Durante años, las orcas han sido consideradas los depredadores supremos del océano, con una capacidad para cazar en grupo y adaptarse a distintos entornos marinos que les permite alimentarse de peces, focas e incluso tiburones blancos. Sin embargo, una especie mucho menos imponente en tamaño ha puesto en duda esa imagen de dominio absoluto: el calderón de aleta larga (Globicephala melas), un cetáceo cuya sola presencia suele bastar para que las orcas abandonen la zona.

Este comportamiento ha llamado la atención de la comunidad científica desde hace más de una década. Las primeras pistas surgieron en 2012, cuando un equipo encabezado por la bióloga marina Charlotte Curé comprobó que los calderones de aleta larga acudían hacia los sonidos emitidos por las orcas. Poco después, en 2014, otro grupo liderado por el científico marino Renaud de Stephanis, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, revisó todos los encuentros documentados entre ambas especies desde 2004 y encontró un patrón inesperado: cada vez que aparecían los calderones, las orcas optaban por retirarse.

Diversas observaciones realizadas entre 2004 y 2026, junto con un experimento publicado en enero de 2026 en la revista Scientific Reports, confirmaron que las orcas reaccionan de forma inmediata cuando escuchan las vocalizaciones de los calderones. Aunque la respuesta resulta evidente, los investigadores todavía desconocen qué provoca esta llamativa conducta de evitación.

Una investigación revela que el chillido de otro mamífero puede ahuyentar a las orcas. Foto: WeWhale a ballena piloto de aleta larga es una especie de delfín. Foto: iNaturalist

a ballena piloto de aleta larga es una especie de delfín. Foto: iNaturalist

La bióloga marina Anna Selbmann y su equipo analizaron registros recopilados entre 2007 y 2020 en seis regiones de Islandia, tanto de plataformas de investigación como de embarcaciones de avistamiento de ballenas. En ese lapso identificaron 24 encuentros entre calderones de aleta larga y orcas. En el 68% de esos casos, las orcas optaron por abandonar el área antes de que llegaran los calderones, evitando así el contacto. En otro 28%, se produjeron rápidas persecuciones en las que ambos grupos alcanzaron velocidades de hasta 13,5 nudos, unos 25 kilómetros por hora.

El hallazgo resultó sorprendente porque no había una explicación ecológica evidente. Los investigadores comprobaron que ambas especies no compiten por el mismo alimento ni suelen atacarse entre sí. Además, el calderón de aleta larga es considerablemente más pequeño que una orca, por lo que en principio no representa un rival capaz de ponerla en peligro. Aun así, la respuesta de las orcas se repitió con la frecuencia suficiente como para despertar un creciente interés científico.

El experimento que confirmó que las vocalizaciones bastan para alejarlas

Para determinar si las orcas reaccionaban a la presencia física de los calderones o únicamente a sus sonidos, el equipo reprodujo grabaciones de vocalizaciones de calderones a ejemplares de orcas equipados con dispositivos de seguimiento. La respuesta fue inmediata: los animales modificaron la formación del grupo, cambiaron su comportamiento vocal, dieron media vuelta y aumentaron la velocidad de desplazamiento. Según los autores, las señales acústicas por sí solas resultaron suficientes para desencadenar una clara respuesta aversiva.

Aunque los científicos han acumulado observaciones durante más de dos décadas, todavía no encuentran una respuesta definitiva para este comportamiento. Lo más llamativo del fenómeno, según señalaron los investigadores en el estudio, es que nunca se han documentado ataques físicos directos de calderones contra orcas, pese a la gran cantidad de encuentros registrados. Esa ausencia de enfrentamientos lo convierte en uno de los casos más sorprendentes entre los grandes cetáceos.

La hipótesis principal sostiene que los calderones emplean una estrategia conocida como mobbing, un comportamiento colectivo en el que varios animales acosan a un posible depredador hasta obligarlo a retirarse. Esta conducta, habitual en algunas aves, explicaría por qué las orcas prefieren evitar el conflicto antes que soportar el hostigamiento de un grupo numeroso. No obstante, los científicos barajan otras explicaciones, como la competencia por recursos o la protección de las crías, de modo que el origen de esta peculiar relación sigue abierto a nuevas investigaciones. El misterio permanece vigente mientras la comunidad científica continúa explorando qué lleva a estos cetáceos a imponerse ante uno de los depredadores más temidos del océano.

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