Un familiar me cuenta sobre un problema recurrente en Ica: médicos del Ministerio de Salud que no cumplen con su horario de atención porque asisten a centros particulares, dejando a los pacientes expuestos a su suerte. Esta situación, lejos de ser un caso aislado, se replica también en el sector educativo. En varios colegios del país se ha detectado que docentes de plazas lejanas no respetan su horario y, en vez de asistir de lunes a viernes, suelen culminar un día antes para viajar a sus ciudades de origen, perjudicando a los estudiantes. Además, ante la ausencia de suplencia, los alumnos quedan desatendidos incluso en casos de enfermedad.
Este tipo de acciones contribuyen a que los ciudadanos no crean en el Estado, que renieguen del sistema y que la comercialización de la salud y la educación sea pan de cada día. ¿Por qué normalizamos estas conductas? La falla, tanto en el Ministerio de Salud como en el Ministerio de Educación, genera un descrédito generalizado contra el Estado. ¿Cómo generar empatía con los más necesitados? Considero que el enfoque debe ser cerrar brechas de desigualdad en sectores básicos como salud y educación. No debería sentirse que vivimos en un país condicionado a los recursos económicos, cuando lo normal sería que este no sea un factor fundamental. Una persona de escasos recursos no debería someterse a los intereses privados de un médico o un profesor.
Es curioso que los dirigentes de los sindicatos no digan esta boca es mía por sus colegas. Ellos deberían ser los primeros en cuestionar este tipo de acciones con la misma energía con que reclaman sus derechos laborales. Porque cuando obtienen recursos propios de su pliego de reclamos, estos les caen a todos, incluidos a quienes se escapan de sus centros de labores. ¿Alguna vez han denunciado esto o también aplican la del otorongo? Se debe recuperar la confianza en el Estado, y esto parte por una voluntad ciudadana y política.
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