrapone un recurso que considera incluso más poderoso: la voz de quien lee el cuento. “Está neurológicamente comprobado que la voz de esa mamá, papá o adulto significativo es la que los niños prefieren escuchar”, asegura.
Pero esa ventaja no opera sola. “Por supuesto, si uno les lee un cuento de manera monótona, sin énfasis y sin jugar con las distintas tonalidades de la voz, lo más probable es que no logre despertar su interés. Pero si uno se prepara, lee el libro antes y, al momento de narrarlo, utiliza gestos, hace pausas y crea suspenso, la experiencia cambia por completo”. Neumann ilustra esa técnica con una escena cotidiana: antes de pasar la página, el narrador puede decir “¡Ay, no! No quiero dar vuelta la página”, y los niños responden al instante: “¡Por favor, da vuelta la página! ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?”. En esa reacción, dice, se revela que la clave está en contar historias de manera significativa, haciendo que los pequeños participen y se involucren. Cuando eso ocurre, “realmente no tenemos nada que envidiarles a las pantallas”.
Además, especialmente entre los 0 y los 6 años, los libros infantiles ofrecen ilustraciones maravillosas: cada detalle del fondo, de los personajes o de los escenarios invita a descubrir algo nuevo, y un mismo ejemplar puede leerse muchas veces con la certeza de que, en cada lectura, los niños hallarán nuevas sorpresas. Esas imágenes constituyen, de hecho, el primer acercamiento de los pequeños a la belleza estética. Desde que son bebés, sostiene la escritora, se les acerca al arte, a las perspectivas, a los colores, a los planos y a distintas formas de mirar el mundo.
La autora concibe sus cuentos como un puente para conversaciones que, probablemente, de otra manera no se darían con los niños y las niñas. “Por un lado, busco fomentar su creatividad, su imaginación y el gusto por la literatura. Pero, por otro, también los invito a conversar con los adultos significativos que tienen a su lado acerca de lo que les está pasando, de aquello que los hace felices y también de lo que, a veces, les da miedo o les preocupa”. Su trabajo, resume, es una mezcla de ambas cosas: entretener y, al mismo tiempo, abrir espacios de diálogo y reflexión.
Consultada sobre la transformación que ha observado en la manera en que los niños leen, imaginan y se relacionan con los libros a lo largo de su carrera, Neumann responde que tanto en Chile como en Perú existe hoy un interés especial por fomentar la lectura infantil. Antes de empezar a leer, propone, se puede partir observando la portada y preguntando: “¿De qué creen que se tratará este libro? ¿Quién será esta niña? ¿Por qué será azul?”. Así se invita a los niños a formular hipótesis e imaginar la historia antes de descubrirla. También recomienda a las familias organizar tiempos para llevar a sus hijos a actividades de fomento lector, cuentacuentos, bibliotecas o encuentros con autores, con la idea de que descubran la lectura de manera lúdica, cercana y nunca como una obligación.
En la literatura infantil, la ilustración puede llegar a ser incluso más importante que el propio texto. Las imágenes deben ser cálidas y capaces de invitar a los niños a imaginar, observar y descubrir. A veces, texto e imagen cuentan exactamente lo mismo: si el texto dice “Azulada es una niña a la que le gusta bailar ballet”, la ilustración se limita a mostrar esa escena. Pero en otras ocasiones las ilustraciones complementan la historia con información que el texto no entrega, o incluso pueden contradecir lo que se está diciendo, lo que invita a los pequeños a pensar, interpretar y formular preguntas. La frase de que una imagen vale más que mil palabras es absolutamente cierta en los cuentos infantiles: las ilustraciones no solo acompañan el texto, sino que cuentan una historia propia, despiertan emociones y convierten la lectura en una experiencia mucho más profunda y significativa.
La evolución de la lectura ha sido uno de los cambios más significativos en esta transformación de la mirada. Durante mucho tiempo se pensó que la lectura comenzaba recién en primer grado, cuando se enseñaba formalmente la lectoescritura y los niños aprendían las sílabas, empezaban a formar palabras y a leer por sí mismos. Pero, ¿qué pasaba antes? ¿Qué ocurría con los bebés o con los niños de cuatro o cinco años? Muchas veces se pensaba que todavía “no les tocaba”. Hoy existe una mayor conciencia sobre la enorme importancia de los primeros seis años de vida, una etapa en la que se desarrollan las habilidades precursoras de la lectura, aquellas que más adelante facilitarán el aprendizaje de la lectoescritura de una manera natural y significativa.
Cuando un niño crece en una casa donde le leen cuentos, donde visita bibliotecas o participa en actividades relacionadas con los libros, la lectura deja de ser una obligación escolar y se convierte en algo familiar, cercano y querido.
—¿Crees que escribir para niños exige conservar una mirada infantil del mundo? ¿Cómo mantienes viva esa capacidad de asombro al momento de crear?
Al momento de escribir para niños, uno tiene que tratar de pensar como ellos. Muchas veces se dice que, en la literatura infantil, todos somos censores. Y no me refiero a censurar el contenido, sino a que, al final, quienes eligen qué libro va a leer un niño son los adultos. ¿Quién compra los libros en la librería? El papá, la mamá o algún adulto significativo. ¿Quién decide qué texto se leerá en el colegio? El profesor. Por eso, para que un libro realmente conecte con los niños, el autor tiene que hacer el ejercicio de volver a mirar el mundo desde su perspectiva.
Hay que recordar esos momentos de la infancia que nos asombraban, las cosas que despertaban nuestra curiosidad, las preguntas que les hacíamos a nuestros padres. Y, en mi caso, además, tengo la fortuna de ser mamá de tres niños, de tres, seis y ocho años, así que puedo observarlos todos los días.
La evolución de Carol Neumann como escritora se hace visible al comparar sus primeros textos con los más recientes. Su primer libro, Azulada, se publicó en 2020, y desde entonces su forma de construir historias ha cambiado de manera notable. Hoy, la autora busca una literatura que invite más a imaginar que a entregar respuestas, y que permita a los niños construir sus propias interpretaciones en lugar de conducirlos hacia un único mensaje.
Esa transición se aprecia con claridad en La Sonrisa Fugitiva, su libro más reciente. La historia gira en torno a Pipa, una niña cuya sonrisa decide irse de viaje un día, después de recibir una noticia inesperada. En un pasaje del libro se lee: “Una noche de otoño, Pipa recibió una noticia que no estaba esperando. Entonces ocurrió algo muy extraño...” Y ahí la narración continúa sin revelar cuál fue esa noticia.
La versión de Neumann que escribió en 2020, probablemente habría explicado exactamente qué había pasado. Tal vez habría dicho que sus papás se separaban, que había fallecido su abuelo o que había ocurrido algún hecho específico. Pero hoy decidió dejar ese momento abierto, porque quiere que el libro pueda acompañar distintas experiencias: la tristeza por una separación, un duelo, la partida de un amigo a otra ciudad, un conflicto en el colegio o cualquier situación que haga que un niño sienta que su “sonrisa se fue de viaje”. De esa manera, la historia deja de hablar de un solo problema y se convierte en un espacio donde cada lector puede encontrar su propia experiencia.
Esa es, según la autora, la principal evolución de su escritura: pasar de querer transmitir un mensaje específico a crear historias que abran preguntas, despierten emociones y permitan múltiples interpretaciones.
La autora también reflexiona sobre la importancia de recuperar la mirada infantil. Para ella, uno tiene que escarbar un poco para recuperar esa forma de mirar el mundo: pensar en aquello que hacía reír a un niño, en lo que le provocaba asombro, en las preguntas que se hacía y en todo aquello que despertaba su imaginación. La magia y la fantasía son parte de ese proceso. En algún momento dejamos de creer en la magia, y Neumann se pregunta qué pasó para que eso ocurriera. Le gusta pensar que, cuando escribimos para niños, tenemos la oportunidad de volver a creer, aunque sea por un instante.
En cuanto a las recomendaciones por edades, para los más pequeños, entre los 0 y los 3 años, se sugieren cuentos acumulativos o con estructuras repetitivas, con rimas y musicalidad. Idealmente, historias que incluso puedan cantarse en voz alta y que repitan palabras o frases para favorecer el desarrollo del lenguaje. Luego, entre los 3 y los 6 años, los niños entran en la etapa preoperacional del desarrollo y buscan otro tipo de relatos: historias cercanas a su vida cotidiana, con personajes y situaciones en las que puedan verse reflejados.
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