Hay una línea muy clara entre simpatizar con una selección y alquilar una patria. Lo primero es fútbol; lo segundo, según Juan Carlos Gambirazio, suele ser terapia. Todos tenemos equipos que nos caen bien —Brasil por su historia, Marruecos por la sorpresa, Japón por disciplina, Argentina por Messi, Inglaterra por la Premier—, y eso no tiene nada de extraño. El problema surge cuando la admiración se convierte en un discurso que parece haber nacido en otro país.

Entonces aparecen peruanos cantando “el que no salta es un inglés” y otros respondiendo con un fervor británico que jamás sospecharon tener. De pronto resurgen las Malvinas, el colonialismo, Thatcher, los piratas y cualquier conflicto que justifique una rivalidad que nunca fue propia. Resulta curioso que los futbolistas hayan entendido antes que los hinchas dónde termina el fútbol: la frase de Emiliano Martínez —“eso es el pasado, yo ni nacía”— desarmó en siete palabras una guerra que muchos siguen librando desde el sofá.

El patriotismo prestado tiene algo profundamente incómodo. No nace del cariño por una camiseta, sino de la necesidad de encontrar una identidad ajena para librar batallas propias. Unos celebran victorias extranjeras como si repararan frustraciones nacionales; otros festejan derrotas ajenas con una intensidad que jamás reservan para los triunfos del Perú. Quizá el Mundial no revele únicamente quién juega mejor al fútbol, sino también cuántos necesitan una bandera… aunque tengan que pedirla prestada.

Leer artículo completo en diariocorreo.pe →