Un mes después del doblete sísmico que el pasado 24 de junio sacudió Venezuela, la tragedia no termina para los sobrevivientes. Las cifras oficiales reportan más de 5.000 muertos, 856 edificaciones afectadas y 190 colapsadas, pero detrás de esos números hay historias de dolor, incertidumbre y desamparo. Soe Santander es una de las tantas personas que aún espera respuestas: desde aquel día busca a su hijo Xavier Lovera, de 9 años, y a su madre, Trina Ávila, de 78, entre los escombros del Edificio Alí Primera de la OPP27, en el sector Caribe de La Guaira, al norte del país.

Ese edificio, uno de los tantos entregados como solución habitacional durante el gobierno de Hugo Chávez entre 2012 y 2013 tras el temporal de 2010, se desplomó por completo durante los sismos de magnitud 7,2 y 7,5. Desde entonces, Soe, su pareja y su hija de 7 años viven en una pequeña carpa instalada en un antiguo campo de golf que se ha convertido en refugio improvisado para cientos de familias en la misma situación. A diario, ella regresa al lugar donde antes estaba su hogar, ahora reducido a escombros, con la esperanza de encontrar a su hijo y a su madre.

“No me puedo mover de aquí. No me quiero mover de aquí, hasta que encuentre a mi familia”, dice con firmeza, aunque la angustia la embarga al recordar los minutos previos al derrumbe. Ese 24 de junio, Soe celebraba su cumpleaños con un almuerzo familiar en su apartamento. Al caer la tarde, su hijo Xavier bajó a botar la basura junto a su abuela Trina, que ya se despedía. A las 6 y 4 minutos la tierra tembló y, en un abrir y cerrar de ojos, el edificio se derrumbó.

“Sobrevivimos porque Dios es grande. Nos cayeron 8 pisos encima. Todo estaba destruido. Yo quedé en un lugar tirada con la niña sobre mí. Ella nunca me soltó, hasta que pude reaccionar. Mi pareja salió. Él estaba tapiado, hasta que pudo salir. Yo le di a mi hija y él me la sacó y yo me fui detrás. Como pudimos, salimos. Vimos una luz y por ahí logramos salir. Tuvimos que brincar como dos metros. Metro y medio más o menos. Apenas brincamos se explotaron las bombonas de gas. Todo el apartamento mío se quemó. Dios nos amparó. Los segundos los tenía contados”, relata.

“Mi hijo en ese momento había bajado. El bajó con su abuela como a eso de las 5:57pm, y ahí mismo empezó todo… A mí me agarró arriba y me supongo que a él le agarró abajo botando la basura o de regreso (…) Ya vamos para un mes y no sé nada. No sé si falleció; si pudo correr; si está vivo. No sé nada, ni de mi madre; ni de él”, dice Soe conteniendo las lágrimas.

Recuerda esa noche con desespero e indignación. “Desde un principio nunca hubo ayuda. Eran bastantes personas que tenían vida y nunca hubo ayuda. Es la realidad y hay que decirla. Aquí nunca hubo bomberos, nada. Había tres patrullas de policía y más nada. ¿Qué podían hacer ellos? Nada. Ayuda como tenía que ser, nunca llegó. Parecíamos animales andando por todo esto. Como zombis, solos, desesperados, gritando, buscando a nuestros familiares. ¿Cómo uno levanta esos escombros? Y nunca vinieron a ayudarnos. La gente que estaba herida, herida estaba”.

Un rescatista voluntario espera bajo escombros luego de un aviso de una supuesta señal de vida de una persona atrapada por el doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 de hace un mes en Venezuela Rescatistas trabajan en una zona con escombros de edificios afectados por el doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 de hace un mes en Venezuela, este jueves en Caraballeda (Venezuela).

En el campamento Golf de Caraballeda, el sol es inclemente y apenas unos pocos árboles arriman sombra. Las moscas se pasean por cientos de carpas sobre la tierra; ya casi no hay grama. Hay puntos de ayuda con comida, medicinas y atención básica de salud totalmente gratuita, pero las condiciones son bastante precarias.

Soe sobrevivió, pero una parte de ella sigue atrapada bajo esos escombros. Lo que la mantiene allí es su ubicación, a pocos metros de la OPP 27. “Yo no me puedo mover de aquí, no me quiero mover de aquí, hasta que encuentre a mi familia. Yo no me puedo ir a ningún refugio sin yo saber de mi hijo, de mi mamá. No puedo”, dice. En la OPP 27 hay gente a diario intentando recuperar cuerpos de familiares, amigos y vecinos, pero no se dan abasto. “Han mandado dos o tres máquinas y cuando llegan y empiezan a trabajar, se les daña una guaya y ahí quedan. Pónganse la mano en el corazón y ayúdenme porque estoy desesperada. Somos muchas y todos necesitamos ayuda”, agrega.

Un rescatista en Caraballeda (Venezuela) utiliza un traje antinfecciones en una zona de edificios afectados por el doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 de hace un mes en Venezuela.

Tras perderlo todo: a la espera de un censo incierto

Los relatos de la noche del terremoto son estremecedores. Solo escucharlos, resultan difíciles de digerir. “Ese día yo estaba en Caracas y bajé (a La Guaira) y esto estaba aquí horrible, prendido en candela, lleno de humo, gente pegando gritos, no había luz. Desesperante. Esto parecía el fin de mundo, gente quemándose, pidiendo auxilio, horrible. Perdí mi apartamento. Ahí estaban mi compadre y su hijo. Gracias a Dios a él lo sacaron cuatro días después de los escombros y están bien. Mi apartamento estaba en el piso 11, Torre A”, cuenta Yusbeli mientras acomoda los pocos enseres que tiene dentro de la pequeña carpa donde vive junto a su hijo. Ya cumple 28 días en ese campo de refugiados.

Lo que la hacía permanecer en el campo de golf era estar cerca de la OPP27, esperando recuperar el cuerpo de sus sobrinas. “Nosotros no nos íbamos a mover hasta sacar a nuestros familiares (…) Las conseguimos nosotros mismos, con ayuda de la gente y de la familia, hace como una semana. La mayor tenía 16, la otra 13 y la otra 10”.

Ahora Yusbeli espera por un censo del que no tiene mayores detalles, pero no pierde la esperanza de que sea para obtener una vivienda. En medio de ese proceso tuvo que dejar a sus dos niñas en Caracas con una conocida. “Por falta de carpa, por falta de colchón, porque si llueve nos mojamos. Por tantas cosas”, suspira. Básicamente, no cabían todos en la carpa de acampar. “Tengo ahorita el varón conmigo. (…) Mi papá es discapacitado. ¿Cómo me lo traigo?, es inválido. Y entonces bueno ya la vecina (que cuida a sus hijas), tu sabes como es. ¿Me pregunta hasta cuándo es? Sin yo poder mandarle nada. Le he mandado cosas personales que me han dado, pero de comida no mucha. Cualquiera por ahí me ayuda con un mercado pero no todo el tiempo. Yo tengo que traerlos. Si es que me quedo aquí o me llevan a un refugio, tengo que tenerlos a ellos”.

“A todos nos gustaría que nos den nuestro hogar de una vez, nuestras casas y si no, por lo menos algo estable y seguro para nuestros hijos, para nosotras mismas. Nosotras tenemos que salir a trabajar en cualquier momento y en un refugio donde haya 100 familias en un salón no es seguro dejar a mis niños con una gente que no conoces”, concluye.

“Me encantaría tener a mis dos niñas acá y no molestar a nadie”, dice Yusbeli, madre soltera, mientras enumera lo que necesita para reunificar a su familia: un colchón, una carpa más amplia, un ventilador y una extensión. A pocos metros de su carpa está la de Karina Pérez, de 28 años, quien comparte el espacio con su hermano. Al entrar para la entrevista, lo primero que se ve son dos colonetas, tres bidones de agua y una cajita de madera: los restos de su madre Yasmir, quien cumplía 52 años el día de la tragedia.

Familiares dejan flores en un altar improvisado durante una misa por las víctimas del doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 de hace un mes en Venezuela

Karina y su hermano estaban en Caracas comprando lo necesario para celebrar el cumpleaños de su madre cuando el temblor los sorprendió lejos. Al llegar a casa, en la OPP27, se encontraron con un edificio desplomado. 25 días después de la tragedia, su hermano pudo ubicar a su mamá bajo una columna. Con ayuda de voluntarios logró sacarla. “Él la reconoció por el cabello, los dientes y su cartera que siempre llevaba encima. Tenía el teléfono en la mano”. Luego de tres días de trámites en una morgue improvisada en el Puerto de La Guaira, Yasmir Pérez fue cremada y les entregaron las cenizas.

Karina quería recuperar el cuerpo de su mamá antes de abandonar el refugio. Ahora solo aguarda por ingresar a la lista del censo para irse a casa de su papá. Un censo del que todos hablan, pero nadie tiene detalles al respecto. Ella piensa que estar en esa lista podría garantizarle una vivienda a futuro. A su alrededor, todo es incierto. Lo que sí tiene claro es que no quiere irse a un refugio. Solo pensarlo, se le corta la voz. “No han dicho nada, nos hablan de un censo pero no sabemos nada (…) Yo no me quisiera ir a un refugio, en verdad no quisiera”. 

"Nuestra familia estaba ahí"

Salimos del campo de golf y vamos hacia Playa Yate en Caribe. El paisaje es desolador: una calle completa de edificaciones desplomadas, inclinadas o a punto de colapsar. Banderas de Venezuela ondean sobre toneladas de concreto donde todavía se ven personas buscando el cuerpo de algún familiar, suplicando por una maquinaria que les facilite el trabajo.

Allí nos encontramos a Victor Julio Figueroa. Julio vive en Caracas, pero seis miembros de su familia permanecen bajo los escombros. Entre ellos, su hermana Rosa Eva Sibira, de 82 años, y su sobrina Rosmar, de 42. Para el momento de la tragedia, cuenta que ellos estaban de visita: alquilaron el apartamento 1-7 del edificio Vistamar. “Ellos entraron al edificio y la de seguridad le puso los brazaletes, y los dejó en el lobby. Ella salió a comprar algo y en fracciones de segundos el edificio se cayó. La señora de seguridad está viva y ella fue la que nos aseguró que nuestra familia estaba ahí”, dice.

Una mujer deja flores en un altar improvisado durante una misa por las víctimas del doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 de hace un mes en Venezuela que no han podido ser recuperadas en el edificio 'La Estrella', el último lunes en Macuto (Venezuela).

Desde el día 25 de junio, Julio fue a La Guaira e intentó sacar a su familia con la esperanza de que estuvieran con vida. “Hicimos túneles por todo el edificio y no pudimos sacarlos porque siempre se nos presentaban obstáculos, tanto de los vecinos, como que ponían las máquinas un poquito a trabajar, pero luego se las llevaban a otros edificios y no nos daban chance de sacar a nuestros familiares”. 

“Necesito que me ayuden a sacarlos de ahí. Necesito una máquina rotomartillo y un jumbo. Nos dieron un jumbo, pero el jumbo está allá accidentado y no han traído el repuesto”, relata Víctor, quien señala que en ese edificio rescatistas argentinos marcaron con una D los lugares donde yacen cuerpos de personas fallecidas. Contó al menos seis, que no pertenecen a su familia. Sin las máquinas necesarias, Víctor no se rinde, pero recuperarlos se vuelve imposible. Ya casi al final del recorrido, en Tanaguarenas, encontramos a una familia entera y a otros vecinos viviendo en carpas frente al conjunto residencial Cacique Isabel, que no se desplomó. La señora Velquis Sánchez explica que Protección Civil y Bomberos les ordenaron desalojar sus viviendas por temor a que el edificio contiguo termine de derrumbarse. “Yo quiero hacer un llamado a ver si nos pueden ayudar a tumbar ese edificio lo más pronto posible porque nosotros somos 16 familias que nos vamos a quedar damnificados. Ayer en la tarde se cayeron 2 paredes y salimos corriendo. Estamos corriendo riesgo. Estamos durmiendo en carpas, solo entramos para usar el baño y para necesidades extremas. No podemos cocinar. Aquí nos sentamos y cualquiera que pase nos regala algo de comer. Así estamos”, afirma. Según las cifras publicadas por el Gobierno, son casi 18.000 las personas damnificadas tras el doble terremoto del pasado 24 de junio. Delcy Rodríguez anunció la entrega de 240 viviendas en Ciudad Tiuna, ubicadas en el complejo Militar Fuerte Tiuna en Caracas, con la promesa de llegar a 4 mil a final de año. Mientras tanto, a un mes de la tragedia, cientos de sobrevivientes concentran sus esfuerzos en recuperar los cuerpos de sus familiares. El país aún no conoce la cifra de desaparecidos, una cifra que, sin duda, podría visibilizar la magnitud de la devastación. Uno de los más buscados de EE. UU. fue capturado en velero de lujo: vivió 21 años con identidad falsa y ahora cumplirá cadena perpetua

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