Con la instalación del nuevo Congreso bicameral, las fuerzas políticas muestran una homogeneidad que contrasta con el quinquenio pasado, cuando la mesa directiva del Legislativo reunió a perro, gato y pericote. En aquel entonces, la derecha popular se alió con la izquierda radical para cogobernar, generando una mezcla de propuestas indescifrables para el público. Ahora, en cambio, se anticipan decisiones previsibles que, advierten analistas, podrían fragmentar aún más el país.

En el Senado, la presidencia recaerá en Fuerza Popular, con Miguel Torres a la cabeza, quien logró una votación ajustada que ya se vaticinaba. Obtuvo 30 votos de 60 posibles, mientras la oposición sumó 29 tras registrarse un voto viciado. Se espera que más adelante se alcancen consensos con la oposición en favor de los intereses públicos, y que no se deje que las especulaciones alimenten las creencias populares sobre un transfuguismo camuflado. No hay que olvidar que la bicameralidad fue rechazada en un referendo, por lo que será clave observar cómo se revierte esa percepción ciudadana.

En la Cámara de Diputados, en cambio, Fuerza Popular no la tendrá fácil. Al cierre de esta columna aún no se elegía la mesa directiva, pero al no contar con mayoría absoluta, el partido —junto a Renovación Popular— deberá convencer a los sectores del centro y la izquierda. Por ahora, difícilmente se vea que la derecha popular concilie con la izquierda si no afloja cierta cuota de poder, incluida la liberación de Pedro Castillo. Aunque no parece parte de la reconciliación nacional, así se ha vendido el tema. La política es el arte de los consensos, y habrá que observar cómo opera el oficialismo para iniciar reformas urgentes y necesarias para el país. Más allá de derecha e izquierda, urge convencer a diputados y senadores de que por encima de cualquier interés particular está el país. La calle está cansada de disputas obsoletas.

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