El gas natural ha vuelto a ser noticia tras la ruptura del gasoducto a unos 50 km al sur de Camisea, su punto de origen. Hasta ahora no hay explicaciones para el público sobre lo ocurrido, pero se sabe que no se ha roto el tubo de gas, sino el tubo de líquidos, que corre paralelo al gasoducto. Este no es un incidente inédito: hace más de 20 años, cuando el tubo empezó a funcionar, ocurrió una fuga similar en el mismo ducto de líquidos. En aquella ocasión, el combustible se mezcló con la cocina de leña de un poblador en esa remota zona del Perú, provocando una explosión que causó la muerte de una persona.
Para entender el problema, primero hay que comprender qué es el gas de Camisea. Se trata de un gas “húmedo”, pues contiene un alto porcentaje de líquidos combustibles parecidos a la gasolina. En la planta de Camisea se separa el gas “seco” del “húmedo”: el primero viaja por el gasoducto hasta la costa, mientras que el segundo se envía a la planta de Pluspetrol en Pisco. Allí se produce gas licuado de petróleo (GLP), similar a una gasolina evaporada, que luego se distribuye principalmente en balones, la forma más popular de usar este combustible en el país.
Se han dicho muchas cosas sobre el futuro del gas, pero el hecho central es que estamos consumiendo las reservas y que los sucesivos gobiernos de los últimos años no han promovido una mayor exploración, esencial para mantener un nivel prudente de reservas. Se necesita un cambio radical en la política energética que impulse la exploración y el desarrollo del potencial del gas, el cual ocupa una amplia faja geológica que va desde el sur de Ucayali hasta la frontera de Madre de Dios con Brasil. Sin embargo, estas posibles reservas no están conectadas a ningún ducto y, por consiguiente, mientras no haya descubrimientos exploratorios, no se contabilizan como reservas.
En el debate sobre la fragilidad del sistema energético, una de las lecciones que deja el problema de los últimos días es la falta de almacenamiento suficiente en Lima. En Lurín, el principal centro de abastecimiento para la capital, no contamos con depósitos adecuados. Para evitar futuros accidentes se han planteado varias soluciones, como la de instalar un segundo tubo paralelo al existente, pero esta sería una inversión costosísima debido a la distancia de seguridad que debe mantenerse entre ambos. Una alternativa más simple y viable es contar con grandes reservas cerca de los centros de consumo. En cualquier ciudad industrial del mundo se ven depósitos de combustibles y gas —los de gas se reconocen porque su tapa desciende a medida que se vacía el tanque—, pero en Lima esa infraestructura es insuficiente. Por otro lado, se critica que las regalías que paga el gas al Gobierno son bajas, pero lo cierto es que el porcentaje resultante de la licitación del año 2000 alcanza el 38%, una de las tasas más altas del mundo. Las compañías asumen todos los costos, incluida la regalía, incluso antes de haber generado utilidades. El gas natural ha logrado expandirse en Lima gracias a su costo competitivo frente a la gasolina y al alto impuesto que grava a este último combustible. Sin embargo, para que su uso continúe creciendo, resulta clave masificar su distribución, ya que hoy la mayoría de los limeños aún no tiene acceso a gas natural en sus hogares. Esa es la primera lección que debemos aprender del reciente problema energético.La guerra en el Medio Oriente ha disparado los precios del petróleo crudo entre 40% y 50% a nivel mundial, lo que agrava la urgencia de replantear el sistema de licitaciones para la exploración petrolera en el Perú. Frente a este escenario, se necesita una política energética equilibrada que combine el desarrollo de hidrocarburos con fuentes renovables como la solar y la geotermia, donde el país tiene un potencial inmenso pero aún desaprovechado. En la energía solar recién se está empezando a avanzar, mientras que la geotermia —con indicios promisorios en el sur— ni siquiera existe como industria hoy.
Un cambio en las políticas que rigen el gas resulta esencial para aumentar las reservas y hacer más asequible este recurso. Actualmente, muchos peruanos no tienen acceso al gas y dependen del llamado “balón de gas”, un producto caro y difícil de distribuir. Se ha mencionado que el gasoducto del sur sería la solución, pero su costo era muy alto, lo que habría generado tarifas elevadas. Además, aquel proyecto fue concebido en gran parte para la exportación, algo que hoy no es prioritario. La prioridad real es masificar el gas y mejorar el acceso de nuevos usuarios e industrias.
También es fundamental llevar gas a Juliaca y Puno, la zona urbana más fría del Perú. Como se ha señalado, ese proyecto podría realizarse con un tubo pequeño paralelo a la línea del ferrocarril de Cusco a Puno, lo que facilitaría enormemente su construcción y mantenimiento. La pregunta que queda es: ¿por qué no hacemos nada por Puno? Una política energética balanceada debe atender estas necesidades sin descuidar el potencial de las renovables, en un contexto donde la volatilidad global exige decisiones más audaces.
Pedro Pablo Kuczynski, expresidente de la República, es el autor.
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