En Lima, octubre ya no necesita calendario para anunciar las elecciones municipales: los paneles en cada esquina repiten “Porky vuelve”. La consigna, instalada en la ciudad, confirma que la contienda está ad portas. Pero el detalle, digno de un caso para Ripley, es que Porky no aspira a la alcaldía, sino a una regiduría, escoltando al candidato Luis Rubio. Volveré a eso al final; antes, repasemos el tablero, de más a menos.
Las encuestas colocan a Carlos Bruce, alias Techito, al frente. Es un alcalde exitoso en Surco, aunque con cuestionamientos personales, y sus bastiones no llegan al 15% del padrón necesario. Ahí aparece Samuel Daza, de Fuerza Popular, ingeniero, que crece en la Lima que realmente decide los comicios: la de los conos y los barrios populares. Su activo es escaso en la política criolla: canta, y no lo hace mal. En un escenario donde la emoción pesa más que el plan de gobierno, ese carisma rinde más que cien promesas.
Luego sigue Francis Allison, con buena gestión en Magdalena, aunque a mal árbol se arrima: carga con el peso muerto de Avanza País, reducida a su mínima expresión, como evidenció el general Williams al quedar por la pata de los caballos.
La prisión le cambió el temperamento a Daniel Urresti, aunque conserva algo de espacio en las encuestas. Regresa tras perder en 2021 por un margen estrecho frente a López Aliaga, cuando la sombra de la cárcel le costó la victoria. Los demás, sencillamente, no existen. Y reaparece también Alberto Tejada —alcalde de San Borja, médico y popular árbitro de cuando en el Perú se jugaba al fútbol— de la mano de Acción Popular, con idéntico problema: el partido amenaza con hundirlo.
Y ahora sí, Porky. Mi pronóstico —pese a los incautos que, contra toda evidencia, insistirán en creerle— es que vuelve pidiendo el voto para otro que ya tiene fecha de vencimiento: se comenta que el talentoso Mr. Rubio renunciaría para cederle el trono. Transparencia no le falta a la versión. Pudor, tampoco.
No sería la primera vez que un intento de reinado por interpósita persona termina en papelón: ya lo probó Martín Vizcarra con su hermano, hazaña electoral que cosechó un glorioso 0.8% nacional. En resumen: una vez más, cero respeto y cero empatía, ni con los votantes, ni con sus colaboradores, ni con cualquier títere con cabeza que se interponga entre él y el espejo.
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