Miguel Gutiérrez. Foto: LR. El pasado 13 de julio se cumplieron 10 años de la partida del escritor Miguel Gutiérrez, quien falleció en 2016 a los 75 años. Piurano de nacimiento, su obra ya era considerada canónica en vida, reconocida tanto por la academia como por un amplio número de lectores. Sin embargo, nunca dejó de ser una figura polémica, principalmente por su postura política. Su novela más célebre, *La violencia del tiempo*, figura entre las cinco obras de ficción peruanas más importantes del siglo XX, al lado de *Conversación en La Catedral* de Mario Vargas Llosa, *Los ríos profundos* de José María Arguedas, *Un mundo para Julius* de Alfredo Bryce Echenique y *El mundo es ancho y ajeno* de Ciro Alegría. Pero el mérito de Gutiérrez no se limitó a la calidad literaria. Su prosa, de sabor decimonónico, se abrió paso en medio del auge de las llamadas novelas light, desplegando “sano colesterol” en un mercado editorial que imponía modas pasajeras. “Gutiérrez, en este sentido, nunca vendió su poética al capitalismo”, se destaca. El escritor fue una genuina “bomba Molotov temática”. Los asuntos que abordaba en sus textos formaban un refulgente poliedro, sin espacio para la singularidad interpretativa, lo que provocaba que muchos discutieran sobre el desarrollo de sus tramas. Pero lo que casi nadie cuestionaba era precisamente la calidad literaria que las conducía. Para entender a cabalidad su figura, es necesario pensar en el Miguel Gutiérrez político, el autor marxista que en su juventud lideró el Grupo Narración. Este colectivo estuvo integrado por narradores de la talla de Oswaldo Reynoso, Augusto Higa, Gregorio Martínez, Roberto Reyes, Antonio Gálvez Ronceros y Juan Morillo. La revista del grupo, *Narración*, inspirada en *Amauta* de José Carlos Mariátegui, solo llegó a un honroso tercer número entre 1966 y 1974. Una visita a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional revela los ecos que nutrían sus páginas: en sus artículos y crónicas se encuentra una furiosa posición política ante las injusticias del mundo, un enfrentamiento frontal contra el discurso del capitalismo. Pese al espíritu de denuncia que motorizó al colectivo, no se puede negar la madurez literaria de sus integrantes, aun siendo muy jóvenes. La voz ideológica recaía en Gutiérrez. En una tarde en el café Dominó de la plaza San Martín, el autor le confesó a un interlocutor que él era el escritor escondido de casi toda la producción textual —ensayos— de la revista. “Había que cambiar el mundo y el marxismo era la única salida en esos años”, dijo Gutiérrez, esbozando una sonrisa.

Ensayista comprometido con la honestidad de su pensamiento, Gutiérrez aceptó reeditar La generación del 50. Un mundo dividido, el polémico libro de 1988 que lo convirtió en un paria del circuito literario, pero bajo dos condiciones: mantener el texto tal cual, como testimonio de época, y que se incluyera un prólogo suyo donde cuestionaría la postura política e ideológica de esa primera edición. No solo fue cuestionado por el oficialismo cultural conservador, sino también por la izquierda. Más de una vez he pensado que nuestro autor era la metáfora de su personaje Kymper, perseguido y cuestionado por sus enemigos y los suyos.

Gutiérrez sabía que esa debía ser la labor del creador e intelectual: no venderse a la opinión común y, si en esa actitud recibía puyazos, pues bienvenidos sin importar de dónde. Además, reflejó en su vida los máximos principios de la izquierda, siendo consecuente y ajeno a toda frivolidad discursiva. En lo que otros empequeñecían a causa de la tentación mediática y el relacionismo (que en estos tiempos vemos en todo su esplendor), él se atrincheraba más en su principio. ¿Acaso no nos hemos preguntado por qué no aceptó la invitación que le hizo el Ministerio de Cultura para la FILBO del 2014, lo que suponía para su discurso y vida llevar la pancarta de la Marca Perú? Gutiérrez no solo era de izquierda de boca, vivía desde la izquierda.

La última vez que nos comunicamos, a finales de junio del 2016, me comentó que esperaba contar con las energías para seguir avanzando en sus proyectos. Trabajaba en tres novelas y en varios ensayos, y seguía mostrando interés por la narrativa peruana última (en realidad, esa noche me llamó para hablarme, y muy bien, de Los niños muertos de Richard Parra). En las próximas semanas debía someterse a varios chequeos médicos y quedamos en encontrarnos en el café Dominó de la plaza San Martín. Ese encuentro no se dio.

Sus libros están disponibles y deben ser recomendados; hay que releer a Miguel Gutiérrez.

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