El director ruso Kiril Serébrennikov tomó el espíritu del libro de no ficción de Emmanuel Carrère para llevar a la pantalla a Eduard Limónov (1943-2020), el poeta y disidente ruso cuya vida, según el autor francés, podría ser la de cualquier persona común, solo que él decidió dar un paso más. El resultado es Limonov: la balada, una película entretenida y coherente en sus propias coordenadas, que no se justifica en la fidelidad de la adaptación sino en el asombro por un personaje único.
La cinta se estrenó en el Festival de Cine de Cannes en 2024 y desde entonces había un patente interés por saber cómo había quedado la adaptación cinematográfica de Limónov (2011), la famosa novela biográfica de Carrère. Sin embargo, como suele ocurrir en el circuito cinematográfico peruano, esta película solo existió durante el Festival de Cine Al Este de 2025. A ningún distribuidor o jefazo de las multisalas nacionales se le pasó por la cabeza ponerla en su programación, a pesar de que bastaba estar medianamente informado sobre lo atractiva que era para cerciorarse de que había un público para ella.
La adaptación cinematográfica de uno de los libros de no ficción más celebrados de las últimas décadas es entretenida, pero también está al ritmo de las agendas de los tiempos que corren. El actor británico Ben Whishaw, muy criticado por este rol, dejó su marca en la película. Sugiero ver Limonov: la balada.
Eduard Limónov es un escritor maldito que forjó su leyenda desde la más absoluta marginalidad, pero su figura no se limitó a las letras: tuvo una participación política radical. En 2001 fue condenado a dos años de prisión, acusado de terrorismo por el gobierno ruso y por tráfico de armas, y en los años 90 participó del lado serbio en la guerra de los Balcanes. Como escritor, Limónov tenía cosas que decir partiendo de su insatisfacción vital, pero, a diferencia de quienes optan por refocilarse en la posera autodestrucción, el ruso buscaba un cambio de rumbo inmediato. Ese fue el combustible para su obra literaria y para su accidentada trayectoria política. Es muy probable que, como figura de escritor al cual todos quieren parecerse, Limónov termine serruchando a Roberto Bolaño.
La actriz rusa Viktoria Miroshnichenko, el director ruso Kirill Serebrennikov y el actor británico Ben Whishaw en el Festival de Cine de Cannes 2024. Foto: AFP.
El Limónov de Serébrennikov privilegia la postura insatisfecha de su personaje ante su propia existencia. Su familia no exhibe grandes conflictos y sus amigos de Járkov (hoy en Ucrania) le reconocían talento literario, pero Limónov no estaba conforme con ese estatus local. Se dirige a Moscú a forjarse un nombre y a decir lo inimaginable para todo joven escritor que busca ser aceptado: insultar a las vacas sagradas. A la par, forma grupos radicales y no tardará en pasar desapercibido para las autoridades. Limónov está enamorado de Elena. En los años 70 ambos se instalan en Nueva York y viven, literalmente, todos los excesos dignos de una juventud rebelde. Serébrennikov no profundiza en por qué Limónov es como es, solo se aboca a presentarnos un personaje en constante movimiento hacia adelante; incluso cuando Elena lo deja por otra persona, ya que con él no tenía futuro, Limónov se levanta con una reforzada rebeldía. Tiene trabajos sencillos y llega a ser el mayordomo de un millonario culto (para resaltar su reencuentro con el poeta Evgueni Evtushenko en Nueva York). Tiempo después se muda a Francia, en donde su nombre ya era considerado en los círculos intelectuales y culturales. Allí también hace de las suyas y, como tenía que ser, aparece en una breve escena con nuestro admirado Emmanuel Carrère en una cafetería.Serébrennikov, un crítico abierto del gobierno de Vladimir Putin, proyecta en su Limónov una insatisfacción vital que el escritor expresó en sus últimos años de manera mucho más frontal. El director privilegió esa estrategia desde el inicio, consciente de que dejaba fuera información relevante —como el tránsito de Limónov por los Balcanes, una omisión escandalosa— porque no encajaba con el personaje que quería mostrar. Así, esta película tiene todos los ingredientes para ser discutida: se podría decir que viene con trampa, pero resulta entretenida y sus más de dos horas pasan volando. El Limónov de Serébrennikov está más alineado con las agendas actuales y no traiciona su enfoque, aunque sacrifica datos importantes para sostener su mirada. Disponible en plataformas.
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