La reapertura de la cueva de Pikimachay, en Ayacucho, fue autorizada mediante la Resolución Directoral N.º 000032-2026 del Ministerio de Cultura. Bajo la conducción científica de José Alberto Ochatoma Paravicino, la Dirección Regional de Comercio Exterior y Turismo (Dircetur) local ejecuta las obras. Un equipo multidisciplinario aplicará técnicas modernas para analizar los depósitos milenarios del yacimiento.
El propósito central de los especialistas es descubrir restos inéditos que permitan profundizar el conocimiento sobre los poblamientos iniciales en el Perú. Proyectan hallar evidencias capaces de precisar los desplazamientos de las comunidades primigenias que poblaron el continente americano y habitaron los Andes, aportando datos clave para reconstruir la historia prehispánica regional.
La iniciativa incluye acondicionamientos como la mejora de vías de acceso, un estacionamiento y miradores para apreciar el entorno, seguidos por un moderno centro de interpretación. Respecto al impacto social, la experta Sinthia Caballero resaltó que la meta principal es "fortalecer el orgullo por el patrimonio ayacuchano" y consolidar el lugar como un referente de turismo científico internacional.
El nombre en quechua de este refugio natural de 60 metros de largo, ubicado a 20 kilómetros de Ayacucho en el distrito de Pacaycasa, significa cueva de las pulgas. Allí se resguardan las evidencias más remotas de ocupación continental, asociadas con los pobladores primigenios del territorio peruano. Pikimachay se consolidó como un yacimiento clave para comprender el poblamiento temprano de Sudamérica tras descartar al Complejo Paccaicasa como actividad antrópica. La datación de los artefactos del Complejo Ayacucho se fijó entre los 17.700 y 16.600 años antes del presente, validada por análisis posteriores sobre la colección del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Las primeras excavaciones de 1970, lideradas por el arqueólogo estadounidense Richard MacNeish, hallaron piezas líticas junto a restos óseos de perezosos gigantes. En aquel momento, los análisis situaron los hallazgos en más de 20.000 años de antigüedad. Sin embargo, revisiones de la década de 1980 concluyeron que buena parte de las supuestas herramientas eran en realidad fragmentos de roca desprendidos naturalmente del techo de la cueva, sin señales de modificación humana. Ese consenso posterior validó la talla antrópica del Complejo Ayacucho.
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