Para el columnista Martín Santiváñez, ganar una elección no es el fin del camino, sino apenas un momento importante en una travesía mucho más larga. En su columna “Odisea”, publicada en Diario Correo, advierte que tanto “los más ingenuos” como “los más perversos” se equivocan al pensar que la victoria electoral es la isla soñada, Ítaca que se aproxima en el horizonte. Los primeros, dice, celebran los hitos sin calibrar el final; los segundos, porque creen que todo se resetea a su favor y que cada crisis o espasmo es un nuevo llamado a promover “su egoísmo, su soberbia, su ambición”. Y tratándose del Perú, los senderos son anchos y ajenos.

En ese contexto, Santiváñez destaca que acierta Fuerza Popular al meditar sobre los “muchos cantos de sirena” que se multiplican antes del cambio de mando. Los hay de todos los tipos y colores: desde el “rojo sangriento que en su momento fue filo-terrorista” hasta el “gris-multicolor que cambia de camiseta a la velocidad de la luz, sin asco ni perdón”. Todos esos cantos, afirma, son hojas de ruta para la destrucción de la nave del Estado, porque en esos acantilados, entre Escila y Caribdis, los peruanos han naufragado una y otra vez. La hegemonía caviar, sostiene, condujo a la pulverización del Estado de Derecho, y los consejos de los radicales de salón hundieron a sus candidatos, tanto de derecha como de izquierda. “El Perú es unidad trascendente, no cainismo radical”, sentencia.

Por lo tanto, la Odisea política continúa. Ítaca no aparece en el horizonte; es un punto lejano, a cinco años de distancia. Sin embargo, Santiváñez recuerda que Kavafis tenía razón cuando escribió en su famoso poema que todo viaje nos curte en la experiencia y nos hace más sabios en las decisiones, porque no hay mejor escuela que la academia del dolor. De eso están hechas las Odiseas, concluye: de audacia, de experiencia y de decisión.

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