El coronel en retiro Max Anhuamán lo advirtió con claridad: “Nosotros derrotamos militarmente a Sendero Luminoso, pero ellos han vuelto”. Y hoy, según el atestado policial 169 de la Dirección Nacional contra el Terrorismo (Dircote), el abogado Wilfredo Robles Rivera, defensor legal de Pedro Castillo, registra un pasado vinculado al movimiento genocida que lideró Abimael Guzmán Reynoso, responsable de la muerte de más de 70 mil peruanos. Robles Rivera, conocido como el ‘Camarada Aldo’, fue capturado el 23 de julio de 1992 junto a otras personas con dinamita y documentación relacionada a Sendero Luminoso, y purgó doce años de prisión por terrorismo.

Este Búho se sorprende de la poca memoria que tenemos los peruanos. Resulta increíble que, pese a estos antecedentes, algunos confusos y ‘dignos’ digan que los ‘terruquean’. Precisamente hace dos días se recordó el demencial atentado al edificio multifamiliar en la calle Tarata, en Miraflores. En esa noche de terror murieron 25 personas, 5 desaparecieron con la descomunal explosión y 155 quedaron heridas, algunas con secuelas incurables como ceguera o pérdida de alguna extremidad.

De esa trágica noche quedó como símbolo la ahora señora Vanessa Quiroga Carvajal, la ‘niña héroe’ y símbolo de la resistencia ciudadana contra la barbarie. Vanessita tenía dos añitos aquella noche desgraciada. Jugaba a pocos metros de la carretilla de su madre, que vendía ropa y souvenirs. Su mamá solo recordaba que vio a su hijita jugando con una muñeca sentada en la vereda, mientras los pocos empleados caminaban apurados para retornar a sus hogares. Después solo sintió un ruido que le reventó los tímpanos y la hizo volar varios metros.

Y ahora, mientras algunos cuestionan que se hable de terrorismo, figuras como Iber Maraví, que también aparece en atestados policiales de Ayacucho en los años 80, ocupan escaños en el Congreso. El abogado Wilfredo Robles Rivera, defensor legal de Pedro Castillo, no solo fue condenado por terrorismo, sino que también ha sido denunciado ante la Policía Nacional por presunta violación sexual, aunque hasta la fecha no ha sido detenido pese a que su caso también fue denunciado ante la Fiscalía.

Gladys Carvajal relató que, entre la polvareda y la oscuridad, escuchó gritos que alertaban sobre una niña herida. Al acercarse, vio a su hija Vanessa en brazos de un buen samaritano, cuya ropa manchada de sangre y polvo le daba una apariencia fantasmal. La pequeña lloraba, estaba viva y aún sostenía su muñeca, pero había perdido una pierna. Un doctor vecino, providencialmente, le aplicó un torniquete y logró salvarle la vida al evitar una hemorragia fatal. El atentado fue perpetrado por senderistas, quienes lanzaron un automóvil con 400 kilos de dinamita mezclada con anfo contra un edificio donde vivían familias miraflorinas de clase media. El impacto destruyó por completo la estructura. La tragedia no fue mayor porque, a esa hora, ya había poca gente en la calle y muchos estudiantes universitarios aún no habían regresado a sus hogares. Las víctimas mortales tenían edades diversas: la más joven tenía dos años, como Vanessa, y la más anciana, 78. Recuerdo a Vanessa cargada en los brazos del entonces alcalde de Lima, Alberto Andrade Carmona, un entrañable burgomaestre criollón. El infortunio de la niña no terminó con el atentado. Gracias a la gestión de Andrade, ‘la niña símbolo’ recibió una beca completa para estudiar en un exclusivo colegio miraflorino de monjas. En esa época, en el Perú no había conciencia ni conocimiento sobre el fenómeno de la discapacidad. Ni siquiera la colocación de una prótesis la libró de desarrollar complejos. Su autoestima estaba muy baja. Cuando se probó una minifalda y se miró al espejo, rompió a llorar, convencida de que por su prótesis nadie podría enamorarse de ella. Su madre, una mujer fuerte que nunca la trató como a una minusválida, le dio una gran lección aquel día. Al escucharla decir entre lágrimas que nadie se fijaría en ella, le respondió: “Tienes razón —le dijo—, nadie te va a querer nunca, porque primero debes amarte tú”. Desde entonces, Vanessa se miraba al espejo y se repetía en voz alta: ‘Soy bonita’, ‘te quiero mucho’. Al terminar el colegio, continuó sus estudios en un instituto y ayudaba a su madre en el puesto que le asignaron cuando reabrió Tarata. Pero Vanessa tenía metas más ambiciosas. Ahorró todo lo que pudo y, junto a su madre, puso una pequeña tienda de ropa en el centro de Lima. Sin detenerse, decidió estudiar Ingeniería Económica en la universidad. Terminó la carrera e ingresó a trabajar en un banco, donde se especializó en créditos para emprendedores. Nunca pierde la oportunidad de contarles a los jóvenes la terrible realidad que vivimos en el pasado, debido a la insania terrorista de Sendero Luminoso. Es una firme defensora de la paz y sigue siendo un símbolo no solo de Tarata, sino del Perú, que debe mantenerse alerta y conocer bien lo que significó la barbarie violentista. Apago el televisor.

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