En Perú y la región, las interrupciones tecnológicas se han convertido en uno de los riesgos más críticos para las empresas. Un ataque de ransomware, una falla de infraestructura o un error humano pueden paralizar plataformas clave, golpear la facturación, la logística, la atención al cliente y la producción, con efectos directos sobre la continuidad operativa. Sin embargo, una porción significativa de las organizaciones aún no está preparada para enfrentar estas crisis.

Según datos de la empresa de tecnología TIVIT, el 23% de las compañías nunca ha puesto a prueba su plan de recuperación ante desastres. Esto significa que, ante una interrupción, se verían obligadas a responder de forma improvisada, sin protocolos claros ni prioridades definidas para restaurar los sistemas. En una recuperación improvisada, las decisiones se toman bajo presión, lo que suele generar descoordinación entre equipos y tiempos de inactividad más prolongados.

La diferencia, explica el especialista, no está solo en la inversión tecnológica, sino en el nivel de planificación previo. Una recuperación planificada, en contraste, cuenta con procedimientos documentados, responsabilidades asignadas y plazos de recuperación preestablecidos, lo que permite reaccionar con mayor velocidad y minimizar el impacto en las operaciones.

El análisis revela que apenas el 52% de las organizaciones logra restaurar sus sistemas críticos dentro de las primeras 12 horas tras un incidente. En tanto, un 29% necesita al menos un día completo para retomar sus actividades. Las consecuencias van más allá de la parálisis temporal: el costo promedio de una filtración de datos alcanzó los US$4,45 millones en 2023, una cifra que refleja el peso económico de estos eventos. A esto se suman pérdidas de ingresos, incumplimientos contractuales, afectaciones a la atención al cliente y daños a la reputación corporativa.

“Hoy, el Plan de Recuperación ante Desastres debe contemplar escenarios de ataques cibernéticos. Estos escenarios deben ser actualizados y probados periódicamente para que la continuidad operativa de toda la compañía no se vea afectada significativamente”, afirmó Pablo García, Business Development Manager (BDM) Cyber LATAM de TIVIT. Para medir esa preparación, el especialista señaló dos métricas clave: el RTO (Recovery Time Objective), que fija el tiempo máximo para restablecer operaciones, y el RPO (Recovery Point Objective), que define cuánta información puede perderse sin comprometer el negocio. Definir estos indicadores permite priorizar la recuperación de sistemas críticos y establecer objetivos claros durante una contingencia. Como parte de la evaluación de riesgos, TIVIT recomienda que las organizaciones se pregunten: ¿El plan de recuperación ante desastres está documentado y actualizado? ¿Cuándo fue la última vez que se realizó una restauración completa de los sistemas críticos? ¿El equipo conoce el protocolo de actuación durante los primeros 30 minutos de una interrupción? Los especialistas coinciden en que la preparación frente a una crisis tecnológica requiere planificación, simulacros periódicos y actualización constante de los procedimientos, con el objetivo de reducir los tiempos de recuperación y garantizar la continuidad de las operaciones.

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