La alerta cobró fuerza luego de que la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (Enfen) mantuviera el estado de alerta y no descartara que el evento alcance una magnitud extraordinaria durante los próximos meses. De concretarse este escenario, los efectos se sentirían en diversas regiones agrícolas del país, especialmente en aquellas donde la producción depende de las lluvias y donde la infraestructura de riego presenta mayores niveles de vulnerabilidad. Miles de pequeños productores se verían afectados tanto por las lluvias intensas previstas para algunas zonas como por los periodos de sequía esperados en otras regiones, lo que pondría bajo presión a cultivos estratégicos para el abastecimiento nacional.
Las proyecciones de la Convención Nacional del Agro Peruano (Conveagro) dibujan un escenario complejo para los próximos meses. Mientras que en el norte y la Amazonía se esperan lluvias por encima de lo normal, las regiones de la sierra centro y sur podrían sufrir periodos de sequía que afectarían el desarrollo de las campañas agrícolas. El impacto no se limitaría a los campos de cultivo: una menor producción agrícola pondría en riesgo la disponibilidad de alimentos y generaría presión sobre los precios de productos básicos de la canasta familiar.
La posible alteración de los ciclos climáticos amenaza a cultivos clave para el consumo nacional, como la papa, el maíz, la quinua, frutas y diversas leguminosas que forman parte de la dieta diaria de millones de peruanos. Dependiendo de la intensidad del fenómeno, los rendimientos agrícolas podrían disminuir entre 30% y 60%.
La situación es particularmente crítica en la sierra peruana. Allí, cerca del 64% de la superficie cultivada corresponde a agricultura de secano, un sistema productivo que depende directamente de las precipitaciones. Cuando las lluvias escasean o se adelantan o retrasan, las posibilidades de compensar la falta de agua son muy limitadas.
La infraestructura que sostiene la actividad agrícola también está en la mira de los riesgos climáticos. El desborde de ríos, los huaicos y la acumulación de sedimentos pueden dañar canales, bocatomas y sistemas de irrigación, lo que dificultaría el acceso al agua para miles de productores y retrasaría la recuperación de las zonas afectadas. Los antecedentes de eventos similares permiten dimensionar la magnitud del peligro: durante el Fenómeno El Niño de 1983 se registraron más de 520.000 hectáreas agrícolas afectadas o destruidas; en 1998, la cifra superó las 205.000 hectáreas; y el Niño Costero de 2017 dejó alrededor de 51.000 hectáreas dañadas, con pérdidas estimadas en US$380 millones para el sector agrario.
Las consecuencias de una menor producción agrícola se sentirían rápidamente en los mercados. Cuando la oferta de alimentos disminuye, los precios tienden a elevarse, golpeando con más fuerza a los hogares que destinan una mayor parte de sus ingresos a productos básicos. Uno de los productos más sensibles es la papa. Bajo un escenario de afectación del 50%, la oferta disponible para abastecer los mercados podría reducirse en aproximadamente 1,8 millones de toneladas. La disminución de este cultivo tendría efectos directos tanto en los ingresos de los productores como en el gasto de los consumidores.
Las proyecciones climáticas apuntan a afectaciones sobre el arroz y diversos granos andinos como la quinua, el maíz amiláceo, el trigo y la cebada. Ante este panorama, las organizaciones agrarias urgen a acelerar las medidas de prevención y fortalecer los mecanismos de protección para los productores. Entre las propuestas destacan programas de financiamiento, la ampliación de la cobertura del seguro agrario, la rehabilitación de infraestructura hidráulica y acciones para garantizar el abastecimiento de alimentos en las zonas potencialmente afectadas. La evolución del fenómeno climático en los próximos meses será determinante para el sector. En un país donde siete de cada diez alimentos provienen de la agricultura familiar, la capacidad de reducir los daños no solo impactará en la producción rural, sino también en la estabilidad de los precios y en la seguridad alimentaria de millones de peruanos.
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