Marco Amoretti y sus hermanos pasaron 119 días surcando el océano Atlántico a bordo de dos vehículos adaptados para flotar, una travesía que nació del deseo de honrar la memoria de su padre, Giorgio Amoretti. El patriarca, un aventurero que dedicó décadas a planear este proyecto, murió sin poder verlo realizado tras un diagnóstico de cáncer terminal. A finales del siglo XX, los jóvenes italianos lograron lo que él no pudo: convertir autos en barcos y cruzar el Atlántico.
La odisea, reconstruida por BBC News Mundo a partir de los testimonios de los navegantes y su madre, comenzó como una iniciativa familiar pero pronto se transformó en un durísimo desafío físico y mental. Fallas mecánicas, aislamiento y un clima hostil marcaron cada etapa del viaje. Pese a todo, los hermanos concretaron el anhelo del patriarca. "Ese coche era como un personaje de un cuento de fantasía. Era nuestro sueño", reconoció Marco Amoretti al medio británico al recordar la audaz aventura marina.
Marco Amoretti y sus hermanos preparando los coches para lanzarlos desde La Palma, España. Foto: Autonauti
¿Cómo nació la odisea transatlántica de la familia Amoretti en coche flotante?
En noviembre de 1998, un diagnóstico de cáncer terminal al inventor Giorgio Amoretti —fotoperiodista, explorador y activista social— dio una urgencia definitiva a su ambicioso sueño: cruzar el océano Atlántico en un automóvil anfibio hecho por él mismo para visibilizar sus causas. Sus hijos Marco, Mauro y Fabio asumieron entonces el reto. Partiendo de dos coches usados, los transformaron añadiéndoles quillas metálicas, velas, espuma de poliuretano y paneles solares que alimentaban un teléfono satelital.
El primer intento de Amoretti desde las Islas Canarias en 1978 había sido bloqueado por las autoridades, y una prueba posterior en el Canal del Midi, Francia, quedó trunca por falta de financiamiento. Ahora, por motivos de salud, el padre debió ceder su puesto a Marco De Candia. "Eres joven; es hora de que asumas mi proyecto como un regalo mío para ti", le dijo, según cita la BBC.
La travesía zarpó el 4 de mayo de 1999 desde La Palma. Pese al abandono prematuro de dos tripulantes por afecciones físicas, Marco Amoretti y De Candia completaron el trayecto solos, reparando las naves y pescando para sobrevivir. "Al llegar al segundo mes, el mar ya no nos parecía un adversario contra el que tuviéramos que luchar. Entramos en otra dimensión y nos convertimos en parte de un mundo hecho de agua", relató.
El primer intento de Giorgio Amoretti de cruzar el Atlántico, en 1978, se vio interrumpido. Foto: Autonauti
La pérdida de Giorgio Amoretti y la llegada a Martinica en el 'automóvil flotante'
El 31 de agosto de 1999, tras 119 días de travesía, los expedicionarios desembarcaron en Tartane, Martinica, ante la mirada de allegados, reporteros y espectadores. Tocar puerto firme significó saldar la promesa jurada al progenitor Giorgio Amoretti, quien falleció durante el viaje. Durante la travesía del Atlántico, el fallo del teléfono satelital provocó alarma en Italia; en ese periodo de incomunicación ocurrió el deceso de Giorgio. Serenella Vianello prefirió silenciar el hecho temporalmente para proteger la estabilidad psicológica de su primogénito Marco. Al reanudar el contacto cerca del desenlace, Marco intuyó la desgracia antes de recibir la confirmación maternal. Ante la noticia, su compañero Marco De Candia anotó en su libreta: "Amigo mío, debes ser fuerte, no te hundas en el pantano de la tristeza. Esas profundidades son oscuras, frías y silenciosas; quédate aquí arriba. Estamos viviendo un sueño juntos".
"Después de haber renunciado a tantas cosas y de haber perseverado durante tanto tiempo, el sueño se había hecho realidad", declaró el navegante al Servicio Mundial de la BBC al llegar a tierra firme. Por su parte, De Candia admitió que aquella odisea transformó de manera definitiva su percepción de la existencia y la paz hallada en el océano. La hazaña finalizó entre el luto personal y el triunfo del proyecto ideado junto a su mentor difunto, cerrando así un capítulo que combinó la pérdida familiar con la conquista de un sueño largamente acariciado.
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