Este 28 de julio, mientras celebramos el día de nuestra independencia, es inevitable reflexionar que la libertad no se logró solo con la proclamación de San Martín. A lo largo de la historia, los problemas que enfrentó el Perú fueron resueltos “con el concurso de hombres y mujeres que integraron e integran las filas de nuestras gloriosas FF.AA. y PNP”. Sin embargo, para algunos puede ser fácil olvidar esa extraordinaria acción, quizás por desconocimiento o porque “no se dieron cuenta” de que hoy gozan de los efectos del inobjetable triunfo militar contra el terrorismo y los adversarios de la Patria, así como de las acciones que desarrollan en favor del país.

La vida militar y policial no es un empleo cualquiera: está forjada por el sacrificio y la entrega absoluta. En ese compromiso irrenunciable con la Nación no existen horarios, feriados ni fines de semana. Ese peso no lo carga solo el uniformado, sino también su esposa e hijos, quienes aprenden a convivir diariamente con la incertidumbre, el peligro, las largas ausencias e incluso el daño físico y la pérdida de la existencia. La sociedad reconoce semejante esfuerzo y abnegación, compensando a sus veteranos con una pensión que –por supuesto– no es un regalo: “es el justo reconocimiento a décadas de disciplina, misiones de alto riesgo, noches en vela y la permanente disposición de entregar la propia integridad para que millones de compatriotas vivan en paz”.

Cualquier ingratitud con los defensores del país es una traición a la peruanidad y a las futuras generaciones. Todos los ciudadanos debemos cerrar filas para defender la dignidad institucional y exigir respeto para quienes lo dieron todo por la tierra que los vio nacer, pues un pueblo que desconoce el valor de sus tropas termina debilitando su propia seguridad.

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