El índice MSCI Latam ya arrancó el 2026 con un rendimiento del 15% durante enero, validando la tesis de que las dinámicas que impulsaron a la renta variable regional en 2025 se mantendrán vigentes. El año pasado, la renta variable latinoamericana rindió 55% a nivel global, impulsada por el fortalecimiento de las monedas regionales, el repunte de los términos de intercambio —gracias al alza en el precio de los metales— y políticas monetarias prudentes, lo que mantuvo resiliente el flujo de capitales hacia la región.

Latinoamérica ingresa al 2026 con un viento a favor poco común: fundamentos macroeconómicos robusteciéndose, un contexto global que continúa impulsando la demanda por materias primas y una mejora sostenida en las condiciones financieras regionales. El crecimiento regional muestra signos de aceleración moderada, dentro de un contexto en el que la actividad global —en particular, el comercio internacional— se ha mostrado sorpresivamente sólida ante la conmoción arancelaria impulsada por el gobierno de Donald Trump.

Conmoción arancelaria en Latinoamérica, impulsada por el gobierno de Donald Trump.

Chile y el Perú se benefician directamente del agresivo repunte del cobre y el oro, mientras México lo hace del dinamismo manufacturero vinculado a la reorganización de cadenas globales. En paralelo, Brasil avanza hacia un ciclo más benigno de política monetaria, con inflación contenida y espacio para recortes adicionales de tasas, lo que apoyaría al consumo y a los sectores domésticos. Esta combinación de impulso externo y mejora local favorece la expansión de utilidades corporativas, un elemento clave para sostener la tendencia de valorizaciones, que aún siguen siendo relativamente bajas. Todo ello configura un escenario constructivo para la renta variable, que podría entregar un nuevo año de retornos atractivos.

Los bancos centrales de América Latina siguen siendo un pilar de credibilidad que ancla la estabilidad regional. A medida que la inflación converge hacia los rangos meta en la mayoría de los países, las tasas reales se mantienen atractivas para los inversionistas internacionales. A esto se suman dividendos de renta variable que superan a los de pares emergentes y desarrollados, lo que refuerza la expectativa de que las monedas latinoamericanas conserven su fortaleza relativa y brinden un soporte adicional a los retornos accionarios. En cuanto a los riesgos, el panorama político introduce episodios potenciales de nerviosismo, particularmente en Brasil, Perú y Colombia, que entran en ciclos electorales. La evolución de esos escenarios podría generar volatilidad, aunque la situación fiscal y externa de la región es hoy “significativamente más robusta que en ciclos previos”, lo que limita el impacto de eventuales shocks. Salvo eventos políticos disruptivos —locales o internacionales—, la región está mejor preparada para absorber incertidumbre sin comprometer la trayectoria positiva de sus economías y mercados financieros. En síntesis, la bolsa latinoamericana encara el 2026 con fundamentos que justifican una visión positiva. Aunque no estará exenta de fuentes de volatilidad, se espera que la región siga siendo un componente destacado en el índice global. Por ello, se mantiene la recomendación de sobreponderar las acciones latinoamericanas en una estrategia de acciones globales, financiada mediante una subponderación de mercados desarrollados.

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