La tragedia del terremoto en Venezuela nos debe alertar para estar preparados en caso de que ocurra algo similar aquí en Lima. Al mismo tiempo que ocurría el terremoto, las autoridades venezolanas estaban a punto de negociar un arreglo de su deuda externa, que está impaga desde hace años. Obviamente, Venezuela tiene que arreglar su deuda, pero el terremoto ha postergado este esfuerzo por un período que puede ser largo.

Es útil revisar un poco las cifras, aunque por el momento es imposible llegar a un arreglo de la deuda. La deuda externa del Gobierno de Venezuela es aproximadamente de US$ 240,000 millones (la cifra equivalente en el Perú es de menos de US$ 100,000 millones). Esta deuda debe compararse con lo que produce el país llanero: su producto bruto ha decaído en los últimos 15 años de US$ 370,000 millones a tan solo US$ 100,000 millones. Mientras eso ocurría en Venezuela, el producto bruto del Perú subió de US$ 100,000 millones a US$ 270,000 millones.

Es obvio que Venezuela ha sufrido no solo un terremoto físico, sino también uno económico. Es casi imparable. La única forma de solucionar este problema, si es que tuviera solución, es que sus exportaciones aumenten a los niveles que tenían hace 15 o 20 años. Eso va a depender enteramente de la reconstrucción de su industria petrolera, que era la más grande de América Latina y hoy ha decaído hasta la virtual insignificancia.

La primera lección que deja la tragedia venezolana es que las políticas económicas populistas tienen un costo alto. En el Perú, las medidas demagógicas aprobadas por el actual Congreso en los últimos cinco años pudieron haber llevado al país a un colapso similar al de las finanzas públicas de Venezuela. Por eso, es fundamental que la opinión económica peruana conozca lo ocurrido allá para evitar repetir los mismos errores. La primera lección, entonces, implica recapacitar y reformar las políticas públicas para frenar el alza del endeudamiento externo e interno. Ese es el camino duro, pero exitoso al final del esfuerzo. La segunda lección de la tragedia venezolana —que no solo es económica, sino también sísmica— es que el Perú debe estar preparado para enfrentar daños de terremotos que algún día, ojalá lejano, lleguen. Y también para otras catástrofes, como el fenómeno de El Niño, ya anunciado por analistas meteorológicos desde hace varios meses. En Venezuela, que heredó construcciones altas de la bonanza petrolera de hace 20 años, la pregunta que surge es cómo edificios de 10 y hasta 20 pisos cayeron como naipes en el terremoto reciente. En el Perú, un sismo similar afectaría sobre todo a viviendas autoconstruidas de baja altura, ubicadas en las laderas de los cerros que rodean Lima y otras ciudades. Uno se pregunta por qué edificios relativamente modernos en Venezuela se derrumbaron como si estuvieran en una guerra. La segunda gran lección es que las edificaciones deben construirse e inspeccionarse con mucho cuidado. En el Perú, el gran problema potencial no son solo los edificios, sino las decenas de miles de casas autoconstruidas de uno, dos o tres pisos que nunca han sido inspeccionadas. Una tercera lección que deja la experiencia es la necesidad de estar preparados. Aunque el Instituto de Defensa Civil (INDECI) realiza múltiples esfuerzos en ese sentido, poca gente les presta atención. La preparación para enfrentar El Niño debe comenzar desde hoy, con medidas sencillas y evidentes: por ejemplo, la descolmatación de la basura que obstruye acequias y canales, y la revisión mecánica y el abastecimiento de combustible de todos los vehículos de emergencia. Esta última tarea resulta especialmente difícil porque choca con la cultura de robo y corrupción que impera en muchas municipalidades del país. Se estima que el fenómeno llegará a fin de año, pero los fenómenos naturales rara vez siguen las proyecciones que se hacen sobre ellos. Los preparativos para una posible emergencia de El Niño no son convencionales. Durante el llamado Niño costero de 2017, se designó a varios ministros como encargados de regiones específicas, con poderes absolutos para movilizar ayuda y materiales en caso de emergencia. Ese sistema funcionó y el daño en la costa fue controlado. Sin embargo, siempre hay situaciones imposibles de predecir. El autor recuerda haber estado en la sierra, sobre el puerto de Huarmey, junto a la entonces ministra de Justicia. Llegaron a un pequeño pueblo por el que pasaba una acequia. Mientras observaban el trabajo por realizar, la acequia se transformó en un río que arrasó con las casas del lugar. Solo sobrevivió un perro, pero el pueblo resultó imposible de reconstruir. Es decir, hay que estar listos para lo impredecible y tener a disposición la organización y la maquinaria necesarias para enfrentar inundaciones o, en el caso de terremotos, la destrucción de carreteras, sistemas eléctricos y otras infraestructuras. El nuevo Gobierno debería iniciar una campaña para afrontar estos problemas si ocurren, aunque su aparición sea difícil de pronosticar. Kuczynski, quien fue presidente de la República, sostiene que, aunque el terremoto de Venezuela demuestra lo impredecible de los eventos, “tenemos que estar listos para el peor caso”. Pedro Pablo Kuczynski

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