Este Búho, viajero de mil batallas, siente ahora mucha pena por la desaparición de tres montañistas: Artidoro Salas, Saúl Mendoza y Alejandro Ugarte en el Huascarán. La última ubicación del grupo fue en un sector conocido como ‘La garganta’, a más de seis mil metros sobre el nivel del mar, una zona de difícil acceso por las grietas, avalanchas y vientos, donde los rescatistas enfrentan condiciones extremas.

En mi mente tengo al inmenso Parque Nacional Huascarán, en el Callejón de Huaylas. La calma de los lagos, la majestuosidad de los nevados, un cielo intensamente azul coronado por un halo solar emocionaron a este columnista, acostumbrado a una vida gris y vertiginosa por el periodismo bajo el cielo percudido de Lima. Recuerdo que desde mi ventana observé la Cordillera Blanca, esa muralla que cruza el continente y parte a la mitad nuestro país. Íbamos hacia el Pastoruri (5 mil 240 msnm) sobre una carretera aparatosa, llena de baches, bordeada por puyas de Raimondi e ichu.

El muchacho que nos guía hablaba de esta ruta como la ruta del calentamiento global. Dice que allá, donde la montaña ahora es roca y tierra, antes había hielo. Ahora, donde hay una pampa ondulante, antes había una laguna. En esos surcos antes corría el agua, agua donde había truchas. Cree que los hijos de nuestros hijos, cuando hagan estas mismas rutas en unos años, ni siquiera alcanzarán a ver las bellas cochas que vamos dejando atrás, en donde habitan patos salvajes y de donde beben algunos ganados. El bus nos dejó a una hora del nevado. Había un viento frío, pero el sol calentaba. Antes de empezar el sendero, unas mamitas ofrecían matecito de muña o coca.

El viento frío golpeaba el rostro y llegaba a los pulmones como navaja. Después de una hora intensa, ante nuestros ojos se presentaba el nevado Pastoruri, famoso por ser tomado como ejemplo para medir las consecuencias del cambio climático. Cada vez está más pequeño, dicen los que vuelven después de algunos años. Se va desvaneciendo a una velocidad que horroriza a los ambientalistas. Si actuamos ahora, promoviendo conductas responsables desde los más pequeños hasta los más grandes, quizá podamos conservarlo un poco más, aunque a estas alturas ya parezca una tarea inútil.

Hasta aquí llegan turistas de todas partes del mundo, sobre todo montañistas que se internan en los nevados durante semanas para poder alcanzar las cimas más altas de la cordillera. El turismo no solo beneficia a las grandes agencias, sino a los actores que orbitan alrededor: niños que jalan caballos, señoras que tejen u hombres que esculpen artesanías. Caldito de cabeza de cordero, cebiche de chocho o choclito con queso son parte de la oferta que recibe a los visitantes.

Mientras avanzábamos hacia el Pastoruri por un caminito empedrado, quien me acompaña pregunta si respirar este aire puro nos devuelve algo de la vida perdida en la gran ciudad. Si estos paisajes que parecen pintados nos rejuvenecen o purifican el alma. Si acaso este cansancio placentero servirá para reiniciar nuestra mente abrumada de tanta basura política del Congreso.

Hay una respuesta a sus preguntas y lo canta el trovador uruguayo Jorge Drexler: ‘Somos una especie en viaje/ No tenemos pertenencias, sino equipaje/ Vamos con el polen en el viento/ Estamos vivos porque estamos en movimiento’.

Apago el televisor con la esperanza de que un milagro devuelva con vida a los montañistas desaparecidos. Antes, va mi saludo y afecto a todas esas personas del sector turismo que no tienen feriados ni fines de semana libres, porque su labor es hacer que el viajero viva una experiencia que recordará toda su vida. Conocer esta maravilla geográfica debería considerarse una obligación ciudadana, pues desde estos nevados nacen nuestros ríos más importantes, los que dan vida a todo el país. Sin embargo, los pronósticos pesimistas afirman que para el año 2060 el planeta habrá subido 4 grados de temperatura, lo que significa inundaciones, pérdidas de glaciares, olas de calor, escasez de agua y más. El visitante, además de recorrer su impresionante geografía, puede hacer rutas gastronómicas para probar el pancito serrano, el jamón local, el queso paria, el chicharrón de chancho, el tradicional manjar blanco, la cerveza artesanal o la raspadilla con hielo del Huascarán.

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