Una llamada interrumpe la rutina de este Búho. Del otro lado, un amigo cercano, bajista de una de las bandas de rock más importantes del país, lanza una pregunta que desencadena el recuerdo: “¿Ya viste ‘Sing Street’? Esa película me hace recordar a esos años en los que los músicos peruanos copiábamos todo lo que venía de Inglaterra o Estados Unidos. No digo que fue malo, pero fue una época maravillosa, porque luego nos sirvió de materia prima para crear nuestro propio rock. Ese rock con ADN peruano”. La conversación termina con un clic.
Producida y dirigida por John Carney, ‘Sing Street’ está ambientada en la Irlanda de los años 80, una nación sumida en una grave crisis económica donde emigrar a Inglaterra —el país de enfrente— parecía la única vía para cumplir sueños. Durante casi dos horas, la cinta recorre los hits que marcaron los años 70 y 80, del punk al new wave, y cuenta una historia simple pero bien narrada que, según el músico, refleja aquella etapa de copia creativa que vivió el rock peruano.
En ese contexto, Conor, un adolescente de 15 años, es trasladado de una escuela privada privilegiada a una pública cuando su familia quiebra. Allí descubre un entorno más perverso, cruel y abusivo. La música se convierte en su salvavidas ante ese cambio abrupto. Hechizado por Raphina, una chica de 16 años que sueña con ser modelo, Conor —completamente embobado— le propone que sea la protagonista del nuevo videoclip de su banda de rock. El problema: él no tiene banda.
Ni bien cortó la llamada, este Búho buscó el filme en Internet. No tardó en encontrarlo y quedó maravillado por su sencillez y la calidad de su historia.
Conforme la banda de Conor se va formando, su vida familiar empieza a desmoronarse. La música se entrelaza con el descubrimiento de la primera ilusión, la amistad y la difícil vida en la escuela, pero también con una historia familiar trágica. Es su hermano, un músico frustrado, quien lo guía y educa musicalmente. “El rock and roll es un riesgo”, le dirá, mientras Conor reúne a sus compañeritos de escuela para armar su agrupación.
La película va in crescendo al ritmo de la batería, el teclado, el bajo y la guitarra. En las radios de la época sonaban grupos como A-ha con su hit ‘Take on me’ o Spandau Ballet con ‘Gold’. La banda de Conor irá mutando a medida que descubren nuevos géneros: pasan de los estrafalarios estilos de Village People a los alborotados peinados con delineadores negros en los ojos de The Cure. Las referencias musicales incluyen a Duran Duran, Depeche Mode, Joy Division o Daryl Hall y John Oates.
En paralelo, la cinta hace una crítica al catolicismo, encarnando la represión, el maltrato y el autoritarismo en la figura del director de la escuela, un sacerdote abusivo. Finalmente, Conor logra grabar su primer videoclip; a pesar de la precariedad de la producción, la belleza de Raphina termina deslumbrando. Así descubre también su primer amor, uno que parece imposible porque ella tiene un pretendiente mucho mayor, fan de Genesis de Phil Collins. “Ninguna mujer puede amar realmente a un hombre que escucha a Phil Collins”, lo alentará su hermano.
La película es un repaso musical por toda esa bella época de los años 80, cuando —pienso— se produjo la mejor música de este siglo. Era normal ver a un Robert Smith, con su gabán negro y botas altas, caminando por el jirón de la Unión. En Perú, esa música también llegó y generó alboroto entre la muchachada: se bailaba en los pubs y otras se escuchaban en algún barcito del Centro de Lima. Varios de esos temas ochenteros son fondos musicales en los episodios más importantes de mi vida. Será la separación de sus padres un punto de inflexión y quizá el principal motivo para las decisiones que tomará adelante y que me reservo relatar aquí, pues tienen que buscarla. Apago el televisor.
Comentarios 0
Súmate a la conversación
Tu comentario es anónimo, pero para evitar bots necesitamos que te registres. Es gratis y toma 30 segundos.
Crear cuenta para comentar Ya tengo cuenta