El exprocurador Julio Arbizu debuta como narrador con Negro, contra el desprecio (Reservoir Books, 2026), un conjunto de relatos en los que cuenta cómo ha vivido en carne propia la discriminación, a lo largo de los años. En esta entrevista habla de esta nueva experiencia y de la posibilidad de llegar a una reconciliación nacional como promete el gobierno de Keiko Fujimori.
Como en el cuento clásico, cada cierto tiempo el niño Julio Arbizu se paraba frente al espejo para hacer preguntas. Mientras miraba sus pómulos pronunciados o su nariz ancha, las iba lanzando una tras otra. ¿Por qué los insultos de los que debía defenderse a puñetazos? ¿Y por qué no ocupaba un lugar central en las fotos del colegio, sino en esos bordes que se difuminan con el paso del tiempo? ¿Por qué le lanzaban esas miradas llenas de desconfianza? Con los años obtuvo las respuestas que pedía, cuando entendió que en este país el racismo es cotidiano y el color de la piel puede determinar nuestro lugar en la escala social. Hoy, con Negro, contra el desprecio, su primer libro, el exprocurador da testimonio de cómo se vive en carne propia la discriminación. La publicación es una invitación y un artefacto, un vidrio que refleja nuestras taras y prejuicios.
En la entrevista, Arbizu reconoce sin rodeos que él también ha discriminado. “Es una muy buena pregunta. Es una pregunta que de alguna manera puede explicar el libro, porque lo que creo es que existe en este país un sistema organizado de tal manera que nadie esté libre de mirar al otro con una mirada despectiva. Y de hecho, en varios de los relatos, yo revelo que soy parte de ese sistema, de esa organización social. Pero, además, hay una especie de mirada desde abajo que hace que muchos no se perciban discriminados. Y, frente a esa no percepción, lo que hacen es mirar hacia abajo a otras personas como ellos, que es esto que Paulo Freire llamaba el opresor oprimido. Y entonces, la respuesta a la pregunta es sí, claro que sí”, responde cuando se le pregunta si en algún momento de su vida también ha discriminado, una cuestión que, según dice, puede explicar el sentido del libro.
Uno de los episodios que más llaman la atención en el libro es el de Marisol Espinosa, en el que Arbizu confiesa que estuvo a punto de ningunear a la comunicadora por su procedencia y formación. En ese momento de indignación, cuando lo estaban echando de la Bancada Nacionalista, casi llega a decir que siempre será mejor un abogado limeño que una comunicadora piurana. “Absolutamente. Y, de hecho, el libro lo he sometido a la crítica previa de mucha gente, a la lectura de muchos amigos, de gente que me rodea, algunos con mucha más experiencia en el quehacer literario. Y varios me dijeron: Mira, este episodio deberías ver si lo dejas o lo retiras”, cuenta. Pese a que le sugirieron que lo saque, optó por dejarlo y por dejar otras escenas en las que deja evidencia de que es parte del sistema, de esa organización y de esa educación sentimental. Por eso, dice, el libro puede ser leído por todos para encontrarse en él como un espejo.
La colaboración de Arbizu con el nacionalismo también es materia de reflexión en la conversación. Recibió el encargo de redactar el informe sobre lo que ocurrió en El Baguazo, una tragedia por donde se mire: 23 policías y 10 indígenas muertos. Su lectura es que el desenlace pudo ser otro si estos peruanos hubieran tenido manera de comunicarse, de entenderse. “Una de las formas probablemente más brutales y más perniciosas de discriminar, de mirar en menos a ciertos peruanos, es impedirles la agencia y la capacidad de comunicar sus demandas, sus pareceres, sus ideas sobre la patria. Desde el ejercicio del poder, son unos cuantos quienes lo detentan y pueden desde allí nombrar lo que es bello, lo que es aceptable, lo que puede ser bien recibido en ámbitos de políticas públicas. Los demás, digamos, se deben remitir al ejercicio pasivo de seguir esas reglas”, explica.
Cuando se le pregunta si esos “demás” suenan a veces a los que están lejos de Lima, Arbizu precisa que sí, en gran medida, pero no solo: “Sí, en gran medida los que están lejos de Lima, pero también en Lima, que es una ciudad mestiza, donde operan formas de ejercer el poder desde un discurso supremacista que a veces duele muchísimo”.
Para el abogado, esa desproporción en el valor que se le otorga a las víctimas tiene una explicación concreta. Mientras que en Chile los muertos y desaparecidos de la dictadura eran “básicamente gente de clase media, instruidos, con padres profesionales que habían optado por una mirada política”, en el Perú la mayoría de las víctimas del fuego cruzado entre el Ejército y los grupos subversivos eran campesinos, muchos de ellos sin DNI. “Quechuahablantes y pobres”, precisa el entrevistador, a lo que Arbizu responde: “Sí, vulnerables en todos los sentidos de la palabra. Entonces, siempre es un ejercicio de discriminación el hacer esa distinción entre víctimas”.
Esa reflexión lo lleva a conectar con episodios más recientes. Cuando se le pregunta si la falta de justicia para las víctimas inocentes del Baguazo, las del fuego cruzado durante la lucha contra Sendero Luminoso o las de las protestas contra Dina Boluarte constituye una forma de discriminación, Arbizu responde de manera tajante: “Absolutamente”. Para él, todo tiene que ver con “la mirada del valor de una víctima”. En ese sentido, recuerda que durante un posgrado en Derechos Humanos y Procesos de Democratización en Chile, alguien le hizo un paralelo entre los muertos de la dictadura chilena y los del conflicto armado interno peruano. “En Chile pensábamos que los muertos eran 20.000 y resultaron siendo 5.000. Bueno, en Perú pensábamos que los muertos eran 20.000 y resultaron siendo 70.000”, relata.
La omisión de las víctimas de las protestas de 2022-2023 en el mensaje a la Nación de Keiko Fujimori no le genera ninguna sorpresa. “No, ninguna sorpresa, porque en verdad yo diría que las víctimas del gobierno de Dina Boluarte y de Jerí son producto del ejercicio de poder de un fujimorismo que se ha permitido la colaboración de otros grupos políticos muy afines”, sostiene. Y agrega que si la lideresa de Fuerza Popular se refiriera a ese tema, “tendría que hacer una autocrítica y creo que está lejos de hacerla en cualquier sentido”.
Sobre la carta de la reconciliación que esgrime Fujimori, Arbizu es contundente: “Yo creo que ese discurso de reconciliación es falso”. Para él, “solamente puede haber una reconciliación en este país en tanto se mire esto que yo trato de hacer evidente en el libro, un trato distinto entre peruanos”. Y advierte: “Mientras no se miren estas cosas, que suceden todo el tiempo, creo que está muy lejos la posibilidad de cualquier tipo de reconciliación”.
La conversación deriva luego hacia el episodio del gobierno de Ollanta Humala, cuando una fuerte presión buscó sacarlo del Ministerio de Justicia por un comentario ácido contra Juan Luis Cipriani. “No, yo creo que eso fue básicamente solidaridad de clase”, responde Arbizu al ser consultado si se trató de una represalia política o un acto de discriminación. Explica que para esa élite, él no puede tener un comentario ácido respecto de Cipriani, pero si lo hacía cualquiera de ellos por diferencias con el cardenal, “no pasaba nada”. “Y creo que eso es muy sintomático de lo que está pasando a nivel político”, añade.
Arbizu profundiza en esa lógica de los círculos de poder, que “adquieren más poder todavía por la pigmentación de la piel”. Allí, dice, “no se perdona a algunos que salen de allí para tener un discurso de ruptura, un discurso disidente”. Pone como ejemplo a la congresista Sigrid Bazán: “A Sigrid Bazán, por ejemplo, le reclaman mucho más que a cualquiera de las figuras del progresismo o de la izquierda limeña. Ven en ella una traición a su clase, una traición a la tradición”.
Cuando le preguntan si hubiera vivido menos actos de discriminación sin su preocupación social o su cercanía con el progresismo y la izquierda, Arbizu duda: “No lo sé”. Pero reconoce que ha pensado en eso. “Si yo no fuera el respondón que soy, si no tuviera la capacidad de ironizar que tengo a veces, si no tuviera una militancia política, aunque no partidaria, probablemente sería presa del escarnio mucho más soterrado, escondido, pero igualmente pernicioso, nocivo”, reflexiona.
El entrevistador le hace notar que, aunque lo han discriminado, nunca se ha quedado callado, al menos en la edad adulta. Arbizu asiente y explica que por eso el libro está hecho “como una secuencia cronológica, un crecimiento desde la edad más infantil, pasando por la juventud hasta la actualidad”. Reconoce que sí ha habido un cambio en ese tiempo: “Por lo menos ahora puedo nombrar lo que pasaba, puedo decirlo. Antes no tenía ni siquiera idea, no tenía con qué confrontarme, con qué compararme, con qué comparar mi situación, y no tenía las herramientas que tengo ahora”.
Con “absoluta honestidad”, Arbizu también hace una confesión: “Yo he sido desde muy pequeño un privilegiado. O sea, yo estudié en un colegio privado, yo estudié en la Católica, no soy alguien que haya sido vulnerable desde la cuna. Mis padres son dos profesionales que me dieron la oportunidad de estudiar una carrera en una de las mejores universidades del país”. Y cierra esa idea señalando que hay una mirada que tiene que ver con descubrir que se puede utilizar esa formación “para combatir este tipo de situaciones”.
La discriminación no es un fenómeno exclusivo del derecho, sino “un espacio más de la sociedad”, aunque Arbizu percibe que en la profesión existe “una élite que es difícil de integrar”. Esa élite, explica, “tiene que ver ya no solamente con el color, sino con el mayor nivel socioeconómico, y en muchos casos también con el patrocinio de causas bastante cuestionables”. Desde esa posición, “se mira hacia abajo”, y en la base de esa pirámide están quienes defienden a las personas más vulnerables. Por eso, cuando se le pregunta si a los abogados de derechos humanos se les ve como menos importantes, responde sin titubeos: “Sí, en muchos casos sí. Quienes han escogido defender derechos humanos casi con exclusividad, fuera del ejercicio en defensa de lo corporativo, sí son mirados en menos, por supuesto que sí”.
Arbizu admite que él mismo pensaba que el espacio de la OEA estaba “desprovisto absolutamente” de ese tipo de comportamientos, pero su llegada a Honduras le demostró lo contrario. No solo se topó con expresiones racistas de sus colegas, sino que descubrió que el secretario general de la OEA había enviado a personas de su círculo más íntimo “a ejercer puestos para los cuales no estaban preparados”. Esas personas, señala, llegaron a un país pobre y vulnerable dentro del contexto regional, y fueron las primeras en referirse a los ciudadanos que debían defender “como personas de menor valía”. La situación era tan grave que, efectivamente, “los llamaban negros”.
La conversación deriva luego hacia la izquierda y la discriminación dentro de ese espacio político. Arbizu, que ha postulado por Juntos por el Perú y se reconoce como un hombre de izquierda, sostiene que “nadie escapa de una organización configurada de tal manera que arriba te miran con desconfianza y abajo miras al costado también con desconfianza para poder salvarte”. En su libro, cuenta, habla de un “salvoconducto” que le ha permitido evadir esa “especie de gravedad que te empuja hacia abajo y que es invisible”: su formación, su paso por la universidad y, ocasionalmente, el ejercicio de la función pública. Pero advierte que hay otras formas de salvoconducto “mucho más perniciosas”, como esa mirada al costado para distinguirse y decir: “Sí probablemente yo tengo el mismo color que tú, pero yo no me veo tan sucio. Yo tengo tu color sí, pero yo soy ordenado, yo no hablo con palabrotas”.
Esa reflexión lo lleva a revelar que su libro estuvo a punto de llamarse “Negro de mierda” y terminó siendo Negro. La decisión se tomó en la evaluación con la editorial, donde se discutió “cómo defender el título para que esté en las librerías, mostrado al público, o cómo hacer para que se lea en los colegios”. En esta sociedad limeña, “pacata, conservadora, absurda”, concluye, “las palabras también son una manera de distinción”.
Cuando se le pregunta qué siente al escuchar a Keiko Fujimori decir que será implacable contra la corrupción, Arbizu responde que la lideresa de Fuerza Popular sabe perfectamente que la corrupción es uno de los lastres que el ciudadano peruano percibe como más problemáticos, y por eso entiende que hay que hablar del tema. Pero, cuestiona, “¿cómo puede hablar de la corrupción con 15 de sus ministros procesados o investigados por corrupción?”. También se pregunta cómo puede hacerlo “respaldando el gobierno del padre, que fue probablemente el más corrupto de todos los gobiernos de la historia republicana del país”, y cómo puede hacerlo “habiendo respaldado el ejercicio del poder desde un Parlamento que era básicamente una confluencia de organizaciones criminales, todas ellas valiéndose de la corrupción para obtener réditos”. A la señora Fujimori, dice, “le podría dar el beneficio de la duda siempre y cuando demuestre que puede desconocer todo eso que ha dicho y que ha hecho en el último tiempo, pero eso es absolutamente una utopía”.
“Lo lees y se me vuelve a remover todo. Creo que mi hija entendió muchísimo antes que yo esto que me ha costado 15 años de psicoanálisis y la escritura de estas 15 historias, que me han dolido, porque el proceso de escribirlas y de soltarlas no ha sido fácil”, confiesa Arbizu al referirse al texto que su hija Gabriela escribió a los 16 años y que él incluye en su libro. Ese post de Facebook, que el propio Arbizu califica como valioso y conmovedor, contiene una frase que hoy resuena con fuerza: “Llevo mis raíces tatuadas en la cara y eso me llena de orgullo”.
Hoy Gabriela tiene 21 años y estudia derecho en Chile. “Le ha añadido a esa perspicacia de entonces una formación de abogada”, señala el abogado, quien considera que las nuevas generaciones miran el tema de la discriminación “con una perspectiva más interesante, desprovista de la mirada que hace que esto se siga repitiendo”.
Antes de llegar a ese punto, Arbizu había precisado que su hija fue de las primeras en leer el manuscrito y en enterarse de que su texto formaría parte del volumen. Sobre la expresión que da título a su obra, el entrevistado aclara que “a favor del título que no fue, habría que decir que era en realidad un gran llamado de atención, porque esa es la expresión real que se usa: negro de mierda o cholo de mierda”. Y al ser consultado sobre cuál de las dos variantes es la más frecuente, responde sin dudar: “Sí, yo creo que es más negro de mierda. Ahí está incluido el cholo de mierda, el marrón de mierda. Tú sales a Argentina, a Chile, y ahí no te van a decir marrón o cholo, te van a decir negro o cabeza negra, de frente”.
La conversación deriva hacia la discriminación dentro de las fuerzas progresistas. Arbizu recuerda una conversación con Verónika Mendoza, quien le confesaba que “no podía usar la palabra discriminación, pero sí reconocía que cuando ella entró al nacionalismo, donde hubo una fusión de la izquierda tradicional con fuerzas regionales, ella sintió una distancia entre limeños y provincianos, y que lo que veía desde sus pares limeños era la exhibición de una especie de superioridad intelectual, que se la enrostraban a los que venían de otras procedencias”.
Para Arbizu, esa realidad “es muy evidente en la izquierda y en otros espacios, pero es en la izquierda donde no debería pasar”. Sostiene que uno pensaría que en esos espacios estas cosas no ocurren, “y sin embargo pasan, probablemente ocurren muchísimo menos que en otros espacios, pero están allí”. A veces, añade, “se esconden en lo regional, pero también hay un componente no solamente de clase o de formación, sino del color de la piel”.
Consultado sobre los mensajes contradictorios que recibió en su infancia, Arbizu responde que no le reprocha nada a su familia y pide tener en cuenta “la idea de la corrección amorosa”. Menciona el caso de su abuela materna, “que me mira y desde su alzhéimer se sorprende de que yo sea su nieto siendo negro”, y el de su madre, “que trata de corregirme el pelo, no porque entienda que está mal, sino porque trata de protegerme”. Son situaciones, explica, “que tienen que ver con los tiempos y en el caso de mi abuela con una configuración social específica”.
Finalmente, al preguntársele si él, como padre, cometió algunos de esos errores tratando de proteger a su familia, Arbizu admite: “Es probable. Y es probable que esta pregunta que me haces sea materia de otras sesiones de psicoanálisis (sonríe)”.
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