En el Perú, un espectáculo se repite cada cierto tiempo: no tiene escenario pero sí audiencia, no vende entradas pero genera titulares. Consiste en que todos hablan de El Niño mientras casi nadie habla de las lluvias. La meteorología se ha convertido en un debate permanente donde aparecen mapas, modelos, probabilidades y escenarios, y se discute si el fenómeno será débil, moderado, fuerte o extraordinario, buscando comparaciones con 1983, 1998, 2015 o 2023.

Sin embargo, esa pregunta —¿viene El Niño?— es cada vez menos útil. La realidad es que el Perú enfrenta una variabilidad climática mucho más amplia que un solo fenómeno oceánico-atmosférico. Lluvias intensas, inundaciones, huaicos, sequías, heladas, friajes y vientos fuertes ocurren todos los años, con Niño o sin Niño. Mientras debatimos porcentajes de probabilidad, las vulnerabilidades siguen exactamente donde estaban el año pasado: las quebradas continúan ocupadas, los drenajes son deficientes, la infraestructura está expuesta y la prevención espera mejores tiempos.

Quizás el problema nunca fue El Niño. El problema es que llevamos décadas hablando niñadas. El nuevo gobierno tiene ante sí un desafío mucho mayor que enfrentar las lluvias de este año: la oportunidad de construir una política nacional que entienda la variabilidad climática como una condición permanente del Perú y no como una sucesión de emergencias aisladas. Dejemos de correr detrás de cada titular y empezaremos a proteger al país de verdad.

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