La tecnología y los canales de streaming permiten que este Búho regrese una y otra vez a las series y películas que quedaron grabadas en su mente. Hace un tiempo, un reportaje dominical mostró a un recluso condenado a cadena perpetua en Piedras Gordas que contaba con señal de internet de alta velocidad y modernos smartphones, herramientas con las que extorsionaba a empresarios de Lima Norte. Increíble.

No es secreto que desde varios penales se ordenan asesinatos, se trafica con drogas y se extorsiona a la gente honrada que se sacrifica día a día por sus familias. Ahora que se habla de corrupción incluso en Challapalca, este Búho volvió a engancharse en Netflix con ‘El marginal’, la producción argentina creada por Sebastián Ortega y Adrián Caetano.

La historia es cruda y claustrofóbica, con escenarios reducidos al extremo: la principal y única locación es una cárcel. Pero curiosamente, el héroe o antihéroe no busca evadirse del presidio. Todo lo contrario.

El protagonista, Miguel Di Marco, ‘Pastor’ (excelente Juan Minujín), es un expolicía que al inicio se ve involucrado en un doble asesinato. Despierta con los cadáveres a su costado y una voz siniestra en el celular le advierte que está fregado, que la Policía lo tiene rodeado y que irá derechito a prisión. Allí debe averiguar quién secuestró a la hija del influyente juez Cayetano Lunati. Si cumple su objetivo saldrá libre y sin cargos; de lo contrario, se quedará preso de por vida.

La historia de ‘Pastor’ en el penal toma un giro inesperado cuando descubre que Borges, el narcotraficante que controla el presidio, es el responsable del secuestro de la hija quinceañera del juez Lunati. Lo más sorprendente: mantiene a la muchacha encerrada en una celda de la misma prisión. El secuestro jamás fue denunciado a la Policía, y la razón deja helado a ‘Pastor’. Años atrás, el magistrado corrupto mandó encerrar a Borges, quien enviaba toneladas de cocaína líquida a Europa, y en esa oportunidad se quedó con tres millones y medio de dólares del poderoso narco. ‘Me la estoy cobrando, ese hijo de p... es tan angurriento que no quiere soltar la guita ni porque tengo a su hijita menor. Se la voy a enviar en una caja envuelta en papel de regalo’, amenaza Borges.

El penal donde transcurre la trama mezcla Lurigancho y Sarita Colonia. ‘Pastor’ es derivado a ‘La Villa’, una azotea donde viven los presos marginales, una especie de ‘pampa’ de ‘Luri’. Allí arma su mancha con un frustrado actor de teatro, un gay chibolo que se hace llamar ‘Fiorella’ y un enano asesino conocido como ‘El Niño’. En los pabellones, Borges ordena quién vive y quién muere, y trata al director del penal, ‘Antín’, como si fuera su empleado. Tanta es su confianza que usa el venusterio no para tener sexo con su esposa, sino con la voluptuosa rubia Lucrecia, la secretaria del director.

Borges no batutea el penal solo: lo hace con su hermano menor ‘Diosito’, un cocainómano que le agarra camote a ‘Pastor’ y a quien eleva a la categoría de ‘taita’ de los reclusos de ‘La Villa’, en lugar del abusivo gordo ‘Morcilla’.

Apago el televisor. En ‘El marginal’, la cárcel está en un mundo aparte: no existen autoridades y parece que hubiera sido grabada en el Perú. Pero no todo es corrupción, maldad y sadismo en el penal. Como siempre, hay un ángel en ese infierno, encarnado en la psicóloga Emma Molinari (Martina Gusmán), quien trata de cumplir su misión con honestidad e impedir que el hermanito de Borges tenga semilibertad, aunque por eso recibe amenazas de muerte.

Las prisiones argentinas no se diferencian de las peruanas. Tal vez, en otros tiempos, había en Lurigancho alcaides como ‘Antín’, que cuando se entera de que la hija del juez está en su prisión, se lleva a pasear en su carro a Borges para pedirle explicaciones. ‘Che, me vas a joder. ¿Y dónde está el preso que tú me pediste que salga a la calle por un encargo?’. ‘Y, che, murió en el secuestro’, le dice tranquilamente Borges. El alcaide reflexiona: ‘¿Y ahora qué le digo a la esposa? ¿Habrá que traer a un preso de reemplazo?’. Termina prestándole su casa de campo para que trasladen a la secuestrada y sentencia: ‘¡Y ya no me armes más quilombo!’.

Leer artículo completo en trome.com →