Los jets privados que utilizan millonarios y famosos se han convertido en el blanco de los defensores del clima por su altísimo nivel de contaminación. Sin embargo, cualquier intento de regular su uso choca con un obstáculo mayúsculo: la ausencia de una legislación europea al respecto.
El mercado, además, está en pleno auge. Según Eurocontrol, el organismo que vigila el tráfico aéreo, la actividad de los aviones de negocios creció un 16% en los últimos tres años y ya supera los niveles previos a la pandemia. Este repunte se explica, en parte, por la caída de las conexiones aéreas tradicionales y por el temor a contagiarse en vuelos comerciales.
Las cifras son elocuentes. En Francia, uno de cada diez despegues corresponde a un avión privado, y la mitad de esos trayectos no supera los 500 kilómetros, de acuerdo con Transport & Environment, una coalición de oenegés europeas del sector.
No obstante, los especialistas piden matices. La Dirección General de la Aviación Civil francesa (DGAC) advierte que un avión pequeño no es necesariamente un jet privado, lo que dificulta obtener estadísticas concluyentes. En esa línea, Bertrand d’Yvoire, presidente de la sección francesa de la organización europea de aviación de negocios EBAA, recuerda que el 80% de estos vuelos responde a motivos profesionales —dirigentes, ingenieros, técnicos, comerciales— y que más del 10% corresponde a evacuaciones sanitarias y vuelos de Estado.
Un jet privado puede emitir en cinco horas la misma cantidad de CO2 que un francés promedio genera en todo un año, de acuerdo con un estudio de Transport & Environment publicado en mayo de 2021. La investigación también precisa que estas aeronaves resultan entre 5 y 14 veces más contaminantes que los aviones comerciales, y que entre 2005 y 2019 las emisiones de los jets privados en Europa crecieron un 31%.
El propio informe reconoce que, si bien la aviación privada representa apenas un 2% de las emisiones del sector, “es justo decir que las emisiones de la aviación privada representan una parte relativamente pequeña de la aviación (en torno a un 2%) pero en un momento en que todas las emisiones humanas deberían disminuir (y rápidamente), no se está enviando una buena señal”.
Mientras tanto, los desplazamientos de millonarios y celebridades son cada vez más observados. A ambos lados del Atlántico, internautas siguen de cerca los vuelos de los jets de ricos y famosos. Un ejemplo es la cuenta “I Fly Bernard”, inspirada en el director del grupo de lujo francés LVMH, Bernard Arnault, que rastrea los trayectos de los aviones de los multimillonarios franceses.
Su creador, un ingeniero aeronáutico anónimo, documentó que el avión del grupo Bolloré realizó el 19 de agosto el recorrido París-Toulon, Toulon-Corfú y Corfú-París, lo que representó “22 toneladas de CO2 en un día, el equivalente a 10 años de uso medio de un coche en Francia”. Pese a la magnitud de estas cifras, los jets privados representan menos del 10% de la actividad del sector, según las estimaciones citadas.
La aviación de negocios, por ahora, queda fuera del sistema de cuotas europeo, aunque los jets podrían ser gravados por su alta contaminación. No obstante, alcanzar un acuerdo en Bruselas podría tomar bastante tiempo.
Mientras tanto, las críticas a estos viajes se intensifican. En Francia, por ejemplo, los vuelos comerciales ya están prohibidos cuando el destino está a menos de dos horas y media en tren, y tanto activistas climáticos como algunos políticos exigen una medida similar para los jets privados.
“No se trata de prohibir totalmente los vuelos, pero es necesario que los más ricos hagan un esfuerzo de sobriedad”, considera Béatrice Jarrige, del think-tank contra el cambio climático The Shift Project. En esa línea, las oenegés proponen gravar el combustible de aviación, al que consideran demasiado barato.
William Todts, director ejecutivo de Transport & Environment, plantea que los propietarios deberían exigir, como mínimo, que sus aviones usen biocarburantes en lugar de queroseno, lo que impulsaría a los fabricantes a desarrollar esas tecnologías. El sector ya las considera “clave”: en septiembre de 2021, la aviación de negocios las definió como esenciales para alcanzar la neutralidad de carbono fijada para 2050.
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