Un explosivo informe del diario británico The Times destapó el plan que estremeció al fútbol mundial: Gianni Infantino, presidente de la FIFA, pretendió vender una participación de los torneos a un grupo empresarial neoyorquino vinculado directamente a la familia del mandatario estadounidense Donald Trump. El activo en cuestión era el más sagrado del balompié: la Copa del Mundo.
La reacción no se hizo esperar. Un frente común liderado por la UEFA, los clubes de Europa y confederaciones aliadas plantó cara al jerarca suizo y desató un boicot que forzó a la FIFA a capitular y retirar el proyecto de inmediato. La propuesta, que también contemplaba jugar mundiales cada dos años y con más de 60 equipos, fue calificada por el órgano presidido por Alexander Ceferin como una línea que "las instituciones que regulan el fútbol nunca deberían cruzar".
"La UEFA se lo toma muy en serio. Lo mismo deberían hacer todas las federaciones nacionales, ligas, clubes, jugadores, aficionados y gobiernos a quienes les preocupe el futuro de este deporte", señaló la entidad europea, en cuyo comité ejecutivo estuvo Javier Tebas, presidente de La Liga española. La codicia institucional, disfrazada de "evolución democrática", se topó así con un muro infranqueable.
El fútbol se encontró ante una transformación estructural sin precedentes y la tormenta política y deportiva desatada por Infantino tuvo dimensiones globales. Las ligas europeas se unieron a la UEFA y le dieron la espalda al presidente de la FIFA, dejando en claro que el fútbol no se vende. Al menos, no todavía.
El fondo elegido para capitanear esa privatización fue Thrive Eternal, un vehículo de inversión de larga duración dirigido por Joshua Kushner, hermano menor de Jared Kushner, yerno de Donald Trump y figura clave de la Casa Blanca. La elección encendió de inmediato las alarmas geopolíticas, según la investigación publicada por The Times, que destapó una elaborada ingeniería financiera montada a espaldas de la comunidad futbolística internacional.
El plan de Gianni Infantino consistía en dividir todas las operaciones comerciales, derechos de transmisión y gestión de eventos de la Copa del Mundo masculina y femenina en una nueva empresa filial llamada FIFA Forward Enterprise (FFE). Esa macroestructura nació tasada en 20.000 millones de dólares, y el objetivo de Zúrich era colocar el 20% de sus acciones entre inversores privados a cambio de una inyección inmediata de 4.000 millones de dólares.
La cercanía entre Infantino y Trump —acentuada durante la reciente Copa del Mundo masculina— sumó un nuevo capítulo de sospechas éticas. Los hilos del poder entre bambalinas eran demasiado evidentes. El informe de The Times filtró además que este movimiento le garantizaría a Infantino un puesto permanente como director de la nueva filial una vez culminado su mandato presidencial en 2031, con un salario cercano a los 64 millones de dólares anuales, cifra similar a la que percibe el comisionado de la NFL, Roger Goodell.
Destruir el calendario: Mundiales cada dos años y con 64 equipos
Para convencer a Wall Street de inyectar miles de millones de dólares en el fútbol, Infantino necesitaba ofrecer un producto hipercomercializado. La moderación deportiva quedó descartada en el borrador técnico de la FIFA. Para inflar el valor de la nueva empresa, el plan requería saturar los calendarios internacionales mediante reformas radicales.
- Mundiales de 64 selecciones: Expandir el torneo a partir de la edición de 2030 para incluir más partidos comerciales.
- Copas del Mundo bienales: Resucitar el extinto proyecto de jugar el Mundial cada dos años en lugar de cuatro.
- Mundial de Clubes permanente: Modificar los torneos de clubes para asegurar transmisiones continuas año tras año.
Con la mira puesta en el 19 de septiembre, Infantino quiso forzar una aprobación exprés para asegurar el control de los votos de las 211 federaciones miembro de la FIFA. La maniobra fue calificada por sus críticos como un "intento de soborno institucionalizado": las federaciones que respaldaran la privatización duplicarían sus subvenciones hasta los 40 millones de dólares, mientras que las disidentes recibirían solo 20 millones. Sin embargo, la resistencia llegó desde Europa: en una cumbre de emergencia virtual, las 55 federaciones de la UEFA votaron por unanimidad contra el mandatario suizo. El comunicado del organismo liderado por Aleksander Ceferin fue contundente: "Ninguno de nosotros es dueño del fútbol. No es propiedad de la FIFA para venderlo".
De haberse concretado el plan, potencias como España, Francia, Alemania e Inglaterra se retirarían de la Copa del Mundo de 2030 —frenando en seco el torneo en España, Portugal y Marruecos— y también del Mundial Femenino de Brasil de 2027. La propuesta privatizadora incluía, además, tres ejes centrales: expandir el Mundial a 64 selecciones desde 2030 para sumar más partidos comerciales, resucitar el proyecto de jugar la Copa del Mundo cada dos años en lugar de cuatro, y modificar los torneos de clubes para garantizar transmisiones continuas durante todo el año.
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