por Andrea Susana Caceres Alvarez
En una zona industrial de Santiago de Surco, detrás de un portón negro sobre una pared del mismo color, se esconden los más de dos mil metros cuadrados donde cada par de zapatos de la marca Butrich comienza a cobrar vida. Desde la calle, la fachada discreta no delata lo que ocurre adentro: un espacio casi monocromático donde nacen algunos de los calzados más coloridos de la moda peruana. RPP recorrió la fábrica junto a Jessica Butrich, fundadora de la marca, y Alex Butrich, gerente general, para conocer cómo se construye esta nueva etapa de crecimiento, que apuesta por aumentar la capacidad de producción sin perder el sello artesanal entre procesos industriales y acabados hechos a mano.
¿A qué huele realmente el cuero? La pregunta sorprende a Jessica y a su padre. Nunca se la habían hecho, pero ambos coinciden en una cosa: no huele a terocal. Jessica sonríe unos segundos antes de responder: "Huele a mi día a día". Alex, en cambio, observa el almacén, toma un retazo de cuero entre las manos y, entre risas, ofrece una respuesta mucho más literal: "Huele a vaca". El olor es intenso; quien no está familiarizado con el material podría confundirlo con pegamento o con madera húmeda.
Padre e hija: Alex Butrich y la diseñadora Jessica Butrich, en el lanzamiento de la colección Dálmatas.Fuente: Butrich
Así es el corazón de la fábrica de Butrich
Una vez dentro, la atmósfera minimalista sorprende, sobre todo si se piensa en el universo multicolor que Jessica Butrich ha construido en sus tiendas de La Mar, Jockey Plaza, El Polo y Salaverry. La fábrica, sin embargo, responde a otra estética: paredes blancas e iluminación fría, casi clínica. "Siempre quise que la fábrica fuera blanca y gris. No quería que tuviera la identidad rosada de la marca. Siento que el producto es el que la llena de color. Me gusta que, al ser un espacio blanco, cuando camino por aquí los acentos de color los pongan los mismos zapatos que se están produciendo", explica la diseñadora.
El recorrido comienza en el almacén, donde decenas de rollos de cuero —en tonos que van desde los neutros hasta una amplia gama de colores pasteles, eléctricos y vibrantes— esperan el momento de convertirse en un par de zapatos. El olor del cuero invade el lugar y acompaña el trayecto hasta el área de corte, donde comienza la transformación del material. Allí, el trabajo inicia con una orden de producción, una hoja que reúne toda la información necesaria para fabricar el calzado.
Todo arranca con una orden de producción: una hoja donde se detallan el dibujo del modelo, la talla, la cantidad de piezas de cuero y sus medidas, el tipo de taco, el pegamento y demás insumos. Pero llegar a ese documento implica un recorrido previo que Alex Butrich resume así: “El proceso comienza con el diseño del zapato. Luego se desarrolla un prototipo; si este se aprueba, se elabora una muestra y, una vez validada, se compran los materiales antes de emitir la orden de producción. Es todo muy artesanal”. Esa lógica explica también por qué la escala de Butrich es distinta a la de la industria convencional. “El pedido mínimo por modelo en una fábrica grande e industrial de Brasil es de mil unidades. Nosotros, después de ocho años, hacemos cien unidades por modelo; antes hacíamos 30 o 40”, añade el gerente.
Jessica Butrich es quien pone en marcha cada una de esas etapas desde el primer boceto, y por eso conoce el camino completo que recorre un par antes de llegar a la tienda. “Cuando la clienta ve el zapato en la tienda, yo veo todos los procesos por los que ha pasado ese par: los planos, cada etapa que hubo detrás. Y cruzo los dedos para que pueda apreciar toda la locura que implicó hacerlo”, dice, emocionada.
A pocos metros de ahí están las primeras máquinas de la fábrica Butrich. Una aplanadora divide el cuero hasta dejarlo con el grosor justo para la costura; una cortadora láser trabaja sobre telas y otros materiales complementarios; y una troqueladora imprime algunos de los diseños más reconocibles de la marca: corazones, flores y lazos en distintos tamaños. De la primera se encarga Lucy, maestra de calzado con más de veinte años en la industria y cinco en la empresa de Jessica Butrich.
En el área de corte, Lucy es la única mujer que se ve durante el recorrido. Más adelante aparecerán otras trabajadoras en las secciones de bolsos y accesorios, aunque la meta de la empresa es seguir sumando mujeres a un oficio que históricamente han ejercido hombres. “Es un trabajo manual que requiere fuerza y el uso constante de cuchillas, por lo que muchas mujeres no suelen optar por él. Pero cuando contratamos personal, priorizamos incorporar mujeres. Si bien los armadores siguen siendo hombres, las jefaturas en Butrich están lideradas por mujeres”, explica la diseñadora.
La siguiente habitación está dedicada a la confección de bolsos y accesorios, un espacio donde el detalle marca la diferencia. Varias mujeres cortan y cosen pequeñas flores de cuero que más adelante se convertirán en el relieve de botas y carteras. Unos pasos más allá, otras confeccionan billeteras, mientras los maestros dan forma a los bolsos hasta convertirlos en el producto final.
El sonido de las máquinas y las agujas se mezcla con la narración de un partido de fútbol que suena en la radio. Resulta curioso ver cómo los maestros mantienen la mirada fija en el cuero mientras el oído permanece atento al relato, esperando el estallido de un gol.
Del ruido de las máquinas a la calma del zapato terminado
El local de la fábrica de Butrich parece un laberinto en permanente movimiento: hay zonas que cambian de lugar, otras que ganan espacio y un orden que se va imponiendo poco a poco. Luego de pasar por el área de bolsos y accesorios, se llega a la sección de aparado, donde sobre los estantes descansan tacos de distintas alturas, hormas, plantillas y piezas de todas las formas y tamaños. Máquinas, aparadores y una incesante procesión de zapatos conviven en este punto, que es la antesala de la etapa final del proceso.
El siguiente destino es el área de control de calidad, donde cada par pasa por una inspección casi quirúrgica. Si aparece la más mínima imperfección, el zapato regresa a producción hasta alcanzar el estándar que exige la marca. Recién después de ser aprobados, los pares llegan al área de empaquetado: allí se arman las cajas y los modelos se distribuyen en estanterías que casi rozan el techo, ordenados por talla, modelo y colección, a la espera de salir de la fábrica. A un costado, decenas de correas descansan perfectamente organizadas por talla y color; al otro, los bolsos ya empaquetados esperan su siguiente destino. En ese rincón, todo huele a nuevo.
La fábrica se conecta con las oficinas de Butrich, donde el área de marketing, comercial, planeamiento y el espacio de prototipos componen el universo creativo. Allí sigue trabajando Alejandro Garrido, el maestro zapatero que convirtió en realidad el primer diseño de Jessica Butrich cuando la marca recién daba sus primeros pasos. También fue quien confeccionó el primer zapato arcoíris, uno de los modelos que terminaría por volverse parte del ADN de la firma.
Jessica Butrich no descarta abrir una nueva tienda: será en Latinoamérica, aunque aún sin destino confirmado. Fuente: Butrich
Butrich busca expandirse y cruzar fronteras
El octavo aniversario de la fábrica marcó un punto de inflexión para la marca: desde entonces dejaron de tercerizar la mayoría de los procesos. Hoy solo recurren a proveedores externos para trabajos específicos, como el bordado o el estampado de telas; el resto del camino, desde el diseño hasta el armado del zapato, ocurre dentro de la fábrica. Esa decisión les permitió crecer: el año pasado inauguraron dos nuevas tiendas y aumentaron su capacidad de producción. "Butrich es del tamaño que tenemos la capacidad de producir zapatos", resume Jessica.
Ese control sobre la fabricación también abrió la puerta al siguiente paso. Este año evaluaron incorporar herramientas de inteligencia artificial para desarrollar prototipos digitales que reduzcan costos y tiempos, además de sumar nueva maquinaria que agilice ciertos procesos sin renunciar al trabajo artesanal ni al cuidado por el detalle que caracteriza a la marca.
El siguiente paso de Butrich, como cada uno de sus zapatos y accesorios, comenzará mucho antes de llegar a una vitrina: será en aquel espacio monocromático que toma color con cada pieza de cuero y con cada nuevo diseño. Así lo proyecta Jessica Butrich, quien imagina ese salto en Latinoamérica, con Colombia, Chile y México entre las posibilidades. Aunque todavía no hay una decisión tomada, sí existe una certeza compartida con Alex Butrich: abrir una tienda propia fuera del Perú.
“Esa decisión tomó tiempo en madurar. Ahora hemos decidido expandirnos porque las dos nuevas tiendas han generado una mayor demanda y eso nos permite tecnificar la fábrica. Es un círculo virtuoso que hace que la fábrica también sea más rentable”, destaca Alex Butrich. La expansión comercial impulsó la modernización del centro de producción, y ese mismo proceso retroalimenta el negocio.
En ese crecimiento, la dupla que forman Alex y Jessica ha sido clave. Mientras él se concentra en los procesos y la producción, ella mantiene la mirada puesta en el diseño y la identidad de cada colección. Juntos proyectan las próximas mejoras para la fábrica y comparten el objetivo de desembarcar en el extranjero con un local propio, un anhelo que todavía esperan concretar.
La mayor demanda generada por las dos nuevas tiendas es lo que, según Alex, permite tecnificar la fábrica y volverla más rentable, en un círculo virtuoso que sostiene el crecimiento de la marca.
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