Quienes seguimos aquí tenemos un privilegio que solemos olvidar: todavía contamos con “tiempo”. Tiempo para equivocarnos y corregir el rumbo, para aprender, pedir perdón, reconciliarnos y descubrir capacidades que permanecían dormidas. La vida, sin embargo, nos recuerda de forma extraña que nunca se detiene: mientras en algún lugar alguien nace, en otro alguien se despide. La alegría y el dolor no se turnan; conviven. Frente a esa finitud, el verdadero desafío tal vez no sea vivir más años, sino vivir mejor.
Con demasiada frecuencia desperdiciamos ese regalo. Invertimos horas en el resentimiento, en el juicio hacia los errores ajenos, en comparaciones estériles o en conflictos que, vistos desde la perspectiva de la finitud, pierden toda importancia. Nos ocupamos tanto de observar la vida de otros que dejamos de construir la propia. El valor de una existencia no suele medirse por lo que acumula, sino por la huella que deja en los demás. Por eso, conviene preguntarnos cuáles son los dones que recibimos al nacer y de qué manera pueden ayudar a aliviar una carga, abrir una puerta, inspirar una esperanza o mejorar la vida de quienes nos rodean.
Allí aparece una idea que merece nuestra reflexión: el arte de encajar. No se trata de encajar para parecernos a todos, ni de renunciar a nuestra esencia para ser aceptados. Se trata de encontrar el lugar exacto donde nuestros talentos sean apreciados, donde nuestras fortalezas encuentren un propósito y donde nuestra presencia aporte algo que nadie más pueda ofrecer. Cada persona ocupa un espacio irrepetible. Cuando descubrimos ese lugar y actuamos con autenticidad, dejamos de competir y empezamos a contribuir. Dejamos de preguntarnos qué nos falta y comenzamos a preguntarnos qué podemos ofrecer.
Quizá por eso la mejor manera de honrar la vida no sea contar los días, sino llenar los días, como advirtió Séneca siglos atrás: “No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.” La simultaneidad de la vida y la muerte debería enseñarnos una lección de humildad y de urgencia: humildad, porque comprendemos que todos compartimos el mismo destino; urgencia, porque ignoramos cuánto tiempo nos queda para hacer aquello que realmente importa. Esa simple realidad nos recuerda que todavía tenemos la posibilidad de elegir: amar antes que odiar, construir antes que criticar, aprender antes que juzgar, servir antes que acumular. Y, sobre todo, descubrir el lugar único desde el cual podemos hacer del mundo un lugar… un poco mejor.
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