La nueva ofensiva marca un cambio respecto a los primeros meses del conflicto. France 24 La nueva escalada ordenada por Donald Trump combina presión militar, económica y diplomática, pero también abre un escenario de alto riesgo para la seguridad regional y el mercado energético mundial, mientras crecen las amenazas de una expansión del conflicto hacia el mar Rojo. Tras el fracaso del alto el fuego provisional, Estados Unidos ha retomado los bombardeos sobre objetivos estratégicos iraníes, ha reimpuesto el bloqueo naval a los puertos de la República Islámica y busca quebrar la capacidad de Teherán para controlar el estrecho de Ormuz. Washington ha reanudado los ataques contra infraestructura militar iraní, restablecido el bloqueo naval sobre los puertos de la República Islámica y endurecido la presión para obligar a Teherán a reabrir plenamente el estrecho de Ormuz y regresar a las negociaciones sobre su programa nuclear. La nueva ofensiva marca un cambio respecto a los primeros meses del conflicto. Si entonces la prioridad era degradar la capacidad militar iraní en términos generales, ahora el esfuerzo estadounidense se concentra en un objetivo específico: impedir que Irán mantenga el control efectivo sobre la principal arteria energética del planeta. La decisión llega después de que Teherán retomara los ataques contra buques mercantes que cruzan Ormuz por rutas que considera "no autorizadas", en respuesta a los intentos estadounidenses de promover corredores alternativos de navegación junto a la costa de Omán. Ese intercambio de acciones dio por terminado el entendimiento temporal alcanzado en junio y devolvió a la región a una dinámica de confrontación abierta. El breve acuerdo que durante semanas redujo la intensidad de la guerra entre Estados Unidos e Irán ha quedado atrás. El estrecho de Ormuz continúa siendo el principal factor estratégico del conflicto. Antes de la guerra, por esa vía transitaba alrededor de una quinta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y gas natural licuado. Aunque la Armada convencional iraní sufrió severas pérdidas durante los primeros meses de la campaña militar, Teherán ha demostrado que no necesita una gran flota para mantener capacidad de presión sobre el paso marítimo. La doctrina defensiva iraní se basa en una estrategia asimétrica apoyada en radares costeros, misiles antibuque, drones, minas navales y pequeñas embarcaciones rápidas desplegadas desde tierra, un modelo que permite dificultar la navegación incluso frente a una fuerza naval muy superior. EE. UU. endurece así su ofensiva para quebrar el control iraní de Ormuz. ¿Lo logrará?

Estados Unidos ha empleado por primera vez drones navales en combate para atacar una instalación de mantenimiento de submarinos en Bandar Abbas, una capacidad inédita en sus operaciones militares. La ciudad portuaria, que concentra la mayor parte de la infraestructura naval y logística de Irán, se ha convertido en el principal blanco de esta nueva fase de la guerra. Allí operan tanto la Armada regular como la rama naval de la Guardia Revolucionaria, y alberga la mayor terminal de contenedores del país, además de ser el centro de mantenimiento de submarinos, embarcaciones militares y sistemas logísticos que sostienen las operaciones iraníes en el golfo Pérsico.

El cambio tecnológico refleja también un cambio estratégico. Según Bilal Saab, exfuncionario del Pentágono y actual directivo del centro de estudios TRENDS US, la campaña busca destruir infraestructura cuya reconstrucción requiere años, como diques secos, astilleros y centros de mantenimiento, en lugar de limitarse a eliminar buques que pueden ser reemplazados con mayor rapidez. Diversos análisis militares coinciden en que Bandar Abbas sigue siendo el centro neurálgico desde donde Irán coordina buena parte de su vigilancia costera, operaciones con drones y defensa del estrecho de Ormuz.

De acuerdo con funcionarios estadounidenses citados por ‘Axios’ y ‘The New York Times’, el objetivo inmediato consiste en reducir la capacidad iraní para atacar el tráfico comercial y garantizar la reapertura efectiva del estrecho. El bloqueo naval pretende aumentar la presión económica sobre Teherán mediante la interrupción de sus exportaciones marítimas. Por eso, los ataques estadounidenses ya no se concentran únicamente en destruir barcos, sino en desmantelar la infraestructura que sostiene esa estrategia: centros de mando, radares, plataformas de lanzamiento, sistemas de defensa aérea y redes logísticas.

La campaña combina tres instrumentos de presión que actúan simultáneamente. El primero es militar, mediante ataques continuos contra instalaciones estratégicas. El segundo es económico, con el restablecimiento del bloqueo naval destinado a reducir los ingresos derivados de las exportaciones iraníes de petróleo y del comercio marítimo. El tercero es político. El presidente Donald Trump ha reiterado que los bombardeos podrían extenderse a infraestructura considerada crítica —incluidas centrales eléctricas y puentes— si Irán no acepta volver a negociar. Esa posibilidad ha despertado interrogantes entre especialistas en derecho internacional por el eventual carácter civil de algunos de esos objetivos.

El riesgo de una guerra que se extienda es una preocupación central en la estrategia estadounidense. Según información publicada por ‘Axios’, Trump reunió esta semana a su equipo de seguridad nacional en la Sala de Crisis de la Casa Blanca para analizar una ofensiva de mayor alcance que la actualmente concentrada en Ormuz. Entre los escenarios discutidos figurarían nuevos ataques contra objetivos estratégicos del programa nuclear iraní.

Washington sostiene que busca garantizar la libertad de navegación y forzar nuevas negociaciones, pero la estrategia entraña importantes riesgos. Irán ya ha respondido con ataques contra bases estadounidenses en Jordania, Bahrein y Kuwait, mientras mantiene la capacidad de afectar el transporte marítimo mediante operaciones limitadas que elevan los costos para navieras y aseguradoras sin necesidad de cerrar completamente el estrecho. Al mismo tiempo, Teherán ha advertido que, si continúan los ataques estadounidenses, la presión podría trasladarse también al mar Rojo.

Ese escenario depende en gran medida de los hutíes de Yemen, aliados de Irán, quienes han insinuado la posibilidad de bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb, paso obligado hacia el canal de Suez. La amenaza adquiere una dimensión mucho mayor que durante la crisis del mar Rojo de 2023. Tras las interrupciones en Ormuz, Arabia Saudita ha desviado buena parte de sus exportaciones hacia su terminal de Yanbu, sobre el mar Rojo, convirtiendo esa ruta en una alternativa esencial para mantener el suministro mundial de petróleo. Un cierre simultáneo de Ormuz y Bab el-Mandeb afectaría las dos principales vías de salida del crudo del golfo y podría desencadenar una nueva crisis energética global.

Por ahora, la estrategia estadounidense parece buscar un equilibrio sensible: aumentar progresivamente el costo militar y económico para Irán sin desencadenar una guerra regional de gran escala. Pero varios factores podrían alterar rápidamente ese cálculo. Una ampliación de los ataques estadounidenses contra infraestructura de uso dual o instalaciones civiles, una eventual operación sobre la isla petrolera de Kharg —que algunos analistas consideran uno de los siguientes objetivos posibles— o un bloqueo efectivo del mar Rojo por parte de los hutíes elevarían significativamente el riesgo de una confrontación mucho más amplia.

Al mismo tiempo, la capacidad de Irán para mantener una guerra de desgaste mediante tácticas asimétricas sigue siendo uno de los principales desafíos para Washington. No necesita cerrar completamente Ormuz para afectar el comercio internacional: basta con mantener un nivel de amenaza suficiente para aumentar las primas de seguros, alterar las rutas marítimas y presionar los mercados energéticos.

El pulso entre Washington y Teherán ya no se limita al programa nuclear iraní: la disputa se ha trasladado al control de las rutas energéticas globales. Mientras Estados Unidos busca imponer la libertad de navegación mediante su superioridad militar, Irán apuesta por conservar su capacidad de disuasión explotando la vulnerabilidad del comercio marítimo mundial. El resultado de ese pulso definirá no solo la evolución de la guerra, sino también la estabilidad energética internacional durante los próximos meses.

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La tensión entre Estados Unidos e Irán ha escalado a niveles críticos tras el envío de una flota militar y las amenazas del presidente Donald Trump de actuar “con rapidez y violencia” si Teherán no acepta un acuerdo que limite estrictamente su programa nuclear. El conflicto actual entre Irán y Estados Unidos tiene raíces que se hunden en décadas de desconfianza mutua, como señala el siguiente informe:

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