La periodista y escritora Sabrina Duque conversó con Correo sobre los retos del periodismo en la era de la inteligencia artificial, la vigencia de la crónica y el poder de la memoria. Con la agudeza que la caracteriza para investigar, construir y narrar una historia, la autora reflexiona también sobre su paso por Estados Unidos y su estadía en Taiwán, experiencias que inspiraron su nuevo libro “Plastificados” (Anagrama), una reflexión sobre nuestra dependencia al plástico que se publicará en octubre. La obra se presentará en el marco de su participación en la FIL Lima 2026, donde Ecuador será el país invitado de honor.
“Siempre intento desaparecer de mis textos. Prefiero que la historia y los personajes ocupen el centro. Pero en este libro ocurre lo contrario. Todo comenzó cuando conversé con una ingeniera bioquímica que me explicó que, cada semana, una persona consume una cantidad de microplásticos equivalente al tamaño de una tarjeta de crédito. Esa idea me impactó profundamente”, detalla la también autora de “Necesito saber hoy de tu vida”.
Consultada sobre si el periodismo ha cambiado en una época marcada por la inmediatez y las redes sociales, Duque sostiene que sí, pero aclara que eso ocurre cada vez que aparece un medio nuevo. “Cada plataforma tiene su formato y sus propias reglas, pero la esencia del periodismo se mantiene”, afirma. Reconoce que las redes trajeron la ventaja de la inmediatez y que con ello prácticamente desapareció la lógica de la primicia reservada para el periódico del día siguiente. “Hoy las noticias se conocen primero en internet y eso está bien”, agrega.
Lo que realmente le preocupa no es la velocidad, sino la falta de educación del consumidor de información. “Mucha gente se deja engañar por noticias falsas o por contenidos generados con inteligencia artificial”, advierte. Madre de un hijo adolescente, cuenta que siempre conversa con él sobre ese tema: le recomienda recurrir a medios con trayectoria y prestigio cuando quiera informarse. “Lo importante es aprender a distinguir cuáles son las fuentes confiables”, enfatiza.
Ante la pregunta de si la inteligencia artificial podría algún día reemplazar el trabajo de un periodista, la escritora responde con una reflexión que apela al contexto como herramienta fundamental para comprender el mundo.
Para Sabrina Duque, la crónica sigue siendo un espacio necesario frente a la velocidad informativa porque “obliga al lector a detenerse”. Es el momento en que uno puede comprender realmente lo que está ocurriendo. Por eso, sostiene, siguen existiendo publicaciones como The New Yorker y tantas revistas dedicadas a la no ficción: siempre habrá lectores que quieran entender los procesos, las guerras, los conflictos, pero también las buenas noticias y las historias humanas con profundidad.
Sobre el periodismo de hoy, la escritora considera que lo fundamental es aprender a distinguir qué es cierto y qué no, y eso solo se consigue recurriendo a medios con credibilidad y trayectoria. Un titular puede informar lo que acaba de ocurrir, pero rara vez explica cómo se llegó hasta ese punto. “El contexto es lo que permite comprender los problemas, tomar decisiones y entender el mundo”, afirma. Necesitamos saber qué sucede en nuestro país, pero también mirar cómo otros países enfrentan desafíos similares; solo así podemos formar un criterio propio.
En cuanto a la inteligencia artificial, Duque cree que no debemos resistirnos a ella. Puede convertirse en un gran asistente de investigación, pero no en un periodista. Le sirve para procesar información o incluso describir una imagen, pero el enfoque, la mirada y la capacidad de decidir qué historia contar siguen siendo humanos. “Hay que aprender a usarla como un gran asistente”, dice.
Desde su experiencia de haber escrito sobre personajes de muchos países y vivido en distintos lugares del mundo, la cronista identifica una herida compartida entre los latinoamericanos: la gran dificultad para defender la memoria. “Olvidamos demasiado rápido. Y cuando olvidamos, terminamos repitiendo los mismos errores”, advierte, y lo ve reflejado en distintos países. Por eso reclama una política de memoria, una sociedad que eduque constantemente sobre su pasado para evitar volver a cometer los mismos errores.
Su trabajo de perfiles, con una investigación profunda, busca que el lector entienda el mundo que rodea a la persona retratada, no solo que lea sobre ella.
La emoción siempre aparece cuando se investiga durante tanto tiempo a un personaje; la diferencia está en cómo se trabaja con ella. Para mantener el rigor periodístico, la escritora aplica una regla muy sencilla: al escribir, intenta imaginar que un verificador de datos de The New Yorker revisará cada línea del texto. Esa imagen la obliga a preguntarse constantemente si lo que afirma puede comprobarse y si realmente aporta a la historia. Aunque encuentre escenas maravillosas o detalles muy bonitos, si no contribuyen al desarrollo del perfil, se quedan fuera.
Su método para construir perfiles parte de una convicción: no le interesa únicamente la persona, sino la idea que representa. Cada personaje es un pretexto para explorar un tema, y lo primero es investigar. Siempre empieza leyendo mucho alrededor de esa idea, con especial gusto por la historia, porque ayuda a entender los procesos y el presente. Conocer los antecedentes, la cultura y todo lo que ocurrió antes permite comprender mejor al protagonista.
Recién después comienza a acercarse a él. Habla con las personas que lo conocen, con quienes han trabajado a su lado y, por supuesto, con el propio protagonista. Poco a poco intenta descubrir cuál es la gracia de esa persona, qué la hace distinta y por qué vale la pena contar su historia.
Ese nivel de observación que se aprecia en el perfil de Vasco Pimentel: el oidor, donde describe con mucho detalle su sensibilidad frente a los ruidos, surgió de una experiencia directa. En esa época lo siguió durante bastante tiempo y compartían una amiga en común. Una noche fueron a cenar a un restaurante peruano y, durante toda la conversación, Pimentel habló de cuánto le molestaban ciertos ruidos. Al terminar, ella le ofreció llevarlo en su auto porque vivían relativamente cerca. Subió, encendió el carro y, automáticamente, comenzó a sonar la música; ella siempre manejaba escuchando música y cantando. Él reaccionó de inmediato: empezó a hacer gestos de desesperación y a intentar bajar el volumen. Parecía sufrir físicamente con ese ruido. Como ella había presenciado la escena, podía describirla tal como ocurrió. Ese tipo de detalles solo aparecen cuando acompañas a una persona y observas cómo se mueve en el mundo.
La crónica, sostiene Duque, obliga a hacer ese esfuerzo: nos invita a salir de nosotros mismos para mirar el mundo desde los ojos del otro. Por eso, ante la pregunta de qué sigue distinguiendo a un verdadero cronista en tiempos donde muchos creen que basta un celular para informar, la respuesta es clara: el tiempo y la mirada. Hay que estar presente, apagar el celular, tomar apuntes, conversar, escuchar y tratar de entender cómo la otra persona mira el mundo. Eso exige tiempo, pero también empatía. “Uno tiene que ser muy crítico con su propio texto. No basta con que algo sea interesante. Tiene que ser verdadero y, además, necesario”. Y ese ejercicio, añade, no solo debería practicarlo un periodista: “Deberíamos practicarlo todos”.
SOBRE LA AUTORA
Sabrina Duque es periodista y traductora ecuatoriana. Nació en 1979 en Guayaquil, Ecuador. En 2015 fue finalista del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo y en 2018 ganó la Beca Michael Jacobs de Crónica Viajera. Sus historias han sido traducidas al portugués, italiano e inglés. En 2017 publicó Lama y en 2019 VolcáNica, crónicas escritas en Nicaragua. También en 2018 publicó la traducción al español de El Alienista, del escritor brasileño Machado de Assis.
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