La escritora colombiana Andrea Mejía publicó “La sed se va con el río” (Alfaguara), una novela donde el misticismo, la memoria y una naturaleza que observa y dialoga con quienes la recorren envuelven la desaparición de Jeremías, su protagonista. En esta conversación con Correo, la autora revela el origen de una historia que conduce al lector hacia una reflexión sobre la vida y su vínculo con la naturaleza, a través de los sueños, los territorios y esa sed que todos compartimos.
“La novela nació con una imagen. Fue claramente lo primero que recibí: la visión de un hombre perseguido por otros dos a través de los cañones de un río. Veía con mucha claridad el paisaje, la geografía, pero no conocía ese lugar. Entonces salí a buscarlo y lo encontré aquí, en las montañas de Colombia. Caminé por esos cañones, me quedé en la casa de campesinos que me contaron historias, fui tomando apuntes y alimentándome de todo aquello. Después vino el verdadero trabajo de la escritura, donde la imaginación transforma esa materia prima que uno recibe como un regalo para crear algo nuevo”, detalla Andrea.
En la novela, la sed va más allá de una necesidad física. “Creo que estos personajes viven una soledad muy profunda, en un lugar apartado del campo. Pero, en realidad, todos los seres humanos, incluso todos los seres vivos, tenemos una sed fundamental: el ansia de dejar de sentir esa inquietud que nos constituye, el deseo de no sufrir, de dejar de experimentar esa sensación de que nunca estamos completos. [...] Creo que la novela también habla de ese deseo de simplemente ser, sin esa inquietud permanente”, reflexiona la autora.
El río parece convertirse en un personaje más. ¿Desde el inicio pensaste que tendría ese papel?
Sí. La naturaleza está viva de una manera inmensa, amplia y completamente desinteresada. Esa vida se transmite a través del sonido del agua, del movimiento del río, de las plantas. Incluso el aguardiente que toman los personajes comunica esa fuerza vital que no pertenece únicamente al mundo humano ni siquiera al animal, sino a todo lo que existe.
Los territorios de la novela parecen guardar memoria. ¿Crees que los paisajes conservan las historias de quienes los habitaron?
Sí. Si la naturaleza es realmente un ser vivo, también puede ser un receptáculo donde permanece la energía y el conocimiento.
Cada territorio guarda las historias que han ocurrido allí: historias de dolor, de violencia, pero también de vida.
Yo no escribí pensando conscientemente en esa idea, pero sí tengo la sensibilidad de sentir que ciertos lugares conservan presencias. Son historias profundamente ligadas a un sitio específico y, al mismo tiempo, universales, porque hablan de lo que somos como seres humanos.
¿Qué papel tuvieron los sueños durante su proceso creativo?
Los sueños son justamente una forma de conectar con otra dimensión de la realidad, una que no responde necesariamente a la lógica o a la razón, pero que posee una enorme sabiduría. Todos tenemos acceso a ella simplemente por existir y compartir la vida con otros seres vivos. Por eso los sueños son una fuente creativa muy hermosa.
La escritora Andrea Mejía reflexiona sobre el vínculo entre la literatura y la naturaleza: “Si destruimos la naturaleza, nos estamos destruyendo a nosotros mismos. El dolor de la tierra también es nuestro dolor, aunque muchas veces estemos desconectados y no lo sintamos”. Para ella, la escritura puede ayudar a reconectar con ese sufrimiento y a recordar que estamos dañando nuestra propia casa. “No sé si la literatura sea capaz de cambiar el mundo por sí sola, pero despertar esa conciencia ya es algo muy importante”, añade.
En su novela, el bejuco está inspirado en la ayahuasca, planta que en Colombia recibe el nombre de yagé. “Es la misma especie botánica y forma parte de una tradición compartida con Perú, Ecuador y Brasil”, explica. Ese conocimiento ancestral, que aún conservan los pueblos amazónicos, es también un saber frágil porque esas comunidades hoy están amenazadas.
Consultada sobre qué significa que su obra forme parte del Mapa de las Lenguas, Mejía responde: “Me produce una enorme alegría. Por un lado, porque ayuda a difundir una tradición viva y un conocimiento ancestral que merece ser conocido y preservado. Y también porque escribir no tiene sentido sin los lectores. Si el Mapa de las Lenguas permite que este libro llegue a más personas, yo solo puedo sentir gratitud”.
Andrea Mejía, escritora, nació en Bogotá, Colombia, en 1978. Es doctora en Filosofía y ha sido profesora universitaria en los departamentos de Ciencias Políticas y de Filosofía de la Universidad de los Andes y en la Universidad Autónoma de México. Además, fue columnista de la prestigiosa revista Arcadia. Su novela “La sed se va con el río” tiene 176 páginas.
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