El Chato Matta llegó al restaurante por un chaufita de mariscos, una leche de tigre y, para tomar, una chicha morada fresquecita, cuando recibió el llamado de Pancholón, el ‘abogado mujeriego’, desde Estados Unidos. “Chatito, ya llego a mi Callao querido para ir al saunita, acá la estoy pasando de maravillas”, le contó el personaje sobre su estadía en el Mundial.
Durante su viaje, Pancholón conoció a una espectacular gringa que le presentó Diego González, y que quedó encantada con su famoso e internacional ‘salto del chanchito’. “‘Darling, hazme el salto del puerquito’, me pedía todos los días bien melosa con su español masticado, mientras se me colgaba del cuello”, relató. La mujer no se le despegaba para nada, y el día de su despedida también estuvo presente.
La esposa de Diego González, Denis Sagarvinaga, le organizó un buffet criollo de despedida en Virginia porque Pancholón regresaba a Lima después de estar en el máximo torneo de la pelotita. Con la gringa, durante una semana, visitaron las ciudades de Maryland, y en Nueva Jersey pasearon por los alrededores del MetLife Stadium, que hoy será escenario de la gran final de la Copa del Mundo. Luego se fueron a Nueva York, donde estuvo en el Times Square y se cruzó con todas las barras de los países que participaron en el Mundial.
“De ahí nos fuimos a visitar las playas de Virginia Beach, que tienen un parecido a las playas de Ancón por los edificios y por el mar que es tranquilo. Mi amigo Diego me prestó su camionetón para ir a la playa y en el trayecto se nos cruzaban venados y hasta lobos, ya que la carretera está rodeada de inmensos árboles”, agregó Pancholón.
Cuando la gringa insaciable pidió que repitiera ‘el salto del chanchito’, ya era de noche y me estacioné a un costado del camino. Puse una salsita de Zaperoko, mi orquesta favorita: “Sigue así, burlándote de mí / Que ya pagarás ese dolor / con más dolor / Y cuando llegue el día / Al verte de rodillas / Me burlaré de ti…”. Justo cuando me preparaba para dejar bien a los peruanos, ocho venados rodearon la camioneta, con los ojos brillando como extraterrestres. Me asusté y arranqué a toda velocidad, dejando a mi blanca desilusionada. Le prometí que en la próxima visita a tierras gringas le demostraría mi amor mañana, tarde y noche, para que grite “¡Oh, yeah, oh, yeah, más Pancholón, my God…”. Ese señor Pancholón es un cochino y sinvergüenza; va a terminar viejo, solo y enfermo de la próstata. Me voy, cuídense.
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