En un contexto donde celulares, tabletas y televisores forman parte de la rutina diaria, las actividades que invitan a tocar, moldear, aplastar y crear con las manos resurgen como una opción para equilibrar la vida infantil. Según el informe 2025 de Common Sense Media, los niños de entre 0 y 8 años pasan cerca de 2,5 horas diarias frente a pantallas, y un 40% ya cuenta con una tableta propia a los 2 años. Frente a esta realidad, el juego sensorial se presenta como una alternativa accesible que puede realizarse en casa y que fomenta experiencias creativas sin depender de dispositivos electrónicos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los niños pequeños reduzcan el tiempo sedentario frente a pantallas y aumenten las horas dedicadas a actividades físicas y de juego. Para los niños de entre 2 y 4 años, la sugerencia es que la exposición a pantallas no supere una hora diaria; según el organismo, mientras menor sea ese tiempo, mejor. La meta no es eliminar por completo los dispositivos, sino incorporar experiencias activas que diversifiquen el aprendizaje, el movimiento y la interacción durante los primeros años.

La Academia Americana de Pediatría indica que el juego contribuye al desarrollo de habilidades sociales, emocionales, cognitivas y lingüísticas, además de fortalecer la atención y la capacidad para resolver problemas. En esa misma línea, la Asociación Nacional para la Educación de Niños Pequeños (NAEYC) destaca que acciones como apretar, enrollar, aplastar y moldear masa ayudan a fortalecer los músculos pequeños de las manos y los dedos. Así, el juego manual no solo estimula la creatividad, sino que también potencia la motricidad fina en los más pequeños.

Moldear masa no solo fortalece la motricidad fina —habilidad clave para sujetar un lápiz, dibujar, escribir, recortar o manipular objetos pequeños— sino que también impulsa la creatividad y el juego simbólico. Al imaginar personajes, alimentos, escenarios y situaciones propias, los niños exploran sin la presión de un resultado único correcto. Cada pequeño puede mezclar colores, repetir procesos, desarmar figuras y crear nuevas combinaciones a su propio ritmo, lo que favorece un aprendizaje autónomo y lúdico.

Esta experiencia se enriquece cuando madres, padres o cuidadores se suman a la actividad, conversan y acompañan sin imponer un modelo específico, convirtiendo el juego en una oportunidad de interacción familiar.

En ese contexto, Hasbro lanzó dentro de su línea Play-Doh el set Mi Fábrica de Dónuts, pensado para niños desde los 3 años. El producto permite moldear distintos tipos de dónuts, decorarlos, combinar colores y simular una pequeña cafetería o pastelería mediante el juego manual. El mecanismo es simple: se introduce la masa Play-Doh por la parte superior, se cierra la máquina y se gira una manivela para obtener la figura. Luego, el niño puede decorar la pieza con una máquina de glaseado, moldes y otros accesorios.

El set incluye todo lo necesario para crear tres tipos de dónuts Play-Doh: clásico, relleno y de lujo. También trae una taza de café con tapa, un molde de cruasán, un sello de glaseado, una espátula, un rodillo y cinco latas de masa para moldear, con un peso total de 284 gramos. La propuesta está diseñada para que los niños repitan el proceso, experimenten con colores e inventen combinaciones sin seguir una única forma de juego, potenciando así la exploración y la imaginación.

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